El peligroso mundo de los carretilleros

Carretillero en una calle de La Habana. (CC)
Carretillero en una calle de La Habana. (CC)

Sobre la fachada principal de un pequeño negocio particular, en el corazón de Centro Habana, hay un gran cartel con la imagen del general-presidente, Raúl Castro, uniformado y haciendo un saludo militar, donde se lee una frase memorable extraída de uno de los promisorios discursos que pronunció en su etapa de reformista de pastiche: “Quienes apuestan por demonizar, criminalizar y enjuiciar a los trabajadores por cuenta propia escogieron un camino que, además de mezquino, es risible, por insostenible. Cuba cuenta con ellos como unos de los motores del desarrollo futuro. Y su presencia en el paisaje urbano inequívocamente, llegó para quedarse”. Como es habitual entre los de su casta, el general mentía, y de aquellos pretendidos motores de desarrollo apenas quedan algunos exponentes que tratan de sobrevivir a duras penas, casi en la clandestinidad.

No obstante, bajo ese mantra colocado a la entrada de su modesto comercio habanero, los taimados propietarios creen estar protegidos de las veleidades de un poder habituado a renegar de sus propias criaturas, ya sea por no subordinarse debidamente a los intereses para los cuales las creó o por considerarlas una potencial amenaza a su dominio. Es el mismo juego de simulación que impulsó a miles de cuentapropistas a inscribirse en el apócrifo sindicato oficialista, que ha hecho la vista gorda y los oídos sordos ante el atropello de sus afiliados por parte del más poderoso patrón que haya existido en esta ínsula, el Estado-Partido-Gobierno, del que nadie está a salvo.

Celebrar semejante cónclave en medio de una población hambreada sería demasiado cínico, incluso para el Gobierno cubano

A medida que amainan los operativos de decomiso y persecución contra los comerciantes del escuálido sector privado, en particular de los populares carretilleros que se dedicaban a la venta callejera de productos del agro, alguna que otra tarima comienza a aparecer tímidamente, por lo general a la caída de la tarde, cuando inspectores y jefes de sectores de la policía uniformada han concluido sus jornadas.

Según rumores no confirmados por fuentes oficiales, muchos de los carretilleros afectados por la ola represiva de finales de 2015 e inicios de 2016, han sido informalmente autorizados a volver a comerciar, aunque “con discreción y sin mucha vista”.

Un sondeo realizado en varios barrios del populoso municipio de Centro Habana permite comprobar el efecto de la técnica de fuelle –o de tira y afloja– que suelen aplicar las autoridades, donde a cada razia le sigue una aparente tolerancia, cuidadosamente vigilada por los guardianes del sistema, en parte para controlar a la vez el auge del incipiente sector de comerciantes que han demostrado ser una fuerte competencia frente al sector estatal, y en parte para menguar el gran descontento popular desatado por el súbito corte de la afluencia de alimentos a las mesas familiares.

Algunas imágenes de video subidas a internet y que fueron grabadas con teléfonos móviles por ciudadanos comunes, testigos de la cruzada oficial contra los carretilleros, han mostrado a la opinión pública la verdadera índole de las llamadas reformas raulistas, el rechazo de la población ante el abuso del poder y de sus cuerpos represivos, y la espontánea solidaridad popular con los comerciantes. Las nuevas tecnologías de las comunicaciones, incluso en un país tan desconectado de la red de redes como Cuba, hacen cada vez más difícil vender el viejo discurso del “Gobierno bueno y justo” y “los cubanos felices”.

En los umbrales del VII Congreso del Partido Comunista de Cuba nada resulta más inconveniente que aplicar medidas antipopulares, en particular cuando el Estado no es capaz de emular en materia de producción y comercio de alimentos ni siquiera al frágil sector cuentapropista. Celebrar semejante cónclave en medio de una población hambreada sería demasiado cínico, incluso para el Gobierno cubano.

En Cuba existe una difusa franja de tolerancia entre la legalidad y el delito, según acomode a las autoridades

Por esa razón, y sin hacer mucho alboroto, los agentes y controladores del Gobierno han notificado a varios carretilleros que pueden volver a vender, aunque aún no han devuelto las licencias que fueron retiradas a los más recalcitrantes.       

Yasser es uno de ellos. Aunque tiene solo 30 años, cuenta con una gran experiencia laboral. Comenzó a trabajar en la adolescencia, después de abandonar los estudios en un instituto tecnológico debido a las malas condiciones económicas en un hogar que sobrevivía solo con el salario de su madre y la pensión de jubilada de su abuela, una historia que se ha tornado sumamente común en Cuba.

“Primero empecé de reparador de bicicletas, pero en eso descubrí que me daba más ganancias comprar y vender bicicletas y piezas de repuesto que estar ensuciándome las manos y rompiéndome el lomo reparando cacharros viejos. Ahí fue donde aprendí que mi verdadera vocación era el comercio: la compraventa y las ganancias contantes y sonantes. El comercio es lo que mejor se me da”, sonríe, convencido de lo que dice.

Cuando comenzó a decaer el negocio de las bicicletas, se fue a trabajar con un tío en una cooperativa agrícola estatal, en pleno campo. “No tenía la intención de quedarme para siempre a trabajar la tierra, pero me interesaba el giro del comercio agropecuario. Cuando dejé lo de las bicicletas, yo había estado un tiempo administrando un puesto de viandas, gracias a unos contactos de ese tío, pero había mucho fuego y no tenía las ganancias que quería, así que pensé aprender un poco más sobre el campo y el manejo de la producción, de primera mano. De paso, haría buenos contactos para cuando pudiera tener mi propio negocito, que era mi idea fija”.

Así fue. Y el jovencito habanero Yasser lo hizo tan bien en aquella cooperativa estatal que hasta consiguió un carné que lo acredita legalmente como “delegado de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP)”, documento que le permite en la actualidad abastecerse de los productos que vende en su carretilla, ya como cuentapropista.

Ahora, con su peculiar carisma y sus habilidades como comerciante, Yasser compra directamente al productor privado y traslada la carga hasta su casa contratando transportistas privados. Para evadir el decomiso utiliza su carné de “delegado de la ANAP” y una autorización firmada mediante soborno por el administrador de una cooperativa estatal “que no produce nada de nada”, pero que acredita que sus productos fueron comprados a esa cooperativa para ser destinados a un Mercado Agropecuario Estatal (MAE), a algún centro de trabajo, u otra entidad cualquiera. Con estos salvoconductos y su disfraz de productor, con sombrero a la cabeza y botas de agua hasta las rodillas, llenas de fango del surco, Yasser ha logrado sobrevivir en el peligroso mundo del comercio privado.

La corrupción general en la Isla es, a la vez que el verdadero sostén del “modelo económico” y del equilibrio social, la trampa que estandariza a todos los cubanos como transgresores de las leyes

Sin embargo, él sabe perfectamente que se balancea sobre una cuerda floja. En Cuba existe una difusa franja de tolerancia entre la legalidad y el delito, según acomode a las autoridades. Basta que el administrador que firma sus “conduce” caiga en desgracia, e igualmente caerá toda la cadena de beneficiados, Yasser incluido. La corrupción general en la Isla es, a la vez que el verdadero sostén del “modelo económico” y del equilibrio social, la trampa que estandariza a todos los cubanos como transgresores de las leyes. Cualquiera puede terminar en un calabozo.

“Cuando empezó este negocio de las carretillas, yo pensé que era una oportunidad para mí. Me creí aquello de que esta vez sí se nos iba a respetar como contribuyentes, aunque mi tío me decía que el Gobierno iba a dar marcha atrás, como siempre. Llegué a tener dos carretillas, que atendían mi tío y mi primo, porque yo soy el propietario y el intermediario a la vez y siempre estoy entre el campo y la ciudad, consiguiendo los productos. Ahora solo saco ésta –señala una sencilla chivichana cargada con los mejores tomates de todo el municipio, a un precio de 12 pesos cubanos–, y voy sacando la mercancía poco a poco. No quiero malos ojos arriba de mí, porque al final este negocio también se va a pique, fue un engaño más. Como dice mi abuela, con esta gente no hay arreglo”.

Han pasado solo unos pocos años desde la falsa bendición al sector de trabajadores por cuenta propia, y el propio Gobierno se ha encargado de demonizarlos, criminalizarlos y enjuiciarlos, desdiciendo su propio discurso. “Ellos no se respetan ni a sí mismos, por eso ya nadie les cree, nadie los quiere y nadie los respeta”, concluye Yasser con lo que parece más el juicio pesimista de un anciano que la palabra de un joven treintañero. Su desencanto es, con mucho, el símbolo más auténtico de una sociedad que ha sucumbido a la fatiga de casi 60 años de hipocresía.    

Imprimir

  • Facebook Like:
  • Google Plus One:
  • Tweet:
  • Tumblr:
  • Compartir:

Comentarios 36