Contaminación sin castigo

Los activistas llegan a la selva para hundir sus manos en el petróleo derramado sobre la floresta, a miles de kilómetros un globo aerostático despliega una pancarta denunciando las emisiones de CO2 y ante una plataforma de extracción de crudo un grupo realiza una protesta. Acciones de este tipo apenas se ven en Cuba y no precisamente porque se respete el medioambiente.

La pasada semana los cienfuegueros se levantaron con la noticia de un vertido de petróleo en su bahía. Las intensas lluvias de la tormenta Alberto desbordaron las piscinas de tratamiento de residuales de la cercana refinería y al mar llegaron 12.000 metros cúbicos de una mezcla de líquidos con crudo. Los noticiarios oficiales se apuraron en minimizar el daño y el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medioambiente (Citma) guardó un silencio cómplice.

Ningún grupo ecologista se paró con carteles a las afueras de la industria, ni un solo ingeniero químico alzó su voz en los medios nacionales para alertar del peligro para la salud humana y tampoco se escuchó la voz de biólogos marinos detallando el efecto negativo sobre la fauna del lugar. La versión oficial se impuso y en la televisión se vio a un grupo de sonrientes trabajadores que limpiaban los barcos de los turistas que resultaron manchados.

Ningún grupo ecologista se paró con carteles a las afueras de la industria, ni un solo ingeniero químico alzó su voz en los medios nacionales para alertar del peligro para la salud humana

Los errores cometidos por las autoridades de la refinería cienfueguera no fueron analizados y ningún periodista oficial cuestionó a la entidad el mal manejo de sus residuos que llevó a un desastre ecológico. Como en tantos casos conocidos, la falta de independencia del aparato judicial, la prensa y las organizaciones sociales permitieron rodear de impunidad a un hecho que merecía grandes titulares, multas y un compromiso público de que no se volverá a repetir.

Con idéntica anuencia y “protección” estatal, en los talleres automotores se vierten hidrocarburos en las alcantarillas, los policlínicos echan desechos médicos en los contenedores de los vecinos de la zona y varias empresas siguen drenando sus peligrosas miasmas a los ríos, como el triste caso del Almendares en La Habana.

El Estado no se castiga a sí mismo por estos desmanes y la falta de libertades impide que la sociedad civil se pronuncie de manera tajante y pública. Amén de pequeños grupos ambientalistas que recogen basura en el litoral y sitios digitales que promueven una cultura del respeto a la naturaleza, a Cuba le falta un movimiento ecologista que tenga fuerza para presionar, sitio en el parlamento para denunciar y la capacidad de manifestarse en las calles para defender el patrimonio natural.

En ausencia de esas voces, el ecosistema de la Isla está a merced de la negligencia, las tropelías y el silencio.

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Yoani Sánchez

Soy licenciada en Filología, amante de la tecnología, la literatura y el periodismo. Vivo en La Habana y trato cada ... []

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