Cremata redacta las instrucciones básicas para ser “buen revolucionario”

El director de teatro Juan Carlos Cremata.
El director de teatro Juan Carlos Cremata.

El dramaturgo y director de cine Juan Carlos Cremata ha cuestionado este martes el uso oficial de la palabra "revolucionario" y ha propuesto redefinirlo. En un correo electrónico enviado a decenas de destinatarios, el creador redacta una lista de requisitos para ser considerado como fiel al sistema cubano, entre los que detalla con ironía acercarse "a la gente con poder", disimular, aplaudir y repetir lo que "le manden a pensar, decir o hacer".

Cremata parte de la explicación que el Diccionario Larousse Ilustrado, publicado por el Instituto Cubano del Libro, ofrece sobre el vocablo "revolucionario", en la que se define como agitador, rebelde, subversivo e incendiario. En tono sarcástico, el director de la cinta El premio flaco (2009) desmenuza las características de quienes son considerados por el Gobierno cubano como exponentes de ese concepto.

Defender "con apego, vehemencia y arrojo, como si fuesen únicamente suyos, los símbolos patrios" forma parte del comportamiento de un "buen revolucionario", describe Cremata. "De ser posible" que "duerma abrazado a la bandera", satiriza el artista o que se mande "a hacer un tatuaje en el pecho con el escudo nacional, pues a la espalda, podrá agregar a la mismísima Caridad del Cobre, el guerrillero heroico o al comandante en jefe", agrega.

En uno de los momentos de mayor crítica dentro de su texto y en alusión directa a Fidel Castro, Cremata insta a ese "revolucionario" a citar las "palabras dichas por el histórico máximo líder". Y añade: "No se preocupe si en ello no es exacto. ¡Total! Él habló tanto, durante tantos años, que cualquiera de sus extensos discursos podrá servirle para argumentar diatribas".

Esta crítica contra el expresidente se suma a las interpretaciones que se hicieron de la obra El rey se muere, sacada de cartelera a principios de julio pasado y en la que los funcionarios culturales vieron una burla a la figura de Fidel Castro. Ahora, Cremata deja a un lado las metáforas y se lanza de lleno contra los largos discursos del "comandante en jefe".

Defender "con apego, vehemencia y arrojo, como si fuesen únicamente suyos, los símbolos patrios" forma parte del comportamiento de un "buen revolucionario", según el director

La cercanía a los poderosos, el compartir "con ellos hasta opiniones contrarias, malos pasos, onomásticos eternos, fiestas aburridas, chistes pesados, pésimas ideas o decisiones retrógradas, arbitrarias y con escasa visión de futuro", ayudarían a mantenerse a salvo y progresar al "revolucionario", parodia el director. Aunque aclara: "Nada de eso le dará garantías de que, en caso de que falle la gestión, alguno pueda tenderle la mano luego; pero mientras estén al mando, disfrutará a plenitud de todos los desvíos de recursos y desmanes asociados con el cargo".

El dramaturgo recomienda que, para ganarse la confianza del oficialismo, es necesario considerar "a cualquiera que le lleve la contraria, como un contrarrevolucionario" y sugiere que en el debate sea "muy efectivo alzar la voz, maldecir, refunfuñar, poner mala cara, e inclusive, es bastante posible que le aplaudan el empleo déspota y opresivo de algunos golpes o maltratos".

Un "'revolucionario' mientras menos razón demuestre, más oportunidades tendrá de ser pronto parte integrante de nuestras aguerridas Brigadas de Acción Rápida", sentencia el autor del correo electrónico y explica que se le tendrá "en cuenta para un eventual acto de repudio" a cambio "de una cajita de comida, o un pulóver diseñado con hermosos lemas contundentes, podrá pasarse todo el santo día gritando y evacuando sus peores más bajos instintos".

En el quinto punto de las recomendaciones, se llama a quien quiera agradar al poder a que "utilice siempre al bloqueo y la injerencia imperialista, como los argumentos más eficaces para zanjar disputas". Porque, critica el autor, "toda la culpa será eternamente de ellos, aunque hayamos sido nosotros los que hayamos procedido mal en un principio".

Alimentar "la envidia", "cumplir con horas de vigilancia a los vecinos, o a sus compañeros de trabajo más cercanos" y "redactar informes exhaustivos de cada una de las actividades detectadas", serían tareas impostergables a desarrollar por un "revolucionario" que se apegue a la definición en uso en la sociedad cubana. Ser "capaz de denunciar hasta a su madre, si es preciso" porque la "chivatería" se le premiará "con la entrega del correspondiente diploma, certificado, reconocimiento o medalla al mérito, que si bien no le servirán para nada en el mercado agropecuario (y mucho menos en las tiendas recaudadoras de divisas) adornaran las gavetas, o paredes de su casa", sentencia.

Un "'revolucionario' mientras menos razón demuestre, más oportunidades tendrá de ser pronto parte integrante de nuestras aguerridas Brigadas de Acción Rápida"

Como burla a la unanimidad, el director de la película Chamaco (2010) aconseja al "revolucionario": "Si percibe que todos elevan la mano, levántela también. Aunque no haya entendido nada, o hubiese estado pensando en otra cosa", "el uso exacerbado de consignas, congas, estribillos y charangas, hasta quedarse casi ronco. Gritar "pin pon fuera, el que no salte es gringo y abajo la gusanera", se incluyen entre sus burlescas recomendaciones.

El texto concluye en una nota de advertencia sobre la "fecha de vencimiento" de las recomendaciones, dado que la "denominación y calidad del revolucionario, últimamente, se mueve acorde al antojo, o criterio personal e intransferible, del autócrata, cabecilla o paladín alterno, que sustente a su arbitrio la autoridad". Para quienes son catalogados como "disidentes", "se le presionará con argucia y tino su salida al exilio, o a sobrevivir las bondades del sistema, en apartado silencio y retiro", asegura Cremata, en referencia a la estigmatización que ha sufrido con posterioridad a la censura de su obra y el fin de su contrato como dramaturgo.

Con tono pesimista, el artista apunta: "Así ha sido, y parece que siempre acontecerá, en este archipiélago rodeado por agua y desbordado por la intolerancia, la insensatez", aunque asegura: "Nuestros sucesores se cuestionarán sin dudas cómo pudimos coexistir o cohabitar de esta manera".

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