Al rescate del pan

Panadería. (14ymedio)
Entre los numerosos negocios que han florecido desde las recientes flexibilizaciones para el trabajo por cuenta propia, no abundan las panaderías. (14ymedio)

La panadería de Eliot amaneció este viernes con la paleta de amasar rota y una fila de gente a la espera para comprar una flauta o un panecillo. El hermano ha salido a toda velocidad para arreglar la pieza con un tornero, porque "no se puede estar un día sin vender, la pérdida es tremenda", asegura el atribulado panadero.

Este trabajador por cuenta propia ha abierto un negocio singular en el barrio habanero de La Timba donde oferta una gran variedad de productos horneados. Cada día que logra sortear los altos precios de la materia prima y los problemas con la infraestructura, lo cuenta como una hazaña.

Entre los numerosos negocios que han florecido desde las recientes flexibilizaciones para el trabajo por cuenta propia, no abundan las panaderías. Si por un lado las quejas por la mala calidad de ese producto en el mercado racionado crecen, sorprende que los atrevidos emprendedores cubanos no se hayan lanzado a amasar y hornear para todos los gustos.

Muy cerca de la calle Colón, en uno de esos edificios conocidos como "pastorita" de la calle Bellavista, desde hace unas semanas asoma un vistoso cartel que anuncia unos panes maravillosos en una gigantografía recién impresa. Es un apartamento de planta baja donde se ha instalado un sencillo anaquel de madera para exhibir los productos. Su fuerte es el pan, pero también hace panetelas, cakes y otros dulces finos.

Una bolsa de 15 panes grandes cuesta 20 pesos cubanos y tiene hasta semillas de ajonjolí. La voz se ha ido pasando entre los vecinos y ahora le piden por encargo panes que algunos más viejos solo guardan en la memoria. Desde la madrugada todo alrededor se impregna del olor inconfundible de la hogaza cociéndose lentamente en el horno.

Cada día que logra sortear los altos precios de la materia prima y los problemas con la infraestructura, lo cuenta como una hazaña

El lugar también tiene una oferta de productos de tamaño más estándar que cuestan un peso cada uno, panecitos para perro caliente y otros en forma de cangrejitos. Eliot no necesita salir a pregonar ni vender a domicilio. Sentado en el balcón de su casa, atiende a todos los que llegan en busca de otro sabor y otra textura que no sea el del insípido pan de la bodega.

Hace unos años intentó abrir una barbería en el patio del apartamento, pero no le fue bien. La cosa terminó en la estación de policía y le confiscaron lo poco que había ido adquiriendo para habilitar el negocio. Un par de viejos sillones de barbería fueron montados en un camión y, al final, hasta él pasó un buen rato en la estación ya que perdió la calma con los muchachones vestidos de azul.

Por suerte, la vida ahora le sonríe. Las madres de la zona garantizan allí la merienda de sus hijos y los dueños de las cafeterías cercanas amanecen para llevarse su buena cantidad que después venderán en bocaditos y sándwiches. Briseida, la jubilada que cobró esta mañana su pensión, espera a que la paleta rota regrese del tornero. "Hoy sí me voy a dar el gusto de comerme un buen pan", dice.

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