¿Bolsas plásticas? No, gracias

Bolsas de polietileno secándose en una tendedera después de ser lavadas para ser reutilizadas. (CC)
Bolsas de polietileno secándose en una tendedera después de ser lavadas para ser reutilizadas. (CC)

En la tendedera, junto a los pantalones y la ropa interior, una bolsa de polietileno se seca al sol para volver a ser usada, una escena que se repite en miles de casas cubanas. Las jabitas ‒como se las conoce popularmente ‒ se utilizan en Cuba no solo para acarrear los alimentos desde el mercado o transportar todo tipo de mercancía, sino para tapar agujeros, forrar libros o tejer sogas. Los plomeros echan mano de ellas en ausencia de la cinta de teflón que se coloca al enroscar una tubería y cuando cae un fuerte aguacero es común verlas sobre muchas cabezas protegiendo el cabello.

Por eso, y a pesar del terrible impacto mediambiental que provocan, los clientes se quejan cuando en las tiendas no les dan una de estas jabas para cargar los productos. La ausencia de información en los medios nacionales sobre el daño que causan las bolsas plásticas al medio ambiente ha derivado en una falta de concienciación entre la población en general.

Según la Agencia de Protección Ambiental de EE UU, en el mundo se utilizan entre 500.000 millones y 1 billón de bolsas plásticas al año, de las que solo un 1% son recicladas

Según la Agencia de Protección Ambiental de EE UU, en el mundo se utilizan entre 500.000 millones y 1 billón de bolsas plásticas al año, de las que solo un 1% son recicladas. Las bolsas de polietileno tardan en torno a 150 años en degradarse, lo que provoca suelos de mala calidad por la absorción de compuestos tóxicos. Además, su elaboración es altamente contaminante, tanto por el uso de petróleo en su fabricación como por las pinturas tóxicas con las que se imprimen dibujos y logotipos para personalizar las jabas.

Otros de los perjucios que provocan las bolsas, y que es motivo de gran preocupación para Naciones Unidas, es el impacto sobre los océanos y animales marinos. El Programa para el Medio Ambiente de la ONU calcula que unos 6,4 millones de toneladas al año terminan en mares y ríos. Además de los daños causados a los animales que las ingieren, microcompuestos tóxicos utilizados en las bolsas regresan mediante la cadena alimenticia al consumo humano a través de pescados y mariscos.

Con el fin de reducir el uso indiscriminado de estas bolsas, muchos países llevan décadas tomando medidas disuasorias cuando no penalizadoras. En Cuba, sin embargo, las autoridades no hablan del reemplazo gradual de este producto por otros menos dañinos.

Los pescadores cubanos han sido los primeros en ver con sus propios ojos la cara oscura de estos envases. "He encontrado peces enredados en jabas que la gente bota y una vez fue una tortuga con una en su cuello", comenta Daniel, un joven residente en el poblado de Gibara. "Hay lugares donde se acumulan porque las corrientes las arrastran hasta ahí y para nosotros mismos son un problema", advierte.

Las alcantarillas son frecuente víctimas de tupiciones cuando se mezclan los envases plásticos con otros objetos flotadores, como latas de refresco y en las calles y avenidas, volando por los aires son una amenaza para conductores de motos y vehículos.

Cuando la era del cartucho de papel terminó en Cuba con la caída de la Unión Soviética, tener una bolsa de nylon con el logotipo de alguna tienda pasó a ser un símbolo de estatus. Hasta el día de hoy una manera de llamarlas es justamente jabita Cubalse en recordatorio a la corporación que manejaba las primeras tiendas en divisas que se abrieron en la Isla.

El Ministerio de Industrias programó que en el 2014 se producirían 1.387 millones de bolsas de polietileno, el doble del año anterior, que se destinarían especialmente a las Tiendas Recaudadoras de Divisas

A las jabitas de nylon frecuentemente se le dedican reportajes en el noticiero estelar, donde se abordan los problemas con su abastecimiento y la reventa ilegal que marca la distribución del producto. Hasta el momento, el debate sobre su carácter contaminante y la necesidad de regular su distribución no ha llegado a los espacios públicos.

En lugar de eso, el Ministerio de Industrias programó que en el 2014 se producirían 1.387 millones de bolsas de polietileno, el doble del año anterior, que se destinarían especialmente a las Tiendas Recaudadoras de Divisas (TRD) y otras entidades pertenecientes al Ministerio de Comercio Interior.

La fábrica Polialba en Cienfuegos, inaugurada en 2009 con financiamiento proveniente de Venezuela, procesa 150 kilogramos de polietileno por hora en cada una de sus máquinas de factura italiana. Por cada tonelada de polietileno se obtienen 187.000 bolsas destinadas no solo a la red de tiendas minoristas, sino también al turismo y la industria de medicamentos. La industria está concebida para llevar la producción hasta 250 millones de bolsas.

La gravedad del problema ha llevado a varios países europeos y algunas ciudades de Estados Unidos a implementar reformas legales que pongan freno a esta situación. La Unión Europea aprobó en 2015 una directiva reducir a 90 las 198 bolsas que consume un europeo al año o conseguir que a partir de 2018 no se entreguen bolsas de forma gratuita. Irlanda fue el país pionero al obligar, en 2002, al pago de un impuesto (unos 0.15 euros), por el uso de estas bolsas. A la iniciativa se le han sumado también otros países como Dinamarca, Australia, Italia y varias ciudades de Estados Unidos. En España, la mayoría de grandes supermercados ha generalizado el uso de bolsas reciclables que, en todo caso, suelen cobrar a entre 0,02 y 0,05 euros para disuadir al consumidor del gasto indiscriminado. Pero en Cuba, el tema sigue esperando por la voluntad gubernamental y la conciencia de los consumidores.

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