Volver a la patria a pesar del pasado

'Regreso a Berlín' aborda el tortuoso retorno de un exiliado a la Alemania posthitleriana

A finales de los años 50, un Berlín dividido, aún sin muro, empezó a recuperarse lentamente de la destrucción de posguerra. Esa etapa se conoció como "el milagro alemán". (Josef Darchinger)
A finales de los años 50, un Berlín dividido, aún sin muro, empezó a recuperarse lentamente de la destrucción de posguerra. Esa etapa se conoció como "el milagro alemán". (Josef Darchinger)

Esta no es una historia clásica del postnazismo. Los buenos y los malos, los justos y los injustos, los cobardes y los valientes apenas tienen sitio aquí. Como en todos los traumas colectivos de la historia, la realidad de la Alemania posterior a Hitler fue poliédrica. Así lo vieron los ojos de Verna B. Carleton durante un viaje que hizo junto a su amiga, la fotógrafa Gisèle Freund, a finales de los años 50 y que sirvió para alumbrar su novela Regreso a Berlín, editada en español por primera vez por Periférica y Errata Naturae en 2017.

La narración se inspira en aquella batalla íntima que supuso para Freund volver a su patria natal, que había abandonado a principios de los años 30, y aceptar que no soportaba oír hablar de ella ni podía olvidarla tampoco.

Eric es el alter ego de la fotógrafa, aunque habrá que esperar varias páginas para saber que su nombre real es Erich. Una periodista estadounidense -narradora omnipresente y que suple el papel de Carleton como testigo- conoce durante un viaje trasatlántico entre Venezuela y Reino Unido a Eric y Nora Devon, una pareja británica que ronda la cuarentena y con la que entabla una fuerte amistad. A lo largo del periplo se desvela que el taciturno Eric es realmente un alemán exiliado en Londres desde el ascenso de Hitler al poder. El rechazo que siente por su país y compatriotas lo ha empujado a cambiar su nombre y ocultar su pasado incluso dentro de su círculo más íntimo.

La destacada fotógrafa Gisèle Freund inspiró esta historia en su amiga Verna B. Carleton, autora de 'Regreso a Berlín'. (Libro Frida Kahlo)
La destacada fotógrafa Gisèle Freund inspiró esta historia en su amiga Verna B. Carleton, autora de 'Regreso a Berlín'. (Libro Frida Kahlo)

La sola idea de poner un pie en Alemania enferma, en el sentido más literal de la palabra a Erich, pero, a la vez, alguna fuerza lo empuja a aceptar la sugerencia de la nueva amiga de la pareja para que la acompañen en su viaje a Berlín. El camino de retorno que inicia el personaje derrumbará el relato que había creado como alternativa a la realidad.

La Alemania a la que llega Erich está en el punto justo del inicio de la recuperación, el llamado "milagro alemán". Los escombros persisten, más en unas zonas que otras, -"es como ir a identificar el cadáver de una madre a la morgue", dice- y el expatriado juega a reconocer el entorno, las calles en las que jugaba en su infancia, las ruinas de una casa, el Tiergarten deshojado... pero el crédito vuelve a fluir en la zona occidental. Las ayudas de los aliados para fortalecerse frente al Este empiezan a surtir efecto e incluso el pasado filonazi se olvida en pro de la nueva Alemania que se erigirá como muro (aún figurado) de contención frente al comunismo. Sin embargo, como Nora y Erich comprobarán junto a su amiga, la transformación de Alemania es aún una entelequia. Como el protagonista, el país no ha cerrado sus heridas pero se obstina en olvidar el pasado para avanzar.

Ponerse ante ese espejo es, seguramente, una de las razones que lleva a Erich a dar un giro en su actitud vital de los últimos años. Recordar y escuchar, incluso al que creía más despreciable, lo llevará a reconciliarse con su país, aunque sea desde una incomodidad necesaria, para afrontar un futuro que necesita ser mejor.

El otro motivo es el reencuentro con otras ruinas: las de su familia. Erich tendrá que restituir a cada individuo de su árbol genealógico en el lugar que ocupó en realidad y que él prefirió ignorar asignándole el papel que consideraba más apropiado. Él era el afligido, la víctima, el que eligió un bando. Los demás, los que se quedaron, los cobardes, los colaboracionistas.

Y sin embargo, nada es blanco o negro. En Berlín se reencuentra con las tristes historias de familiares muy queridos a los que tanto él como el mundo hicieron pagar por el grave delito de ser alemanes. Su hermana Käthe, de quien no sabe siquiera si vive, tuvo que ver cómo los nazis asesinaban en Francia a su marido -integrante de la Resistencia- y su hija de dos años moría enferma, para acabar siendo encarcelada en la Francia liberada por un falso delito de pertenencia a la Gestapo.

El libro aborda también el tema de la culpa colectiva de la sociedad alemana y se mantiene constantemente en un hilo tenso más real que las ingenuas divisiones entre buenos y malos

Su tía Rosie, el personaje más poderoso de la novela, lo resume muy bien: "No hay mayor tragedia en la vida que resultar sospechoso en todos los bandos". Ella lo sabe bien. Su marido, Friederich, dirigente nazi, se suicidó en 1940 asqueado por el horror de contemplar los manejos del régimen. De poco sirvieron a Friederich y Rosie los riesgos que corrieron para tratar de ayudar como pudieron. Para el propio Erich, sus tíos ni "movieron un dedo" por sacar a su padre de la cárcel.

Poco a poco, el protagonista va descubriendo que no fue el único que sufrió en el exilio. Que su marcha tuvo consecuencias sobre quienes lo rodeaban, que en su huida hacia adelante ignoró el dolor de los que se quedaron y que odiar a quien no piensa como uno es mucho más sencillo que intentar comprenderlo.

El libro aborda también el tema de la culpa colectiva de la sociedad alemana y se mantiene constantemente en un hilo tenso más real que las ingenuas divisiones entre buenos y malos.

El personaje de la tía Rosie refleja bien esa tensión. "Lo que nunca podría olvidar era el modo en que los seres humanos cambiaban bajo el imperio del terror. Aquel fue el verdadero espanto del régimen nazi, que las personas a las que uno conocía, quería y respetaba se transformaban en traidores serviles y cobardes con el fin de salvar el pellejo", dice la narradora.

Pero a la vez asume que el pueblo alemán no puede sustraerse a su responsabilidad en la tragedia: "Habían hecho falta millares (cientos de millares, según algunos) para formar las SS y las SA, para dirigir los campos de concentración y todas las fuerzas de represión en los países ocupados. Y eso si hablamos solo de nazis fanáticos, no de la gente inocente que se vio arrastrada. (...) Te dirán que solo obedecían órdenes. Es gente sin rastro de conciencia ni de alma, gente que puede encender el gas que asesina a millones de personas y después decir: 'Estas manos no son mías. Soy una herramienta. Un cero', y un cero no puede sentir culpa, ¿no es así?"

"Aquel fue el verdadero espanto del régimen nazi, que las personas a las que uno conocía, quería y respetaba se transformaban en traidores serviles y cobardes"

Entre todos los personajes, la mayoría sólidamente construidos, destaca también Gerhard, el joven hijo de Franz, compañero antinazi de Erich antes de su partida a Inglaterra. Aparentemente secundario, el muchacho representa un arco dramático importante. Ha crecido en la Alemania posterior a la guerra, no conoció a Hitler y el dictador representa para él, como para sus coetáneos, un personaje cómico, casi caricaturesco y ridículo, al que cuesta entender que millones de personas entregasen su confianza para dirigir el país. Vivir durante un año en Londres con los Devon le dará una visión evolucionada sobre las circunstancias de su país cuyo punto culminante llega durante un viaje de vuelta en el que visita al campo de exterminio de Bergen-Blesen. En ese momento, el futuro de Alemania se encuentra de frente con su terrible pasado. "En Inglaterra, el muchacho comprendió por primera vez que los alemanes suscitaban odio. (...) pero, al parecer, solo al visitar el campo de concentración se dio cuenta del porqué de ese odio. Aun así, no encontraba palabras que expresaran su conflicto interior".

El camino hacia la reconciliación de Erich con su pasado y el del pueblo alemán no es fácil. Supone saber verdades incómodas, aceptar sus propios errores y perdonar. No habrá de perdonarlo todo ni a todos -en las grandes tragedias también hay culpables sin paliativos y gente que repetiría lo que hizo mal- pero sí escucharlos. "Nadie conoce mejor que yo la tragedia de un ser que reprime su pasado (...) Ahora que soy alemán de nuevo lo mínimo es hacer todo lo posible, dentro de mis escasas posibilidades, para recordarle a la gente la necesidad de entender su pasado, de asimilarlo y de usar la lección para evitar un futuro aún más horrible".

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