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La cuestión de la unidad en nuestras guerras de independencia

Invasión terrestre durante la guerra entre EE UU y España
José Gabriel Barrenechea

24 de febrero 2016 - 11:39

Santa Clara/Según nos cuenta la historiografía castrista, fue la falta de unidad la que impidió el triunfo cubano en nuestras guerras de independencia. Las intenciones tras esta interpretación son clarísimas: persuadirnos de la necesidad de rendir nuestro criterio, nuestra libertad individual, en manos de Fidel y Raúl Castro, supremos intérpretes de los sueños de la nación cubana, únicos certificados sabedores de lo mejor para la patria.

Según la versión de nuestra historia que sistematizó aquel manual poco manuable publicado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) en 1964, con el fin de instruir políticamente a sus huestes, si no se consiguió ganar la Guerra de los Diez Años la culpa la tienen las divisiones que se sucedieron en el bando independentista desde que los camagüeyanos se negaron a acatar la autoridad indiscutible del capitán general Carlos Manuel de Céspedes, y en lugar de la estructura militarista que los orientales querían imprimirle a la conducción de la guerra impusieron su visión civilista.

Idénticamente, si en la Guerra del 95 no se logró vencer con claridad a España, antes de la entrada de Estados Unidos en la contienda, la explicación solo puede encontrarse en la naturaleza del Gobierno en armas. En el mejor de los casos, un atajo de ilusos que se prestaban bobaliconamente a todas las tenebrosas maniobras urdidas por aquel agente de la CIA que responde al infame nombre de Tomás Estrada Palma (la implicación de esa agencia en el asesinato de Julio César, en los Idus de Marzo del año 44 antes de Cristo, está firmemente comprobada para los castristas más obcecados).

Se obvia indagar en la historia de ese conflicto mucho más allá de lo más superficial porque en esencia no hay en él, nadie a quien convertir en "mártir" del discurso histórico oficial

En el caso de nuestra segunda guerra de independencia, la explicación se simplifica, se caricaturiza al máximo. Se obvia indagar en la historia de ese conflicto mucho más allá de lo más superficial porque en esencia no hay en él, nadie a quien convertir en "mártir" del discurso histórico oficial. Entiéndase, algún proto-Fidel Castro traicionado en su infinita bondad y desprendimiento personal por los malos cubanos al servicio de la proto-CIA, y cuya aciaga biografía habría hecho ver claro a nuestro caudillo-mesías actual la necesidad impostergable de adoptar una inflexible actitud centralizadora y unanimista (que Fidel Castro se convirtiera en un tirano se justifica para Eusebio el Leal en el pasado desagradecimiento de nuestros ancestros con El Padre de la Patria).

Si en el 68 puede hacerse algo así con Céspedes, ya no cabe nada semejante en el 95. Martí murió muy pronto, y por otra parte su mayor opositor en las pocas semanas de guerra que alcanzó a vivir resulta ser todo un imprescindible símbolo para el castrismo: Antonio Maceo, a quien es necesario mantener lo más intocado posible para asegurarse la comunicación emocional de ese discurso historiográfico con el sector negro y mulato de la población cubana. En consecuencia, de ninguna manera puede hacerse semejante uso de Martí, a quien las "traiciones", en el discurso oficial y oficioso, serán por lo tanto más que nada a posteriori y a su pensamiento, pero no a un supremo comando de la guerra que por otra parte es evidente nunca tuvo, ni mucho menos deseo.

En cuanto a Máximo Gómez, tampoco resulta un buen candidato para la tarea. No se consigue definir bien si por su mal ejemplo en eso del mantenimiento de la unidad, o por los motivos que tuvo para romperla. Fue él en definitiva quien trató con el Gobierno americano los términos de la intervención, pasando por encima al Gobierno en Armas, con lo que torpedeó las intenciones del órgano supremo de la Revolución de condicionar esos tratos a su reconocimiento por Washington. Y muchísimo menos puede usarse a Calixto García con tales fines (los de crear otro profeta de la unidad de los que anunciarían la llegada definitiva del Ungido-Unificador), porque tampoco resulta él mismo un buen ejemplo. El lugarteniente general que vino a sustituir a Maceo, tras su caída en combate el 7 de diciembre de 1896, también hacía lo suyo por allá por oriente. Sin interesarse mucho por la opinión del Gobierno en Armas, y aun a ratos violando de modo flagrante sus leyes, como cuando nombró autoridades civiles para los poblados liberados al final de la guerra, algo que solo podía hacer legalmente aquel.

Mas, a pesar de lo que diga el interesado discurso historiográfico castrista, la realidad es que las guerras de independencia no se perdieron, o no se alcanzaron a ganar, por la falta de unidad mambisa, sino que más bien pudieron ser luchadas gracias a que en sí cada combatiente o cada tropa de las que participó en ellas lo hizo con un máximo de autonomía. No nos dejemos engañar, de ningún otro modo podría haberse peleado en Cuba con la increíble desproporción que en cualquiera de las dos guerras hubo entre independentistas y pro-monárquicos españoles. Y este inevitable espíritu de libertad que tuvieron ambas guerras necesariamente también tenía anejo el que con él se dieran fricciones constantes entre los combatientes, y entre ellos y los mandos e instituciones centrales de la Revolución.

La realidad es que las guerras de independencia pudieron ser luchadas gracias a que en sí cada combatiente o cada tropa de las que participó en ellas lo hizo con un máximo de autonomía

En las dos guerras, en lo principal las tropas mambisas lucharon separadas las unas de las otras, en una guerra de desgaste más que de guerrillas, adaptadas muy bien a pequeñísimas regiones conocidas al dedillo en las que se mantenían sin salir nunca de ellas. Los destacamentos, las partidas mambises se conservaban en lo esencial en la cercanía de una determinada posición, preferida para campamento, que solo se abandonaba cuando las columnas españolas los obligaban a ello, pero solo para ir a acampar una legua o dos más allá, incluso menos, a la expectativa de que los españoles regresaran a sus bases para hacer ellos lo mismo.

La naturaleza cubana brindaba de inmediato lo necesario para volver a levantar el precario campamento en el mismo lugar. Bastaban unas pencas de guano, algunos palos, y de nuevo estaba la tropa mambisa en su posición inicial desafiando como antes al poder colonial y sus tropas. Las que en la reciente incursión inútil, saldada a lo mucho con par de bohíos quemados y cuatro cordeles de sembrados destruidos, habían tenido en cambio numerosas bajas. A consecuencia de las enfermedades más que del machete o las balas, por cierto.

Una táctica funesta para la unidad de un ejército, es cierto, pero que por una parte se asentaba en la tradicional forma de vida de nuestros campos centrada alrededor del centro de la hacienda circular, el hato ganadero, y por el otro parece haber sido la única viable si tenemos en cuenta que aquellos hombres enfrentaban en cualquiera de las dos guerras a los mayores contingentes militares que alguna vez hayan cruzado el Atlántico de este a oeste.

Cientos de miles de hombres a los que España armó con lo más moderno de su tiempo, distribuidos por una isla muchas veces más pequeña que las Trece Colonias (entre 1868 y 1898, España envió a Cuba más soldados que la suma total de todos los contingentes militares que Europa haya enviado a América a partir de 1492), y a los que hubo que enfrentar con una casi nula ayuda exterior, más que con las armas con los rigores del clima y la naturaleza del trópico.

Esta táctica, que en el 68 tuvo a Vicente García como su máximo representante, y a Lagunas de Varona como su incapturable "castillo", llegó a su clímax en el 95 con la Campaña de la Reforma. Gracias a ella, Máximo Gómez le causó varias decenas de veces más bajas al ejército colonial español que las que le hizo Antonio Maceo en todas las batallas de su campaña de Pinar del Río, y ello sin casi entrar en combate más que para cubrir sus pequeños movimientos de costado, sus verónicas taurinas. El Viejo, con este refinamiento hasta lo sublime de la táctica cubana de la guerra de desgaste posicional, puso a España a un paso del agotamiento total a principios de 1898.

Fue el espíritu de libertad manigüero, ese tener los motivos de lucha muy adentro, en reclamaciones o intereses muy concretos el que mantuvo a nuestros ancestros en armas

Es muy poco probable que muchos se hubieran mantenido sobre las armas los 10 años que duró la Guerra Grande si el motivo para hacerlo hubiera sido la fidelidad a un proto-Fidel Castro que desde la distancia era percibido como el oráculo vivo de los destinos de la nación. En el aislamiento en que necesariamente se lucharon nuestras guerras de independencia, una dinámica psicosociológica tal no habría funcionado.

En semejante escenario, ni aun un proto-G-2 hubiera conseguido detener las deserciones; además del hecho comprobado de que los individuos idóneos para integrar tales instituciones no suelen sumarse nunca al bando más precario, y muchísimo menos a uno tan perdedor como el cubano entre 1868 y 1898 (los segurosos de hoy son los rayadillos de ayer: aquellos habrían sido como ellos, ellos habrían sido como aquellos).

La única manera realista de mantener aquellas guerras desproporcionadas, que no se podían ganar en los campos de batalla más que gracias a un afortunado golpe de mano inicial, como el que soñó dar Martí en el 95 con su Plan de la Fernandina, y en todo caso por una larga campaña de desgaste, era que cada combatiente se aferrara a un cacho de tierra con uñas y dientes, y que tuviera a su propio jefe con él, un camarada al que se conocía personalmente, con el que se compartía una fidelidad muy concreta y tangible.

Pero también algo más. Fue el espíritu de libertad manigüero, ese tener los motivos de lucha muy adentro, en reclamaciones o intereses muy concretos y no tanto en alguna fidelidad exterior a alguna idea representada siempre por algún líder indiscutible, el que mantuvo a nuestros ancestros en armas en medio de las guerras más desiguales que alguna vez la humanidad haya visto, al menos de este lado del Atlántico, y que, por sobre todo, a pesar de esa desproporción, no pudieran ser vencidos por las armas.

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