Capablanca in Memoriam: historia de un torneo

Reconocida a nivel internacional, esta cita ajedrecística ha contribuido a que numerosos jugadores consigan sus normas de Maestro Internacional o Gran Maestro

Figuras como el argentino Miguel Najdorf, el ruso Spassky y el ucraniano Vassily Ivanchuk han participado en el torneo y Robert Fischer lo hizo a través de un teletipo desde la ciudad de New York

Partido entre el cubano Leinier Domínguez y el filipino Wesley So. Foto: Luz Escobar
Partido entre el cubano Leinier Domínguez y el filipino Wesley So. (Luz Escobar)

Con el trofeo de campeón del Grupo Élite al joven filipino Wesley So, terminó hace unos días el XLIX  Capablanca in Memoriam. Este tradicional torneo, el más importante y longevo de América Latina, tuvo su primera edición entre abril y mayo de 1962. El mítico Gran Maestro argentino Miguel Najdorf fue el primero de los campeones de linaje real en la década de los 60.

La alineación del Gobierno cubano con los países del campo socialista, permitió al público de aquellas primeras ediciones en el hotel Habana Libre disfrutar de luminarias del ajedrez: los campeones mundiales Smislov, Tal y Spassky, los legendarios Geller, Korchnoi, Gligoric, Polugaevsky e Ivkov que entre muchos otros, se convirtieron en participantes habituales, haciendo de la competencia una de las más fuertes del mundo.

Sin embargo la más recordada de las “visitas” que tuvo el Capablanca se produjo en 1965 cuando Robert Fischer compartió el segundo lugar… jugando por teletipo desde Nueva York. Esa fue la solución del norteamericano ante la negativa del Departamento de Estado de dejarlo viajar a Cuba. Fue uno más entre los muchos detalles que convirtieron esta IV edición en una de las mejores y más recordadas.

Este acontecimiento, junto con la Olimpiada Mundial de Ajedrez de La Habana al año siguiente, contribuirían de manera decisiva a aumentar el interés por la práctica del ajedrez.

La mítica comenzó a perder efervescencia, y aunque en los años 70 todavía nos visitaban Grandes Maestros de Europa del Este, ya no eran las estrellas de antaño. Con la titulación del primer grupo de GM del patio, parecía el momento para que un cubano se llevara la titularidad del grupo principal. Guillermo García estuvo a punto de lograrlo en 1977, pero el desempate oficializó al fuerte Oleg Romanishin. Tuvieron que pasar tres años para que el propio  Guillermito se consagrara. Por aquellos años el torneo se mudó a otras locaciones como Cienfuegos, Santa Clara, Camagüey y Varadero, y comenzó a recibir más jugadores latinos que europeos, convirtiéndolo en el bastión ajedrecístico de Latinoamérica. Un amplio número de jugadores del continente ha conseguido aquí sus normas de Maestro Internacional y Gran Maestro, tanto masculino como femenino.

El cambio de siglo trajo el tímido retorno de fuertes jugadores a la arena cubana. Estrellas en ascenso como Peter Leko y Francisco Vallejo, o experimentados como Julio Granda, Ulf Andersson y Anthony Miles. Es también por esa fecha que Lázaro Bruzón y Leinier Domínguez dejan de ser promesas y se hacen con el título en 2003 y 2004 respectivamente. El afianzamiento de ambos entre los 100 mejores del mundo, logra atraer en 2005 la atención del astro ucraniano Vassily Ivanchuk, máximo ganador de la justa con seis títulos.

Para mantener el interés del ucraniano y atraer a otros jugadores de fuerza, se estrechó la nómina del Élite con un formato de seis jugadores a doble vuelta, lo cual permite reportar al grupo como Categoría 19, una de las más altas de la Federación Internacional de Ajedrez, FIDE. De manera simultánea, se suprimieron los grupos Premier y Mixto, y se organizan dos grupos abiertos por sistema suizo: la verdadera fiesta de los ajedrecistas.

El Capablanca incluye además simultáneas, conferencias, jornadas científicas, exposiciones de arte. Este año en el vestíbulo del Hotel Riviera que ha servido de sede a las últimas ediciones, gracias a las modernas tecnologías, un Gran Maestro comentó a diario y en tiempo real las partidas del grupo Élite ante la perplejidad de los huéspedes extranjeros al ver a tanto público discutiendo de escaques con la misma pasión que se discute en un estadio de pelota.


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