El carretillero de Andrés

Carretillero de  Andrés García Benítez. (Cortesía de Manuel Pereira)
Carretillero, de Andrés García Benítez. (Cortesía de Manuel Pereira)

Entre los amuletos que me acompañan en la travesía del desierto, atesoro una caricatura inédita de Andrés. Fechada en 1960, representa a un carretillero pregonando sus frutas y profetiza el canto del cisne de los vendedores ambulantes abolidos durante la "Ofensiva Revolucionaria" de 1968.

Aparte de ser una reliquia del humorismo gráfico cubano, el dibujo también parece preconizar el lento itinerario hacia la economía del chinchal ensayada por el raulismo. Probablemente es un boceto de Andrés para alguna de sus fascinantes portadas en la revista Carteles, que dejó de circular en el lejano 1960.

Durante 25 años he dialogado con los sensuales trazos de esta imagen, como en un conjuro fantasmal para invocar la economía de mercado, porque lo que mueve el pincel de Andrés es la mano invisible de Adam Smith. Mientras más contemplo su intenso colorido, más deviene una alabanza a la libre competencia, una apología de la propiedad privada y un agasajo a los emprendedores. Este alegre homenaje a la ley de la oferta y la demanda exaspera tanto a los ingenieros sociales, los utopistas, los demagogos y los comunistas que sería impublicable en la prensa cubana actual.

El magnífico Andrés García Benítez fue amigo de mi familia. De mi madre heredé esta joya arqueológica. Creo que fue en 1957 cuando ella me llevó al taller del escultor Tony López, en Galiano, donde conocí a Andrés. De allí salió mi mamá con una copia del busto de Nefertiti que por entonces adornaba las vidrieras de Fin de Siglo, donde ella trabajaba como modista.

Lo primero que muere cuando triunfa la utopía es el sentido común. Lo segundo es el sentido del humor

En 1966 Andrés inició un periplo por España y Puerto Rico. Regresó a los 65 años, ya ninguneado, para morir en su Holguín natal. Lo primero que muere cuando triunfa la utopía es el sentido común. Lo segundo es el sentido del humor. Más que cualquier otra forma artística o intelectual, la caricatura es la que más se resiente bajo los regímenes fanatizados, porque su naturaleza consiste en satirizar y deformar rasgos. Nada es más corrosivo que la ironía y eso no lo soporta ningún totalitarismo.

En la Alemania nazi ejecutaban a los llamados "graciosos" solo por hacer chistes contra Hitler. En la Rusia estalinista no se publicaban caricaturas del Zar Rojo. En 1945, por llamar "bigotudo" a Stalin, Solzhenitsyn fue encarcelado. En la España franquista también estaban prohibidas las caricaturas del Caudillo y algunos dibujantes, como Escobar, fueron encarcelados. En la Italia de Mussolini, la lupa de la censura y la marcialidad fascista se impusieron pese a ser un pueblo tan jovial.

Fidel Castro no tiene sentido del humor. Muy pronto se las ingenió para que no le llamaran El Caballo, aun tratándose de un apodo encomiástico. En 2014 Juventud Rebelde publicó 11 caricaturas suyas en un intento por demostrar que no había censura al respecto. Dos son anteriores a 1959 (sin barba), otras corresponden a los primeros años de su Gobierno, todas muy complacientes con el retratado. En cualquier caso, 11 caricaturas para un período de 55 años es demasiado ruido para tan poquísimas nueces.

Hoy, a falta de caricaturas mordaces en los miedosos medios, el pueblo cubano se desahoga inventando casi a diario chistes susurrados contra el régimen

Jorge Mañach definió el choteo como "un peculio psíquico tropical". Esa idiosincrasia criolla –descendiente del pitorreo andaluz– ha sido reprimida en la Isla desde que llegó el comunismo, que no es más que un intempestivo remedo de la inquisitorial sociedad medieval.

José Martí tenía tanto sentido del humor que nos dejó un autorretrato caricaturesco. Batista tuvo que tolerar que lo ridiculizaran en los periódicos con los dibujos del Reyecito.

Hoy, a falta de caricaturas mordaces en los miedosos medios, el pueblo cubano se desahoga inventando casi a diario chistes susurrados contra el régimen. Parte de nuestro humor está asociado al pregón, que ha producido tanta fortuna musical desde el siglo XIX. Una ciudad sin pregones de ambulantes no vibra, es un cadáver insepulto, pues le faltan esos latidos que solo pueden emanar de un tejido comercial vivo y dinámico, como el que se aprecia en México.

Ojalá pronto la caricatura de Andrés se transfigure en una realidad palpitante, sin multas exorbitantes ni impuestos leoninos, sin inspectores voraces ni confiscaciones de mercancías, sin policías acosando a los carretilleros para que no permanezcan parados en el mismo lugar. Cuando esa pesadilla desaparezca, entonces, y solo entonces, el carretillero de Andrés prolongará su pregón hasta alcanzar su máximo esplendor.

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