17D: Cómo se esfuma el optimismo

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y su homólogo cubano, Raúl Castro, en la sede de las Naciones Unidas. (EFE)
El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y su homólogo cubano, Raúl Castro, en la sede de las Naciones Unidas. (EFE)

Quizás la más visible repercusión que ha tenido el restablecimiento de relaciones entre Estados Unidos y Cuba, comenzado hace ya un año, se expresa en las ilusiones que se despertaron en terceros países. Gobiernos, empresarios e instituciones independientes, al intuir que había sonado el disparo de arrancada en una carrera, se apresuraron a posicionarse, no en la Cuba que es hoy, sino en la que imaginaron que pronto sería en virtud del cambio anunciado.

Se multiplican las cartas de intenciones desde el mundo capitalista y arriban a la Isla presidentes y ministros, músicos y peloteros, cineastas y empresarios. Calculan, todos, que en breve correrán a chorros llenos los dólares por el país.

Ha ocurrido, aquí, como en esas historias en las que con tan solo anunciar la construcción de un ferrocarril sube el precio de los terrenos a cada lado de donde se proyecta la línea. Pero el momento en que el tren pasará sigue siendo una incógnita.

Los estadounidenses han sido claros en que no han cambiado sus objetivos, sino sus métodos. Los gobernantes cubanos insisten en no moverse ni un milímetro de unas posiciones que califican como "los inconmovibles principios de la Revolución".

La ventaja de Raúl Castro sobre Barack Obama es que no tiene un parlamento exigiéndole equidad en los pasos a dar, ni su partido tiene que someterse al escrutinio de un electorado celoso de cada concesión, calculador de cada ganancia. Pero esa ventaja solo le sirve para no moverse. Los negociadores norteamericanos ya no saben cómo le van a advertir a la parte cubana que Obama no es el dictador de Estados Unidos, sino solo su presidente y que si no se emiten señales desde La Habana en la dirección esperada, se le estará dando la razón a quienes en el Congreso se oponen a la política de acercamiento.

La ventaja de Raúl Castro sobre Barack Obama es que no tiene un parlamento exigiéndole equidad en los pasos a dar, ni su partido tiene que someterse al escrutinio de un electorado celoso de cada concesión

¿Cuáles son esas señales que ansían ver los estadounidenses? En primer lugar, las garantías de que pueden invertir y sacar dividendos a su inversión. En segundo lugar, el respeto a todos los derechos humanos. La relación entre ambas aspiraciones merece un libro, pero puede reducirse a la idea de que una atmósfera de libertad económica y política es el ambiente más propicio para la economía de mercado.

La resistencia a girar el timón en esa dirección se engalana o se enmascara, como prefiera verse, con la voluntad política de garantizar ciertos márgenes de justicia social expresados en los muy publicitados logros en la salud y la educación al alcance de todos. Detrás, hay un grupo de jerarcas obsesionados por el poder que no quieren arriesgarlo. Venezuela lo acaba de demostrar: los regímenes autoritarios no pueden confiar en la democracia "ni tantico así", como decía un argentino.

En Cuba hay un aparato represivo compuesto por decenas de miles de individuos encargados de impedir que los opositores se expresen o se reúnan. Si el país se democratiza, ellos no solo perderían el trabajo y los privilegios, sino que se sentirían presumibles víctimas de la venganza. Por eso los oficiales a cargo de cada caso se esmeran en que sus informes sean convincentes y todo opositor aparezca como un traidor a la patria y un peligroso agente de las fuerzas imperiales. Esa tropa, bien entrenada y armada, ha sido educada en el principio de que la única orden que se puede y se debe desobedecer es la del cese al fuego. Si Raúl Castro pretendiera despenalizar la discrepancia política para democratizar el país estaría convirtiendo a sus más leales y sumisos servidores en sus potenciales enemigos. Él lo sabe.

Transcurrido un año de aquel esperanzador 17 de diciembre, puede afirmarse que cada parte ha llegado al techo de vuelo de sus posibilidades. Anular el embargo, suspender las transmisiones de radio y TV, indemnizar por los daños causados o devolver Guantánamo parecen gestos tan difíciles para la Casa Blanca como para el Gobierno cubano sería introducir el pluripartidismo, ratificar los pactos de derechos humanos, permitir la libre empresa o legitimar la sociedad civil independiente.

Los terrenos comprados a cada lado de la línea ferroviaria empezaron hoy a devaluarse porque el dichoso tren no acaba de desplazarse sobre los carriles.

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