Cuba, laboratorio de una alianza contra Occidente

Cajón de sastre

El castrocomunismo sobrevivió a la caída del bloque soviético al insertarse en una corriente ideológica que hoy reaparece en universidades y movimientos políticos estadounidenses

Fidel Castro, pronunciando su primer discurso en La Habana el 2 de septiembre de 1960.
Fidel Castro, pronunciando su primer discurso en La Habana el 2 de septiembre de 1960. / Raúl Corrales
Lilianne Ruiz Andarcio

20 de septiembre 2026 - 14:30

Miami/Decir simplemente que los sistemas comunistas “fracasan” ni siquiera empieza a capturar la mitad del problema, y mucho menos la mitad del horror, que el comunismo realmente representa. Cada vez que el colectivismo comunista se apodera del poder en un país, deja invariablemente a su paso cifras desoladoras de muertos. La violencia anti política inherente a los sistemas comunistas ha aplastado despiadadamente la disidencia y cualquier oposición a este mal llamado “proyecto social”. Debido a que los comunistas exigen una obediencia absoluta, la economía colectivista se transforma en una herramienta de control conductual e ideológico.

Cuando un individuo se niega a someterse, se enfrenta a una amenaza existencial dentro de cualquier territorio controlado por una dictadura comunista. Ante esto, las únicas opciones que quedan son luchar por los derechos humanos y la libertad, o escapar. El peligro al que nos enfrentamos hoy es que el comunismo lleva décadas librando una campaña global para redefinir su imagen, reapareciendo en la escena moderna bajo apariencias aparentemente nuevas, mientras sigue siendo, en esencia, la mismísima empresa criminal contra el individuo y su libertad.

Los cubanos saben muy bien lo que realmente significa “el calor del colectivismo”. Esta cita proviene de una intervención pública del alcalde de la ciudad de Nueva York, Zohran Mamdani, quien, en apariciones documentadas tras el 7 de octubre, intentó enmarcar el terrorismo islámico como un movimiento de justicia social o “resistencia”. Esto es aberrante y guarda un parecido sorprendente con el dictador cubano Fidel Castro.

En otras palabras, los líderes emergentes de los Socialistas Democráticos de América (DSA) no se parecen a los comunistas de Europa del Este durante la Guerra Fría; se parecen a Fidel Castro. Fue precisamente esta característica la que impidió que la dictadura cubana cayera junto con el Muro de Berlín.

Cuando un individuo se niega a someterse, se enfrenta a una amenaza existencial dentro de cualquier territorio controlado por una dictadura comunista

El régimen cubano actual está apostando a esta misma veta; de hecho, algunos simpatizantes del DSA han viajado a Cuba y han escrito un perturbador homenaje a Castro. Esto no es coincidencia. Es una ideología profundamente arraigada que se ha estado incubando en las redes sociales y en las universidades durante décadas, una que nos asaltó a todos a raíz del 7 de octubre.

Es crucial entender que el objetivo final del comunismo es la dominación masiva, el poder absoluto y la destrucción de la libertad y la democracia. Los cubanos quieren poner fin a la dictadura castrista y a su figura visible, Díaz-Canel; sin embargo, sus derechos políticos se han desvanecido por completo bajo el comunismo. Por lo tanto, aunque los cubanos anhelan un cambio de sistema con la misma profundidad con la que cualquiera desea la felicidad, una vía política y pacífica sigue estando fuera de su alcance.

Sin embargo, hay que darse cuenta de que a los dictadores de Cuba no les importa si la población vive en condiciones propias de la Edad de Piedra. Desde los días de Fidel Castro, la ideología de poder del régimen ha sido una fusión de marxismo y nacionalismo palestino. Por eso Castro no cayó como las dictaduras comunistas de Europa del Este, y por eso la isla permaneció sumida en la oscuridad durante cinco años mientras él exigía desde su infame tribuna que el pueblo “resistiera”. ¿Pero de qué “resistencia” hablaba? De resistir a las mismísimas condiciones de vida a las que ese dictador los condenó sin remordimientos.

Detrás de esto opera la mismísima ideología que vimos emerger con horror en los campus universitarios después del 7 de octubre. En ese sentido, Cuba ha servido como un laboratorio para la izquierda global, a la que no le importa cuántos cubanos sufren prisión política por disentir y exigir sus derechos, ni cuántos pierden la razón y la vida en la oscuridad del comunismo al que la familia Castro y la izquierda internacional los han condenado.

El comunismo es un enemigo de la civilización occidental, al igual que lo es el nacionalismo palestino yihadista

Por lo tanto, el comunismo es un enemigo de la civilización occidental, al igual que lo es el nacionalismo palestino yihadista. Detrás de cada demanda enmarcada en el lenguaje de la “justicia social” se esconde la verdadera intención de destruir la libertad. Naturalmente, la búsqueda de la asequibilidad es casi inobjetable en sí misma, pero todo depende de cómo se logre; además, los radicales políticos del socialismo real —o comunismo en su nueva versión— la utilizan como carnada para capturar votos y reprogramar mentalidades.

Castro se adelantó a su tiempo en este sentido, no porque fuera brillante, sino porque estaba integrado dentro de la mismísima maquinaria de propaganda que ayudó a construir. Por esta razón, esperar que el régimen cubano caiga únicamente a través de protestas populares y el deterioro brutal de las condiciones de vida parece poco realista; simplemente continuarán instrumentalizando esa miseria como un arma para alimentar su propaganda.

La dictadura cubana no se puede entender al margen del radicalismo del nacionalismo palestino que Castro encarnó y ayudó a forjar a partir de 1959. Castro, aunque geográficamente distante del Medio Oriente, diseñó la prisión al aire libre que es Cuba hoy, dejándola aparentemente desprovista de una salida política.

La Cuba de hoy es la manifestación definitiva en el mundo real de lo que produce la alianza rojo-verde entre la izquierda radical y los movimientos islamistas. Todo esto está muy alejado de los cubanos privados de libertad, quienes se librarían de la dictadura si tan solo pudieran. Mientras el poder siga en manos de los comunistas, Cuba permanecerá atrapada en el abismo infernal donde el castrocomunismo la sepultó.

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