Mojados y retrasados

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Llueve sobre La Habana, una llovizna insistente que desde por la mañana no nos deja ver el sol. Si no fuera por el lodo en las calles y el peligro de derrumbes, diría que esta ciudad nunca se ve tan hermosa como cuando está mojada. Todo se hace lento, pausado; de cualquier trozo de césped o tierra sale un olor que pareciera ya extinto en esta gran urbe. A las fachadas de los edificios les surgen vetas y después quedan totalmente empapadas con esa pintura natural… cien por cien agua, que no cuesta nada recibir. Los charcos nos hacen la broma de duplicar en sus reflejos los balcones, las puertas y los arcos de medio punto de ciertos portales. Hasta los toscos edificios de concreto de la zona donde vivo ganan encanto al mojarse, quizás porque el aguacero los regresa a esas zonas frías y grises donde fueron proyectados por arquitectos de Europa del Este.

Estamos en junio, en verano, en una Isla con un clima tropical, donde los huracanes y las precipitaciones forman parte inherentes de nuestras vidas. Y, sin embargo, resulta llamativa la torpeza con que nos desenvolvemos en los días pluviosos. Como si no estuviéramos acostumbrados para nada a un aguacero. Caen cuatro gotas del cielo y la asistencia a las escuelas se desploma, los trámites burocráticos colapsan porque el funcionario de turno se quedó en casa a causa del chaparrón. El transporte se comporta aún peor de lo que normalmente está y hasta los comercios marchan a medias por un simple chubasco. La característica falta de puntualidad que recorre el país se agudiza y los horarios de apertura o cierre se van al traste bajo el simple argumento de “es que está lloviendo…”. Da la impresión de que somos frágiles terrones de azúcar a punto de disolverse si nos alcanza un chinchín.

Por otro lado, la indumentaria y los utensilios para protegerse de la lluvia escasean y tienen precios muy altos. Comprar  una sombrilla ahora mismo en esta ciudad puede ser una tarea difícil y cara, que se lleva entre un tercio y la mitad de un salario medio mensual. En los meses con mayores precipitaciones no se percibe un aumento de la importación o producción de capas y chubasqueros, tampoco de otras prendas impermeables. Pero lo más alarmante no radica en las dificultades para adquirir un paraguas y no terminar mojado. Lo peor es que desde pequeños crecemos creyendo que un aguacero ya es suficiente motivo para llegar retrasados, ausentarnos o cancelar todo el programa diario. Nos hacemos adultos tramitando la lluvia como algo ajeno, inconcebible, para la que no estamos preparados.

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Yoani Sánchez

Soy licenciada en Filología, amante de la tecnología, la literatura y el periodismo. Vivo en La Habana y trato cada ... []

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