Comemos más, comemos peor

Los rigores alimentarios de los noventa y los malos hábitos culinarios han desembocado en un aumento del peso medio

Restaurante con comida rápida en La Habana. (14ymedio)
Restaurante con comida rápida en La Habana. (14ymedio)

En pocos bocados se come la segunda pizza del día. Por la noche cenará "un pan con algo", acompañado de un batido y un dulce. Hace años que le cuesta trabajo verse los pies mientras está parado. La barriga le tapa las extremidades y otras zonas más añoradas. Richard fue delgado en su juventud pero la vida sedentaria y el exceso de calorías han hecho que sus vecinos le llamen "el gordo del piso tres". Su situación es compartida por más del 43% de la población cubana, que padece algún grado de sobrepeso.

La obesidad, esa epidemia del siglo XXI, también hace estragos en nuestro país. En las últimas dos décadas la báscula marca cada vez más libras. ¿Significa eso que comemos más o que comemos peor? Especialistas como el doctor Jorge Pablo Alfonso Guerra, consideran que las primeras señales de alarma ya se ven en la adolescencia. "La alimentación inadecuada, la tendencia a realizar menos actividad física y los falsos criterios de salud y belleza", son algunas de las causas que llevan a que los cubanos acumulen más grasa de la debida.

La dieta más consumida en el país, abundante en carbohidratos y grasas animales, nos viene en parte por la cultura culinaria de nuestra nación pero también por las dificultades económicas. "Hay días en que solo como arroz con perro caliente, porque es lo único que puedo comprar", refiere Eugenia Suárez, quien mide 1,62 metros y pesa 254 libras. Desde hace años padece diabetes, presión alta y fuertes dolores en las rodillas debido a los kilos que le sobran. Ahora, sueña con hacerse una cirugía bariátrica para reducir la capacidad de su estómago.

Los hijos de Eugenia tienen muchas posibilidades de padecer también sobrepeso. Los estudios científicos han demostrado que el riesgo de sufrir esta enfermedad se multiplica por cuatro si al menos uno de los progenitores es obeso. Una investigación realizada en La Habana por la cátedra de Antropología, adscrita a la Facultad de Biología de la Universidad, determinó que, en las edades comprendidas entre 6 y 15 años, el 23% de las niñas y el 21% de los varones tienen sobrepeso.

"Son los hijos de quienes sufrieron el Período Especial durante su adolescencia, de ahí que muchos de estos padres tienen una verdadera obsesión por la comida y se la transmiten a sus pequeños", asegura Eloy R. López, endocrino y colaborador del Instituto de Nutrición e Higiene de los Alimentos. Según este doctor, "los rigores alimentarios que vivimos en los años noventa han provocado una compulsión por el consumo constante de comida lo cual, unido a malos hábitos en la manera de cocinar y de elegir lo que llevarse a la boca, completan un cuadro muy preocupante".

Los erróneos cánones estéticos que bendicen 'la barriga cervecera' y 'la curva de la felicidad' hacen difícil tratar a los varones por este padecimiento

"La ingesta de azúcar es muy alta, porque con ella la gente intenta paliar otras ausencias, lo mismo ocurre con la harina que muchas veces se utiliza para 'estirar' un alimento y que alcance para más comensales", explica López. Cada semana acuden a su consulta decenas de personas que quieren hacer retroceder la aguja de la báscula. Sobre sus pacientes refiere que "son mujeres en la mayoría de los casos, porque entre ellas la obesidad tiene mayor incidencia en nuestro país y también porque se preocupan más por su físico y piden ayuda". Sin embargo, apunta que "los hombres son más difíciles de convencer de que tienen un problema, los erróneos cánones estéticos que bendicen 'la barriga cervecera' y 'la curva de la felicidad' hacen difícil tratar a los varones por este padecimiento".

"Siempre tengo dificultades cuando recomiendo un régimen alimentario más saludable, porque esas personas me responden 'doctor, yo no puedo pagar una comida así' y tienen –en parte– razón". Una toronja cuesta dos pesos cubanos, la saludable piña llega a valer hasta 15 y ahora mismo una libra de tomate no baja de los 20. "Cuando saco cuentas, una dieta saludable vendría costando a la semana lo que un profesional gana en todo un mes", reconoce el galeno. Comer sano en Cuba es caro; pero no se trata solo de dinero.

Richard, ese a quien los vecinos ya no llaman por su nombre, explica qué lo lleva a consumir tanta comida chatarra. "Vivo con mis padres, mi hermano y la esposa y la hija de éste, la cocina es pequeña y casi siempre hay alguien friendo o hirviendo algo, así que tengo que comer la mayoría de las veces en la calle". En el comedor de su trabajo, tampoco hay opciones que lo ayuden a bajar de peso. "Casi todos los días hay arroz, boniato, natilla... y la oferta de vegetales se reduce a col en una época del año".

“A veces me desilusiona que los mejores platos de nuestra carta, que son a base de verduras y alimentos frescos, apenas sean pedidos”

Es raro encontrar a lo largo del país una cafetería cuyo menú no esté basado en bocaditos con pan, alimentos fritos o jugos con mucha azúcar. Quienes incursionan en ofertas más saludables tienen una clientela limitada y deben poner elevados precios. "A veces me desilusiona mucho que los mejores platos de nuestra carta, que son a base de verduras y alimentos frescos, apenas sean pedidos", cuenta Miguel quien labora como chef en un restaurante privado de la calle tercera en Miramar. En lugar de eso, "las masas de cerdo fritas, las pizzas y los preparados con mayonesa son los de mayor éxito entre los comensales".

Después de tales ingestas, los más presumidos intentan quemar esas calorías en el gimnasio o buscan fórmulas más rápidas y arriesgadas de perder las libras de más.

El negocio de adelgazar

"Una sociedad obesa, es una sociedad dispuesta a pagar por bajar de peso", asegura Dayron Castellanos quien se dedica a la venta de píldoras para adelgazar. Se graduó en la licenciatura de cultura física y deportes, pero ahora se dedica al negocio de eliminar las libras de más. Vende por catálogo productos como las pastillas Pai You Guo, producidas en China, en cuyo prospecto dice promover "la disminución del apetito y la evacuación efectiva". A la lista de sus "remedios milagrosos" se le suman cetonas, supuestos quemadores de grasa y cápsulas a partir de té verde.

Castellanos no tiene licencia para comercializar ninguno de esos productos, la mayoría de los cuales ni siquiera están autorizados por las autoridades farmacéuticas del país. El negocio se mueve a través de gente que recomienda su mercancía y de páginas de clasificados donde se anuncia. Bastan una llamada y algunos pesos convertibles para que el cliente regrese a casa con lo que cree que será la solución para quitarse sus "rollitos y michelines".

"He tenido pacientes afectados por el consumo continuado de té diurético y otros remedios para adelgazar", explica el doctor R. López. "La gente quiere soluciones mágicas de hoy para mañana, pero para bajar de peso de manera estable se necesita cambiar permanentemente los hábitos de vida", asevera este especialista. Sin embargo, su criterio es apenas audible en el coro de quienes ofertan productos de toda índole para adelgazar.

Los clientes de Castellanos son fundamentalmente gente de la emergente clase media cubana. "Eso no significa que entre los más pobres no haya gordos, solo que no pueden pagar por estas píldoras", revela el próspero empresario. A sus anuncios responden muchas mujeres jóvenes en busca de remedios exprés, pero también gente mayor. En Cuba se calcula que entre las personas que superan los 60 años, el 51% de las mujeres y el 30% de los hombres tiene algún tipo de sobrepeso. El riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares y diabetes está empujando a muchos de ellos a preocuparse por esas libras de más.

El deterioro en la salud es parte del problema, pero los aquejados por la obesidad viven con mayor dramatismo las repercusiones sociales y familiares que provoca su situación. "Quiero que la gente vuelva a llamarme por mi nombre y que nadie me diga el gordo del piso tres", concluye Richard ante la tablilla de una cafetería que anuncia pizzas de jamón y queso doble.

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