Sinrazones de un debate

Miriam Celaya

10 de agosto 2016 - 09:35

La Habana/La reciente presentación de un programa de televisión de Miami bajo la conducción de María Elvira Salazar, donde se produjo un enconado debate entre el conocido líder opositor, José Daniel Ferrer, y el también conocido buquenque castrista, Edmundo García –ex presentador de un decadente programa musical en la televisión cubana, antes de elegir instalarse en Miami “por asuntos personales”– ha despertado un alud de comentarios diversos acerca del desempeño de uno u otro contrincante, así como de la pertinencia o no de los temas introducidos por la anfitriona en el set.

Si bien resulta original la confrontación entre un líder opositor residente en la Isla y un defensor –que no un “representante”– de la dictadura cubana, lo cierto es que existen antecedentes donde se han enfrentado ante las cámaras partidarios y contrarios del castrismo.

Casi exactamente 20 años atrás, el 23 de agosto de 1996, la propia María Elvira participó, junto a dos colegas suyos, en la conducción de un insólito debate entre un representante de la oposición en el exilio y un alto funcionario del Gobierno de Fidel Castro.

El debate entre Mas Canosa y Ricardo Alarcón evidenció la superioridad argumental de un contrincante que se expresaba con total libertad, en contraste con el obediente servidor de una ideología totalitaria

El memorable y apasionado debate entre Jorge Mas Canosa, entonces presidente de la Fundación Nacional Cubano Americana, y Ricardo Alarcón, a la sazón presidente de la Asamblea Nacional de Cuba, fue grabado en simultánea desde ambas orillas del Estrecho de la Florida –Mas Canosa en Miami, Alarcón en La Habana– y difundido por la televisora CBS para más de 20 países.

Con una duración de casi una hora, aquella discusión evidenció la superioridad argumental de un contrincante que se expresaba con total libertad, en contraste con el obediente servidor de una ideología totalitaria, apegado a consignas y lugares comunes, que fue literalmente arrollado por su rival.

Un momento relevante de aquel programa se produjo cuando Mas Canosa exhibió la naturaleza deshumanizada de los presupuestos sobre los que se erige el castrismo, al leer a Alarcón el texto, impreso en la contraportada del carné de un internacionalista cubano, con una frase del Che Guevara tomada de su discurso durante la Asamblea Tricontinental: "…el revolucionario tiene que saber convertirse en una fría máquina de matar…". Huelgan los comentarios.

Salvando las diferencias, el más reciente debate entre José Daniel Ferrer y Edmundo García repite algunos elementos del acaecido dos décadas atrás, a saber, la pasional defensa de posiciones diametralmente contrapuestas y la adhesión del partidario del castrismo al mismo esquema de consignas y repeticiones del discurso dictado por el poder totalitario cubano.

No obstante, la mayor parte de los colegas y amigos que desde Cuba y desde la emigración me han compartido sus criterios sobre este programa, coinciden en señalar que Ferrer quedó por debajo de las expectativas, y que pudo y debió ser más preciso y directo en sus respuestas a los manidos postulados y ataques del señor García.

Edmundo García domina el oficio de desinformar, tergiversar y disfrazar las verdades frente a las cámaras con una tranquilidad pasmosa. José Daniel, en cambio, se mostró visiblemente incómodo

Opinan, además, que el encuentro demostró, por una parte, la habilidad que han desarrollado los servidores mediáticos del castrismo para evadir emplazamientos sobre la realidad cubana y las constantes violaciones de los derechos bajo el régimen dictatorial de los Castro, enturbiando el ambiente y atacando al adversario con las usuales descalificaciones que se repiten hasta la náusea en los medios oficiales de la Isla, y por otra, la falta de entrenamiento de los líderes de la oposición para mantener el control sobre el debate y aprovechar las muchas debilidades del discurso procastrista, incluso cuando se trata de un comparsa menor sin credenciales, como es el caso de Edmundo García.

En lo personal, coincido con la mayoría de estos criterios, aunque me consta, por las ocasiones en que he podido conversar con José Daniel Ferrer, que sus ideas están mejor fundamentadas y su discurso mejor articulado que lo que nos ofreció durante esta presentación suya en Miami.

Habrá que reconocer que, nos guste o no, el señor Edmundo García, emigrado que defiende a la casta verde olivo desde la comodidad de una ciudad floridana –a la que, sin embargo, considera una especie de nido de terroristas–, domina el oficio de desinformar, tergiversar y disfrazar las verdades frente a las cámaras con una tranquilidad pasmosa. José Daniel, en cambio, se mostró visiblemente incómodo. Su escenario natural es la tribuna callejera, la convocatoria apasionada, el discurso entre cubanos a nivel coloquial; no los medios. Una limitación que es preciso superar.

Tampoco ayudó el uso de términos inexactos, o mal enunciados por parte de la conductora, y la mala selección del video que debía mostrar (y no lo hizo) las golpizas que propina la policía política a los opositores. Fallas éstas que el bien entrenado y oportunista Edmundo supo utilizar a su favor.

Estas y otras pifias explican que García se manejara a su aire y se atreviera a afirmar, sin parpadear y sin el menor rubor en las mejillas, que los dolorosos sucesos del remolcador 13 de marzo, cuando un grupo de cubanos inocentes fueron asesinados por cuerpos militares del castrismo, fueron responsabilidad directa de las víctimas.

García se atrevió a afirmar que los dolorosos sucesos del remolcador '13 de marzo' fueron responsabilidad directa de las víctimas

Igualmente minimizó la escandalosa contratación de mano de obra extranjera para trabajos de construcción en la Isla, cuando hay miles de cubanos desempleados, hecho que en su momento señaló Ferrer y que el inefable Edmundo García consideró como algo “normal”. Puedo entender que Ferrer apenas pudiera contener su indignación ante el rampante cinismo de este sujeto, y de cierta manera eso me explica su desconcentración a la hora de ripostarle en el debate.

Otro altercado innecesario entre ambos fue el relacionado con el número de activistas y miembros de la Unión Patriótica de Cuba (Unpacu), reconocida como la mayor agrupación opositora al interior de Cuba. Un tema al que Ferrer se dejó arrastrar por García. Este último pretendió ridiculizar la cifra y poner en duda la veracidad de los números que citó el líder opositor, cuando en realidad lo esencial en el caso no es el número de integrantes de este u otro partido de la oposición, sino la legitimidad y justeza de sus reclamos y su derecho a existir como alternativa al poder. Es sabido que la oposición bajo condiciones de dictadura siempre es minoría, de manera que no hay que hacer énfasis en demostrar cuántos seguidores tiene o no un partido. ¿Por qué seguirle el juego a las triquiñuelas de los servidores del castrismo y ponérsela tan fácil?

Pero, puestos en ese plan, bien pudo Ferrer, en riposta, recordarle a García la ridícula cantidad de militantes del PCC, que el pasado Congreso cifró oficialmente en 700 mil –pese a los casi 60 años transcurridos “en revolución” y más de 50 de “partido único” –, que constituyen apenas un 6,36% de una población de 11 millones de habitantes. ¿Acaso no es éste un dato contundente si se trata de legitimar derechos basados solo en cuestiones numéricas?

El bloqueo del Gobierno a la prosperidad y felicidad de la población se refleja en la creciente e indetenible emigración de los cubanos

Por otra parte, Ferrer debió evitar las comparaciones entre el régimen de los Castro y el de Corea del Norte, o las alusiones extemporáneas a las similitudes entre éste y el estalinismo, el fascismo de Mussolini y de Hitler, u otros regímenes igualmente criminales. La realidad cubana, por sí sola, es lo suficientemente subversiva como para no tener que apelar a parangones históricos o a escenarios geográficamente lejanos. Hubiese causado un mejor efecto enumerar los muchos y acuciantes problemas existenciales y las ausencias de libertades dentro de Cuba que esforzarse en describir la naturaleza fascista del castrismo, que todos conocemos hasta el hartazgo.

Uno de los más recurrentes vicios de la oposición es, precisamente, aprovechar cada ocasión para caracterizar a la dictadura insular, en lugar de poner el dedo sobre los problemas cotidianos de los cubanos, o en divulgar sus propias plataformas y propuestas para revertirlos.

Por ejemplo, el bloqueo del Gobierno a la prosperidad y felicidad de la población, que se refleja en la continua, creciente e indetenible emigración de los cubanos. O el tema de las leyes que se han estado modificando en los últimos años, con la prohibición expresa a la inversión de los nacionales, a la libre sindicalización o a la libre contratación de los trabajadores, por mencionar solo algunas. Estas son cuestiones que difícilmente el señor García hubiese podido rebatir, o de hacerlo, hubiese quedado muy mal parado. Sin mencionar otras pecas, como la falta de libertad de prensa, de expresión y de información, de derecho de huelga y otros temas de mayor calado, actualidad y relevancia que los que se trataron.

Está claro que urge superar definitivamente el simplismo mediático del castrismo malo y la oposición buena. Sencillamente hay que hacer oposición efectiva, y si los medios de allá o acullá ofrecen el espacio, hay que aprovechar la ocasión para transmitir el mensaje propio, en lugar de permitir que otros, desde la comodidad de los estudios de televisión y atendiendo a ratings de audiencias, lleven el guion por un rumbo estéril. No es razonable dilapidar el capital moral de un líder en un programa mediocre.

Por supuesto, para lograr esto hubiese sido necesario contar con un buen guion y una mejor conducción. María Elvira perdió lastimosamente el control del programa, que por momentos pareció una valla de gallos sin el menor orden. Aunque es probable que ella considere esto como una manifestación de espontaneidad y democracia.

También estuvo realmente desafortunada en algunos enfoques, buscando más el sensacionalismo fácil –como el desfile de modas de Chanel en el Prado o la llegada de cruceros estadounidenses al puerto de La Habana– que las cuestiones esenciales que en realidad afectan la vida cotidiana de los cubanos. El derecho a asistir a un desfile es verdaderamente inocuo comparado con los acuciantes problemas del común de los cubanos: la ausencia total de libertades y las carencias materiales de toda una nación. La frivolidad huelga cuando se trata de política.

Aprovecho para manifestar a Ferrer mi solidaridad y respeto por su desempeño como líder opositor, su honestidad y su valor en la defensa de una causa que es la de muchísimos cubanos

Al final, la conductora repitió a los contrincantes exactamente la misma pregunta que 20 años atrás hiciera a Mas Canosa y a Alarcón: ¿estarían dispuestos a reconocer el triunfo del adversario en caso de elecciones democráticas? Y la respuesta de cada uno demostró una vez más la superioridad moral del pensamiento libre: José Daniel, como antaño lo hiciera Mas Canosa, manifestó su disposición a aceptar la decisión del pueblo ante las urnas; no así Edmundo García, que declaró se alzaría en la Sierra Maestra antes que aceptar un triunfo electoral de la Unpacu. Quizás esto fue lo mejor del programa.

Sin embargo, lo que realmente deploré al terminar éste fue el hecho de que un líder del prestigio y el valor de José Daniel Ferrer aceptara un debate con un personaje que ni siquiera es representante legítimo del régimen dictatorial que defiende. Presentarse en una discusión pública con este sujeto es otorgarle un crédito que no merece. En todo caso, no había nada que ganar. Diría que Ferrer gastó balas de artillería para dispararle a un mosquito… sin éxito.

En mi criterio, el problema del programa-debate que nos ocupa no consiste en quién quedó mejor o peor parado, o quién defendió mejor su posición. Lo cierto es que el debate José Daniel Ferrer versus Edmundo García nunca debió tener lugar, porque tiende a prestigiar a alguien como García, que no tiene la menor relevancia ahora ni la tendrá después. Un líder político debe ser cuidadoso a la hora de elegir a sus adversarios.

De cualquier manera, aprovecho para manifestar a Ferrer mi solidaridad y respeto por su desempeño como líder opositor, su honestidad y su valor en la defensa de una causa que es la de muchísimos cubanos como él y como los miembros de Unpacu. Sépase que mi crítica está ungida de la mejor voluntad, por lo que rechazo de antemano cualquier tergiversación al respecto. En todo caso, el periodismo de opinión es la manera en que algunos aportamos al desarrollo de la democracia y las libertades. Tengo razones para confiar en la grandeza y capacidad de Ferrer para entenderlo así.

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