Feria del Libro en Pinar del Río, más frituras que lecturas

Para sorpresa de muchos las ediciones manufacturadas hechas por los cuentapropistas se vendieron mucho más que los libros estatales
Cuentapropistas en la Feria del Libro en Pinar del Río. (Juan Carlos Fernández)

Durante las mañanas de marzo el sol no tiene tanta fuerza como para incomodar, sino que es más suave comparando con julio o agosto. Esa cualidad la agradecen sobremanera los visitantes a la recién terminada Feria del Libro en Pinar del Río, que expuso los volúmenes en improvisados pabellones con techo de nailon, de los usados para cubrir algunos cultivos.

A pesar del clima benigno, después de estar bajo aquella cubierta por apenas media hora, entre empujones, libros apiñados sin criterio y gente desesperada buscando algún título, era difícil no sentir cierto desfallecimiento, una fuertes ganas de salir corriendo hacia cualquier otro lugar.

Así se sintieron muchos pinareños en el más importante evento para la lectura en la región. Las cifras publicadas por la prensa oficial, sin embargo, ofrecían una visión distinta de la cita, al asegurar que este año se sacaron "más de 150.000 ejemplares y, de entre ellos, 300 novedades".

Al conocer el estilo discursivo de las instituciones cubanas no es de extrañar que todo lo encierren en cifras cuantitativas, quizás porque creen que así podrán competir con otras ferias de libros en Frankfurt, Madrid o Guadalajara, por solo citar a algunas.

"Lo que no han tenido nunca en cuenta los organizadores de estos eventos culturales, es que, además de la cantidad, existe el canon de la calidad y el precepto de la diversidad", comentaba un estudiante de medicina en una tertulia ocasional de la calle Martí.

La sensación compartida era la de asistir a un evento fallido. Delia, por ejemplo, es enfermera y amante de la literatura fantástica. Entre sus autores preferidos está la escritora cubana Daína Chaviano. "Es de mi generación y desde que publicaba aquellas historias en Juventud Técnica me hice adicta a ella. Siempre busco sus novelas, pero no las encuentro... Como se fue para Estados Unidos, aquí no existe", aseguraba sin pelos en la lengua.

"Nunca encuentro novelas de Daína Chaviano. Como se fue a EE UU, aquí no existe", dice una lectora

Otro tanto le ocurrió a Andy, que por horas estuvo dentro del pabellón cubierto de nailon a la caza de un libro que nunca encontró. "Me dijeron que en la Feria de La Habana habían sacado un libro de Cabrera Infante y me he pasado por todas las naves, que parecen micro huertos, y no lo he encontrado", contaba con desesperanza. El joven indagó con una de las vendedoras por el autor de Tres tristes tigres y la mujer solo atinó a preguntarle quién era ese escritor que no lo tenían en "el catálogo".

Sin embargo, otros tuvieron una experiencia diferente. Como es el caso del poeta pinareño Alberto Peraza, al que le pareció que "los espacios de presentación, lecturas y homenajes han estado mejor organizados que en otros años y la presencia de Eduardo Heras León, Olga Portuondo y otros escritores del patio le han dado mucha seriedad al evento". Aunque también muestra su desconcierto al preguntar: "¿Por qué en La Habana se presentan libros que aquí no llegan?"

A la una de la tarde, cuando el sol se volvió insoportable, la gente se refugió en los portales de la calle Martí y los pabellones quedaron vacíos. Muchos decidieron seguir camino hacia la avenida Rafael Ferro, donde el Gobierno ha autorizado a trabajadores privados a colocar quioscos de comida ligera, venta de baratijas y hasta un parque de diversiones.

Con mucho menos recursos que el Estado, los emprendedores pinareños lograron tener una zona más atractiva y divertida para todos

Allí todo era diferente, entre los columpios manufacturados que giran casi 360 grados, los pequeños carruseles de autos, los tradicionales caballitos, castillos inflables y camas elásticas. Toda una lección de gestión empresarial y emprendimiento con mínimos recursos.

"Esta es la verdadera feria", comentaba un poeta local mientras saboreaba un guarapo frío. Los padres llegaban arrastrados por sus hijos que querían montar en los aparatos y comprar los rústicos libros para colorear que venden los particulares. Con mucho menos recursos que el Estado, aquellos emprendedores pinareños lograron tener una zona más atractiva y divertida para todos.

En este año, como dijo un transeúnte ocasional, "la cultura del paladar le ganó por más de un cuerpo a la cultura de las letras".

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