Receta para olvidar a Fidel Castro

Enciendo la radio y un locutor declama un breve titular: "Fidel Castro, el Gran Constructor". El hombre explica que las más importantes obras del país han salido de esa cabeza que durante décadas cubrió una gorra verde olivo. Cansada de tanto culto a la personalidad, me decido a ver la televisión, pero en el canal principal un abogado detalla el legado jurídico del Máximo Líder y al terminar el programa anuncian un documental sobre "el Invencible Guerrillero".

Durante semanas, los cubanos hemos vivido un verdadero bombardeo de alusiones a Fidel Castro, que se ha ido acrecentando en la medida en que se acercaba la fecha de su 90 cumpleaños este 13 de agosto. No hay pudor ni medias tintas en esta avalancha de imágenes y epítetos.

Al hombre que nació en el poblado oriental de Birán, en 1926, lo hemos ido dejando en el pasado, condenándolo al siglo XX, enterrándolo en vida

Todo este exceso de homenajes y recordatorios es, sin dudas, un desesperado intento de recuperar del olvido al expresidente cubano, sacarlo de esa zona de abandono mediático en que cayó desde que anunció su salida del poder, hace ya una década.

Al hombre que nació en el poblado oriental de Birán, en 1926, lo hemos ido dejando en el pasado, condenándolo al siglo XX, enterrándolo en vida.

Los niños que cursan la escuela primaria nunca han visto al otrora locuaz orador hablar por horas en un acto público. Los campesinos han respirado aliviados de no tener que recibir sus constantes recomendaciones de "Agricultor en Jefe" y hasta las amas de casa agradecen que no aparezca en un congreso de la Federación de Mujeres Cubanas enseñándoles a cocinar con una olla de presión.

La propaganda oficial sabe que los pueblos muchas veces apelan a la memoria a corto plazo como una forma de protegerse. Para muchos jóvenes, Fidel Castro resulta ya tan remoto como un día lo fue para mi madre el dictador Gerardo Machado, que a principios del siglo pasado marcó tan negativamente la vida de la generación de mi abuela. Ningún país puede vivir con la vista fija hacia un solo hombre, así que el desenfoque y la distracción se ha interpuesto entre el ex primer secretario del Partido Comunista y la población de la Isla.

Los seguidores de su figura aprovechan las celebraciones por sus nueve décadas de vida para tratar de erigirle la estatua de la inmortalidad en el corazón de la nación. Lo endiosan, le perdonan sus sistemáticos errores y lo convierten en la cabeza más visible de un credo. La nueva religión lleva como premisas la tozudez, la intolerancia al diferente y un odio visceral –casi como una batalla personal– contra Estados Unidos.

Los detractores de "Él", como lo llaman simplemente muchos cubanos, preparan los argumentos para desmontar su mito. Aguardan el momento en que los libros de historia lo dejen de homologar con José Martí y hagan sobre su trayectoria un análisis descarnado, frío, objetivo. Son esos que sueñan con la era post Castro, con el fin del fidelismo y con la diatriba que caerá sobre su controvertida figura.

Los cansados de su omnipresencia son los que le darán el puntillazo final al mito. Lo harán sin algarabía ni actos heroicos

Los más, sin embargo, simplemente pasan la página y encogen los hombros en señal de hastío cuando escuchan su nombre. Son los que, por estos días, apagan la televisión y fijan la vista en una cotidianidad que niega cada palabra que Fidel Castro dijera en sus encendidas alocuciones, en aquellos tiempos en que planificaba construir la utopía y hacernos hombres nuevos.

Ellos, los cansados de su omnipresencia, son los que le darán el puntillazo final al mito. Lo harán sin algarabía ni actos heroicos. Simplemente dejaran de hablar de él a los hijos, no colgará las fotos en que se le ve con fusil y charretera en las salas de sus casas, ni nombrarán a sus nietos con las cinco letras de su nombre.

La celebración por el 90 cumpleaños de Fidel Castro es en realidad su despedida: desmesurada y agobiante como fue su vida política.

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Nota de la Redacción: Este texto ha sido publicado este sábado 13 de agosto de 2016 en el diario O Globo de Brasil

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Yoani Sánchez

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