Cubanos sí, idiotas no

Un hombre consulta la Ley de Inversión Extranjera en La Habana. (EFE)
Un hombre consulta la Ley de Inversión Extranjera en La Habana. (EFE)

A fines de mayo, el ministro de Comercio Exterior e Inversión Extranjera de Cuba, Rodrigo Malmierca, posteó en Twitter un comentario que, aunque breve, ha dado bastante de qué hablar: "La ley 118 de Inversión Extranjera no establece ninguna limitación respecto al origen del capital. En ese sentido ciudadanos de origen cubano no están limitados de invertir en #Cuba".

El convite contrasta con lo que dijo Malmierca cuando se aprobó en marzo de 2014 la mencionada Ley, una legislación que buscaba cambiar los bajos niveles de inversión foránea y que en teoría permitía invertir en la Isla a los cubanos residentes en el exterior, pero no a los que viven en la Isla. Aun así, el ministro fue claro: "Cuba no irá a buscar inversión extranjera a Miami. La ley no lo prohíbe, la política no lo promueve".

La única palanca posible, considerando que Cuba no cuenta con ahorros para invertir ni recibe préstamos del FMI o el Banco Mundial, es una Inversión Extranjera Directa del orden de los 2.500 millones anuales

El crecimiento económico cubano, salvo en el 2015 (tras el anuncio del deshielo con Estados Unidos), ha sido en los últimos cuatro años inferior al 2%. Economistas oficialistas y no oficialistas han venido advirtiendo que para salir de la crisis y alcanzar un nivel de desarrollo sostenible se necesitan crecimientos anuales del 5% al 7%. La única palanca posible, considerando que Cuba no cuenta con ahorros para invertir ni recibe préstamos del FMI o el Banco Mundial, es una Inversión Extranjera Directa del orden de los 2.500 millones anuales.

Sin embargo, cuando bajo el Gobierno de Barack Obama se produjo la arribazón de empresarios estadounidenses a la Isla en busca de negocios, La Habana, convencida de que la bonanza duraría, se dio el lujo de rechazar a la mayoría y aprobar un puñado de proyectos de poca envergadura, usando criterios ideológicos y dilatando el proceso. Preguntada al respecto entonces, una viceministra de inversiones dijo tajantemente que el país no estaba en venta.

El Gobierno también desestimó el reclamo de las empresas extranjeras de poder contratar directamente a los trabajadores, en lugar de depender de agencias empleadoras locales que retienen el 90% de sus salarios. Además envió a la cárcel con confiscación de bienes a hombres de negocios canadienses y británicos. Como resultado de toda esta política, el esperado despegue de la inversión extranjera nunca se produjo. En 2017 alcanzó apenas 500 millones de dólares.

Ahora los mandamases comunistas despiertan del dulce sueño del período Obama y viven la pesadilla de una administración Trump que les ha ido apretando las clavijas en materia económica, como represalia por el secuestro cubano de Venezuela: límites a las remesas, fin de los cruceros y el turismo americano disfrazado. Y nuevas reclamaciones por tráfico de propiedades confiscadas, que inevitablemente frenarán todavía más la llegada de capital foráneo.

Para los cubanos exiliados el dilema es moral: ¿Sacarle las castañas del fuego al régimen que les robó o les discriminó, y aún sigue discriminando a sus hermanos en la Isla?

Como en la crisis de los 90, cuando los dólares de los exiliados ─autorizados a la carrera a circular ─ le salvaron el juego, la cúpula comunista vuelve a recurrir a los que se fueron como un urgente plato de segunda mesa. Sí, es cierto; como dijo un asesor económico de Ronald Reagan en el banquete mundial de las inversiones: "Cuba es un platico poco apetitoso que solo podría interesar realmente a inversores cubanos". Pero al margen de otros defectos, la ley bajo la que se llama ahora a invertir a los emigrados mete espada entre unos cubanos y otros.

Un isleño comentó al pie del tuit de Malmierca: "A ver si entiendo, si tienes dólares fuera de Cuba puedes invertir con la gracia de la Ley de Inversión Extranjera? Si los tienes aquí, solo trabajo por cuenta propia..?? No sé si puede ver el dilema. Espero que sí"....

Seguro que sí, y para los cubanos exiliados el dilema es moral: ¿Sacarle las castañas del fuego al régimen que les robó o les discriminó, y aún sigue discriminando a sus hermanos en la Isla? A otro perro con ese hueso.

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NdR: Este texto ha sido publicado en el blog de la Fundation for Human Rights in Cuba.

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