A propósito de los 25 años del otoño de 1989

Vaclav Havel en una manifestación pacífica en Praga durante la Revolución de Terciopelo. (CC)
Vaclav Havel en una manifestación pací­fica en Praga durante la Revolución de Terciopelo. (CC)

Trasplantar de modo acrítico experiencias foráneas puede a veces, por pura carambola, dar resultados aceptables e incluso sobresalientes; mas no es esa en verdad la tendencia. Quienes pretenden democratizar a la Isla a la manera en que se hizo en Polonia y la República Checa, deberían tener presente esa verdad.

La razón está en un detalle que los apologetas de la transición polaca, y también los de la checoslovaca, no ven. Mientras en aquellas naciones comunismo y nacionalismo se contrapusieron, tiraron en direcciones por completo opuestas, en Cuba, por el contrario, se han solapado.

En Polonia y Checoslovaquia el comunismo era la forma mediante la que se les imponía simbólicamente una dominación extranjera, la soviética. En Cuba, sin embargo, el comunismo era -y es aún- presentado por los radicales como una manera de concentrar recursos para enfrentar la innegable e inmensa influencia norteamericana en nuestros asuntos.

Una manera, la comunista, por demás bastante inocua para nuestra independencia nacional dado que Moscú, el gran centro del comunismo internacional, se encontraba demasiado lejos, a 9.950 kilómetros, como para ejercer un control ni remotamente efectivo sobre La Habana.

Esto trajo como resultado que en Polonia y Checoslovaquia el nacionalismo terminó tumbando al comunismo en cuanto la URSS de la Perestroika dio muestras concretas de adscribirse a la no intervención más allá de sus fronteras. En Cuba, que al sobrevenir la caída del Muro de Berlín y el consecuente descrédito del comunismo a partir de 1989, el régimen pasó a legitimarse entonces en su nacionalismo, asegurando así su permanencia, ya más bien como un régimen de nacionalismo extremista.

Mientras no entendamos esto es muy probable que sigamos como hasta ahora, a palos de ciego.

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