El compromiso cívico de los peruanos

Un hombre de la tercera edad se registra en la mesa de sufragio para ejercer su derecho al voto en un colegio del distrito de La Perla, Callao. (EFE/Eduardo Cavero)
Un hombre de la tercera edad se registra en la mesa de sufragio para ejercer su derecho al voto en un colegio del distrito de La Perla, Callao. (EFE/Eduardo Cavero)

En muchos sentidos, las elecciones en Perú reflejan de algún modo el proceso de maduración democrática en América. Participé en los comicios de 2016 como observador internacional en una invitación compartida del Instituto Político para la Libertad (IPL) de Perú y el Centro de Asistencia para los Procesos Electorales (CAPEL), con sede en Costa Rica, en una tercera experiencia después de las de Argentina y España, a cuyos procesos electorales también asistí.

Era la primera vez que dos representantes de la plataforma ciudadana #Otro18 lograban estar presentes en un proceso electoral como observadores internacionales. Esto ha permitido mirar a las urnas desde un nuevo ángulo para calibrar la fortaleza del sistema electoral de forma íntegra.

El voto es obligatorio, con las multas correspondientes para quienes no asistan, pero noté más compromiso cívico que miedo al daño en el poder adquisitivo

La Integridad Electoral es, grosso modo, un concepto que permite analizar las elecciones desde una concepción que va más allá del día en que se vota. Se analiza las condiciones de la competencia electoral, el grado de independencia de los organismos que participan en el proceso, la independencia y libertad de los ciudadanos para elegir y ser elegidos, el papel de la prensa, el respeto a los derechos humanos, el equilibrio en la participación de los candidatos, y claro está, el proceso mismo que va desde la convocatoria hasta el cómputo de los votos y la emisión de los resultados, pasando por las condiciones logísticas.

La Integridad Electoral va a la calidad del proceso. Antecede a las elecciones, las sigue y atiende al momento postelectoral, es decir, a cómo la ciudadanía percibe el proceso mismo. Este concepto sostiene que los sistemas electorales son perfectibles. No hay uno dado para siempre, sino que todos tienen que evolucionar, reajustarse a las condiciones tecnológicas ‒y esto es lo fundamental‒ a los cambios en el contexto. Lo principal es la calidad de la representación y la claridad de las elecciones.

Va muriendo, pues, la idea de que unas buenas elecciones se reducen a la participación, la tranquilidad, la competencia y la transparencia el día de la votación.

Partiendo de este concepto, pude observar que las elecciones en Perú comenzaron mucho antes de su convocatoria, a fines de 2015.

Estuve en Trujillo, el centro más importante de la región La Libertad, al norte de Perú. En la Organización Nacional de Procesos Electorales (ONPE) vi de cerca la arquitectura electoral bien engrasada para la convocatoria de este mes de abril. Conversé con los magistrados de la Junta Nacional de Elecciones (JNE) y con la Organización de Procesos Electorales, encargados de fiscalizar la votación y de garantizar la logística necesaria.

El voto es obligatorio, con las multas correspondientes para quienes no asistan, pero noté más compromiso cívico que miedo al daño en el poder adquisitivo. Las multas responden, en todo caso, a las clases sociales: 29 soles (la moneda oficial) para los más pobres, 90 para las clases medias y 193 para los sectores económicamente privilegiados. Probablemente 29 soles pueden ser muy importantes para el 20% de la franja más baja de la sociedad peruana; no obstante, el 80% de los más de 23 millones de peruanos que se volcaron a las urnas podría muy bien asumir una multa, para ellos simbólica, como castigo al sistema.

De aquí extraje una primera conclusión: la democracia es una virtud cívica en Perú, a pesar de la violencia política remanente. Asistimos a un concurrido mitín, antesala del cierre de campaña de Pedro Pablo Kuczynski. La participación de miles de sus seguidores fue una muestra de que la convicción democrática está por encima, probablemente, de la capacidad política, comunicativa, quizá de visión, de sus líderes.

Hubo equilibrio en el tratamiento de los candidatos y pluralidad editorial, con argumentos para todos los gustos ideológicos

Noté que el liderazgo de los partidos está por debajo del liderazgo y compromiso cívico de los peruanos, un dato que solidifica el suelo de la democracia en ese país, aunque no debe perderse la perspectiva de la importancia y el valor del liderazgo político en democracia. Mi duda es si los candidatos presidenciales estaban a la altura de sus ciudadanos.

Se satisface así una segunda condición de la integridad electoral: el espacio político para la expresión cívica de los ciudadanos. Esto es un elemento sustancial para favorecer la relación entre sociedad civil, ciudadanía y partidos políticos: la transparencia electoral.

El comportamiento de la prensa es el tercer elemento imprescindible para la Integridad Electoral. El Comercio, La República y Perú 21, pese a sus claros respaldos a uno u otro candidato, cubrieron bastante objetivamente el desarrollo de la jornada. Lo mismo sucedió en los medios televisivos. Equilibrio en el tratamiento de los candidatos y pluralidad en el tratamiento editorial, con argumentos para todos los gustos ideológicos.

Perú eligió. Y, como tituló en su portada del lunes 11 el diario La República, de izquierda, el electorado se volcó a la derecha. Si se suman los votos obtenidos por Keiko Fujimori (39,55%), Pedro Pablo Kuczynski (22,11%) y Alan García (5,92%), más del 67% de los peruanos votó por la continuidad, mientras Verónika Mendoza, la candidata del Frente Amplio (izquierda) sólo obtuvo el 18, 5% del favor de los electores.

La segunda vuelta, entre Fujimori y Kuczynski, el 5 de junio, definirá el rumbo de Perú para los próximos cinco años.

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