El retorno

Yoani Sánchez

03 de junio 2013 - 16:28

La maleta aparcada en una esquina, los minúsculos regalos que viajaron dentro de ella ya en manos de los amigos y de los parientes. Las anécdotas –por su lado- necesitarán más tiempo, porque son tantas que podría pasarme el resto de la vida desmenuzando sus detalles. Ya estoy de vuelta. Al llegar comencé a sentir las peculiaridades de una Cuba que en tres meses de ausencia apenas si ha cambiado. La cantidad de uniformes fue lo primero que me saltó a la vista: militares, de aduana, de policía… ¿por qué se ven tantos uniformados nada más aterrizar en el Aeropuerto José Martí? ¿Por qué esa sensación de pocos civiles y muchos soldados? Después las luces mustias de los salones, la pregunta sin ninguna amabilidad de una supuesta doctora interesada en si yo había estado en África. ¿De dónde tu vienes, mi’ja? Me lanzó al rostro nada más ver mi pasaporte azulado con el escudo de la república en la portada.

Afuera, un grupo de colegas y familiares esperándome. El abrazo de mi hijo, el más ansiado. Después ha sido volver a entrar en mi espacio y en el tempo singular en el que transcurre la vida aquí. Ponerme al día de historias, sucesos del barrio, la ciudad y el país. Ya estoy de vuelta. Con una energía que los tropiezos cotidianos tratarán de recortar, pero de la que algo me quedará para emprender nuevos proyectos. Una etapa de mi vida termina y otra se perfila. He visto la solidaridad, la he palpado y ahora tengo también el deber de contarle a mis compatriotas de la Isla que no estamos solos. Me he traído tantos buenos recuerdos: el mar en Lima, el Templo Mayor en México DF, la Torre de la Libertad en Miami, la belleza de Río De Janeiro, el afecto de tantos amigos en Italia, Madrid con su Museo del Prado y sus Cibeles, Ámsterdam y los canales que la atraviesan, Estocolmo y los ciber activistas de todo el mundo que conocí allí, Berlín y esos grafitis que cubren lo que una vez fue el Muro que dividió a Alemania, Oslo rodeado de verde, New York que nunca duerme, Ginebra con sus diplomáticos y la sede de la ONU, Gdansk cargado de historia reciente y Praga, la bella, la única. Todos esos lugares, con sus luces y sus sombras, sus graves problemas y sus momentos para el ocio y la risa, me los he traído a La Habana.

Ya estoy de vuelta y no soy la misma persona. Algo de cada sitio en donde estuve se quedó en mí, también los abrazos y las palabras de ánimo que me dieron están hoy aquí, conmigo.

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