Comparsa y derechos

El carnaval estaba planificado desde hace días, meses. La música de fondo serían las consignas y la falsa alegría. El escenario elegido, la misma esquina habanera en que las Damas de Blanco convocaban a recordar el Día Internacional de los derechos humanos. Mientras, el "cuerpo de baile" estaría integrado por trabajadores y escolares –sacados de sus centros laborales y docentes- para ocupar el sitio elegido por las activistas. Los kioscos con comida no podían faltar y en algunos pueblos de provincia agregaron enormes camiones de cerveza dispensada, porque en el caso nuestro en vez de pan y circo, la fórmula es alcohol y represión.

Llegó entonces la hora de la comparsa. Alrededor de la heladería Coppelia un raro tumulto de gente vestida de civil, llamó la atención de algunos ingenuos transeúntes que no sabían si era la fila para comprar un extinto producto o se trataba de apasionados cinéfilos que aguardaban porque abriera el cine Yara. Algo, sin embargo, los delataba. Movían la cabeza de un lado a otro, como quien espera a una presa, vestían esas ropas que todos reconocemos como el atuendo de la Seguridad del Estado cuando quiere pasar encubierta y mostraban un estado físico demasiado corpulento en comparación con el cubano medio. No danzaban, como en los carnavales, sino que se movían hacia las mujeres que venían vestidas de blanco e intentaban tapar con sus cuerpos el acto de meterlas a la fuerza en el carro policial. Un macabro cuerpo de "baile" representaba así su coreografía de la reprimenda.

¿Cuántas veces de niña fui parte de un carnaval de la represión sin saberlo?

Y entonces sonó la corneta, perdón... el claxon de un auto. Una señora menuda había logrado llegar hasta la aurícula izquierda del corazón del Vedado. Decenas de rostros se voltearon y le hablaron a un diminuto cable de audífono que les colgaba del oído. Un agente, infiltrado por años en las filas del periodismo independiente y destapado sin penas ni glorias, dirigía la orquesta. Los altoparlantes bramaban con frases grabadas previamente, para que no hubiera ni sorpresas ni espontaneidad. La mujer desapareció en un segundo. Los niños tomaban refresco y La Habana vivía uno de los días más fríos de este año. Por horas continuó el espectáculo.

¿Cuántas veces de niña fui parte de un carnaval de la represión sin saberlo? ¿Cuáles ingenuas fiestas de las que participé en realidad eran una tapadera del horror? ¿Habrán sido aquellos bailes y festivales callejeros también una operación policial? Después de esto, me va a costar mucho trabajo volver a disfrutar de una comparsa.

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Yoani Sánchez

Soy licenciada en Filología, amante de la tecnología, la literatura y el periodismo. Vivo en La Habana y trato cada ... []

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