Heras León y las ficciones de la “generación de la lealtad”

Eduardo Heras León
El escritor Eduardo Heras León.

Con dos que se quieran, el programa televisivo de Amaury Pérez, ya venía escorado desde el principio por una afectación y un amiguismo hinchados en exceso: dos personas mutuamente enternecidas se sientan en un set íntimo y discretamente iluminado; el conductor hace preguntas "difíciles" y "sorpresivas" y el invitado se confiesa "desnudando su corazón".

Al principio algunos creyeron que, en verdad, se trataba de entrevistas provocativas que, con frecuencia, procuraban penetrar de una manera directa en los temas más escabrosos de la sociedad y la cultura de los últimos decenios, temas que casi nadie se atreve siquiera a mencionar en los medios. En fin, un proyecto muy libre, muy adelantado en la estupefaciente y medieval programación de la televisión cubana.

Pero ya en esta nueva temporada podemos ver con mayor claridad su vocación servil, presta a maquillar al régimen cubano, no importa si es preciso que enmascare los horrores cometidos o esgrima las mentiras más ofensivas un miembro del matonismo periodístico –como Arleen Rodríguez–, un alto prelado de la Iglesia católica –como el cardenal Jaime Ortega– o un escritor oficialista a ultranza.

Este último ha sido el caso del narrador Eduardo Heras León cuando visitó el televisado mentidero a media luz y respondió las "arduas" preguntas de Amaury Pérez, que lógicamente se centraron en sus libros "malditos" – La guerra tuvo seis nombres (Premio David 1968) y Los pasos en la hierba (Mención Casa de las Américas 1970)– y sus duros "epílogos".

El escritor no mencionó, como en alguna otra ocasión, la vez que, desesperado, puso una bala en la pistola que le regalara el Comandante por su desempeño como artillero

El escritor habló de sus amargas experiencias durante la época más anticultural de la Revolución, que unos llaman Quinquenio Gris y otros Decenio Negro. Cómo lo expulsaron de la Universidad, donde estudiaba periodismo, y de la Unión de Jóvenes Comunistas, y la manera en que fue enviado, como castigo, a trabajar en una fundición de acero.

Dejó bien claro, por supuesto, que quien lo condenó no fue la Revolución –o sea, Fidel Castro no tuvo nada que ver con aquellas persecuciones– y que, en definitiva, luego pudo volver a la Universidad, a publicar e incluso se hizo editor.

No mencionó, como en alguna otra ocasión, la vez que, desesperado, puso una bala en la pistola que le regalara el Comandante por su desempeño como artillero, ni el hecho, enorgullecedor para él, de que muchos de sus antiguos inquisidores vivieran ahora en el exilio, "en los acogedores brazos del enemigo".

El núcleo de sus confesiones fue la jactancia de no haber modificado su pensamiento nunca a lo largo de toda la Revolución. Dijo seguir fiel a los principios que ha defendido siempre. No ha cambiado un ápice ni cambiará, según él, "aunque al final quedemos Fidel Castro y yo".

Porque resulta que Eduardo Heras León pertenece a una cosa que según él alguien ha llamado "la generación de la lealtad". Todos sabemos que eso quiere decir lealtad a Fidel Castro, pues en los círculos oficialistas no hay fieles revolucionarios cuya lealtad lo trascienda. Pero suena gracioso eso de "Fidel Castro y yo". ¿No sabe que, en todo caso, al final quedaría el Comandante solo porque a él lo habría fusilado o metido en prisión por hacerle sombra?

¿Lealtades o ficciones?

Si esa supuesta lealtad generacional fuera, digamos, a la Revolución, ¿a cuál revolución sería? ¿A la Revolución del primero de enero de 1959 que prometía restablecer el orden constitucional? ¿A la Revolución de abril de 1961 que Castro proclamó socialista? ¿A la Revolución de 1976, que con la invención del "poder popular" en 1976 terminó de erigir una dictadura institucional?

Si se trata de lealtad a los principios, ¿a cuáles de todos? ¿A los principios de cuando se creía en la igualdad y la justicia sociales o a los de hoy, cuando cada principio es una burla? ¿No se le ocurrió nunca a esa generación que se puede ser leal a algo menos abstracto que los principios, como los derechos humanos, por ejemplo?

Esa generación de la que él habla escogió ser leal a un hombre, Fidel Castro, que, como toda persona, tiene derecho a cambiar de pensamientos, que es lo que hacemos todos a lo largo de la vida. Pero el problema está en que ser fiel a un dictador que tantas veces cambió sus ideas es exactamente ser fiel a ningún principio. Apoyar a Fidel Castro en sus muchas decisiones a lo largo de tanto tiempo anula la menor probabilidad de que una persona piense con cabeza propia.

Y hay que preguntarse si Heras León intenta dar una lección de ética a las nuevas generaciones. Algo así como: amarás a tu líder sobre todas las cosas y lo seguirás incondicionalmente, aunque mienta, mande a asesinar, destruya a millones de familias y hunda el país.

El problema está en que ser fiel a un dictador que tantas veces cambió sus ideas es exactamente ser fiel a ningún principio

Acaso él pretende presentarse como modelo de intelectual revolucionario: alguien con un pensamiento petrificado y sin vínculo con la realidad, entregado a otro individuo ciegamente, listo siempre para cumplir sus órdenes sin juzgarlas.

Heras León es uno de los que, durante la "guerrita de los emails" y actualmente, habla de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, del acoso a hippies, homosexuales y religiosos, de las parametrizaciones, de todo aquel horror, como si hubieran sido equivocaciones de ciertos individuos que abusaron de su cuota de poder.

Es ofensivo que personas que se consideran inteligentes pretendan convencer a los demás de que ellos creen honestamente que hubo fanáticos y oportunistas que superaron en poder a Fidel Castro, que montaron masivas empresas de represión por todo el país durante años sin que el comandante se enterara, no cumpliendo sus órdenes, sino a espaldas suyas.

En una ocasión, respondiendo a una pregunta, Heras aseguró: "El Quinquenio Gris no se repetirá. En primer lugar, los dirigentes del país han madurado, han crecido intelectualmente y ahora comprenden mejor los problemas de los intelectuales, los problemas de la creación literaria".

Es ofensivo que personas que se consideran inteligentes pretendan convencer a los demás de que ellos creen honestamente que hubo fanáticos y oportunistas que superaron en poder a Fidel Castro

Por si eso fuera poco, añadió el escritor que "ha aumentado enormemente la confianza de esos dirigentes en los intelectuales", que son "tan revolucionarios como el que más, pero se preocupan, critican, son revolucionarios que piensan con cabeza propia".

Y no se quedó ahí: "En segundo lugar, también los intelectuales han madurado", pues ahora "entienden más el papel que les toca jugar dentro de la sociedad y hay una unidad del movimiento intelectual que no había en la década de los setenta".

Curiosas las ficciones que puede inventarse para vivir un escritor que se jura realista al extremo, que dirige –con la aprobación de muchos colegas y discípulos– el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y que, consecuentemente, exige en sus enseñanzas la credibilidad de las ficciones escritas y, en fin, la honestidad literaria.

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