Un mes sin Machado Ventura

Marino Murillo y Ramón Machado Ventura llevan un tiempo ausentes de eventos oficiales en los que, en condiciones normales, su presencia sería segura. (14ymedio)
Tras un mes de la desaparición pública de Ramón Machado Ventura, ningún medio oficial ha ofrecido explicaciones sobre la ausencia del segundo hombre más poderoso de la Isla. (14ymedio)

Hace justo un mes que su rostro desapareció de la foto de familia del Gobierno cubano. La última vez que fue visto, el vicepresidente José Ramón Machado Ventura repartía órdenes en una extensa zona agrícola de Pinar del Río. Cuatro semanas después, ningún medio oficial ha ofrecido explicaciones sobre la ausencia del segundo hombre más poderoso de la Isla.

Con 86 años, este villaclareño nacido en San Antonio de las Vueltas ha estado tras las espaldas de Raúl Castro por más de un lustro, desde su cargo de segundo secretario del Partido Comunista, que la Constitución de la República consagra como "fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado".

El hombre que nunca se ausentaba por más de 48 horas de las pantallas y las páginas de los diarios lleva sin aparecer desde el pasado 27 de febrero. Una ausencia que alimenta los rumores en una población acostumbrada a darle más importancia a la falta de noticias que a la noticia misma. Pero sobre todo, es una desaparición que llega en un mal momento para la Plaza de la Revolución.

Falta menos de un año para que Raúl Castro abandone el cargo como presidente y cada día aumenta la incógnita de quién lo relevará en su puesto. La salida del juego de Machado Ventura obligaría a precipitar el nombramiento de un segundo secretario del PCC y a ponerle rostro a uno de los misterios más celosamente guardados de los últimos años.

Las próximas semanas pudieran ser de trascendental importancia para despejar esta interrogante

Las próximas semanas pudieran ser de trascendental importancia para despejar esta interrogante. Si el primer vicepresidente, Miguel Díaz-Canel, asume el segundo puesto del Partido se prolongará la tradición de concentrar en una sola persona los máximos puestos del país. De elegirse entre otros nombres, como Bruno Rodríguez, Lázaro Expósito o Salvador Valdés Mesa, se podría abrir una ruta bicéfala, inédita en los regímenes comunistas.

Durante décadas, Fidel Castro concentró todos los poderes y ubicó en la retaguardia de sus incontables cargos a su hermano. En 2006, ya con graves problemas de salud, el Máximo Líder debió alejarse de la vida pública y Raúl Castro heredó ese conglomerado de facultades que le otorgaban estar a la cabeza del Partido y del Estado.

Sin embargo, durante la era raulista se bifurcaron los "segundos cargos". El primer vicepresidente no era ya la misma persona que el segundo secretario del PCC, entre otras razones para que nadie pudiera sustituir totalmente al General. Una medida de protección, pero también una evidencia de la poca confianza de la generación histórica en su relevo.

En esa nueva estructura, Machado Ventura quedó de segundo hombre en el Partido. Machadito, como le dicen sus amigos, ha cultivado una imagen pública de ayatolá y velador de la pureza ideológica. Una ortodoxia que en el caso cubano no se apega a los dogmas del marxismo-leninismo sino a la doctrina voluntarista del fidelismo.

Su reputación de inmovilista se la ganó Machado Ventura a golpe de prohibiciones y castigos

Los analistas achacan la presencia en la cúpula de este férreo cancerbero a un deseo expreso de Fidel Castro, que lo colocó detrás de su hermano para evitar que se separara del camino trazado. Así fue como el hombre que una vez se graduó de medicina se convirtió, según la terminología soviética de los tiempos de la perestroika, en el mecanismo de freno de las reformas que pudiera impulsar Raúl Castro.

Su reputación de inmovilista se la ganó Machado Ventura a golpe de prohibiciones y castigos. Fue el encargado de dirigir las asambleas provinciales previas a los dos últimos congresos del PCC, unos conciliábulos donde se cocinaron los acuerdos principales, se eligieron los delegados y se ataron los puntos nodales de unos lineamientos que son hoy los "sagrados mandamientos" del raulismo.

Sin embargo, ese protagonismo parece haber llegado a su fin. El hombre que ordenó destituciones de cuadros de alto nivel y prohibió hace dos décadas la instalación de árboles de Navidad en establecimientos públicos ha salido de escena. Se echan de menos sus arengas llamando a la eficiencia y sus visitas a centros productivos donde abogaba por mayor disciplina y sacrificio.

Aunque es posible que Machadito -el guardián de la ortodoxia- reaparezca en cualquier momento como el ave fénix, saltando entre los surcos mientras explica a los campesinos cómo sembrar boniatos o a los ingenieros de alguna industria cómo aprovechar mejor los recursos. Los seguidores de la línea dura recibirán, con alivio, ese regreso.

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