Fidel Castro se apoderó de la obra de Alejo Carpentier sin haberla leído

Los burócratas cubanos siguen sin entender 'El siglo de las luces' a 60 años de su publicación

Carpentier falleció en París en 1980, poco después de dedicarle su Premio Cervantes al Partido Comunista y enviarle el dinero a Fidel Castro. (Biblioteca Nacional José Martí)
Carpentier falleció en París en 1980, poco después de dedicarle su Premio Cervantes al Partido Comunista y enviarle el dinero a Fidel Castro. (Biblioteca Nacional José Martí)

Según Guillermo Cabrera Infante, Alejo Carpentier era "un hombre cauto hasta la cobardía y desconfiado hasta la soledad". Su novela mayor, El siglo de las luces, cumple 60 años de haber sido publicada en México y la burocracia cultural de la Isla vuelve a hacer lo imposible para que el lector cubano no la busque, no la lea, no la comprenda.

Aclarar que la imposibilidad de sostener una revolución y la corrupción del caudillo son dos de los temas medulares de la novela es ya un lugar común. Sin embargo, para su aniversario, la crítica cubana insiste en presentarla como la obra mayor de la "novelística revolucionaria" –a pesar de que Carpentier había preparado el texto antes de 1959–, animada por el "impulso épico" del proceso.

Los que se expresan así –incluso eruditos de la obra carpenteriana, como Graziella Pogolotti– manipulan la lectura de El siglo de las luces y pasan de largo sobre el terror, el caos y la embriaguez de poder que experimentan sus personajes principales, en particular Víctor Hugues, el cínico a quien el poder transfigura, a la larga, en "hosco Mandatario".

Alabada –sin haberla leído– por Fidel y Raúl Castro, quienes recomendaron su lectura dentro de las Fuerzas Armadas, la novela aborda la llegada de las ideas revolucionarias francesas al Caribe y la transformación, ingenua primero y desencantada luego, que produce en los habitantes de esta orilla.

El manuscrito vino con Carpentier a la Isla en 1959, dentro de su maleta de exiliado. Ya el escritor había publicado sus novelas más importantes, Los pasos perdidos y El reino de este mundo, además de los cuentos de Guerra del tiempo. El siglo de las luces venía a completar y perfeccionar su universo narrativo.

La caída del caudillo y la desilusión ante las utopías eran temas espinosos en un país que, muy pronto, fijó los límites de la expresión y la censura

Sin embargo, el contrapunto entre la visión personal y la revolución, la crítica dentro del proceso, la caída del caudillo y la desilusión ante las utopías eran temas espinosos en un país que, muy pronto, fijó los límites de la expresión y la censura.

La confusa biografía de Carpentier lo avalaba como parte de la "aristocracia" de la Revolución. Como sucedía con Emilio Roig, Fernando Ortiz, Mirta Aguirre o los antiguos comunistas del Partido Socialista Popular, Carpentier era intocable, firme ante la marea, reconocido internacionalmente y cabeza del aparato editorial del nuevo régimen.

Los jóvenes de Lunes de Revolución, el semanario dirigido por Cabrera Infante y baluarte de la nueva estética, llegaron a leer El siglo de las luces y no le predijeron buen fin al viejo novelista. "Ese libro te va a perder", le advertía Heberto Padilla –en palabras del autor de Tres tristes tigres–, "deja que la lea Fidel".

Finalmente –e incómodo en una Habana que nunca lo acabó de recibir bien– el propio Carpentier regresaría a un exilio disimulado en Francia, donde albergó la esperanza del premio Nobel que nunca le otorgaron.

Allí escribió su última pieza, El arpa y la sombra, breve testamento de un hombre cansado, en espera de la muerte.

Carpentier falleció en París en 1980, poco después de dedicarle su Premio Cervantes al Partido Comunista y enviarle el dinero a Fidel Castro, un caudillo a la medida de Victor Hugues, "contradictorio, logrero y hasta cínico".

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