Crónica
"Sé como el agua"
Crónica
La Habana/Tendremos dos días sin bombeo de agua en La Habana. La noticia, apenas anunciada en los medios oficiales, la confirman las tuberías secas y las pilas silenciosas. En mi edificio, la mayoría de los apartamentos tiene un tanque de almacenaje para resistir cuando la falta de electricidad no permite bombear desde la cisterna. Pero esta vez es diferente. Hay una percepción de final y de vivir un tiempo extremo en el que quizás no volvamos a sentir el rugido del motor que sube el agua hasta el tanque de la azotea.
No recuerdo un solo momento de mi vida en La Habana en que el agua no haya sido una preocupación. Habitar esta ciudad lleva incluida la ansiedad hídrica. Soy, como todo cubano, una obsesa de guardar hasta la última gota. Bajo la meseta de la cocina tengo todo tipo de envases. Pomos, cubos, vasijas y hasta una palangana que hay que mantener siempre llena. Si se pudiera, convertiría cualquier cosa en un estanque artificial para cuando las conductoras se estropeen, el acueducto se apague y la falta de combustible paralice los motores de bombeo. Hace años, en nuestra casa, creamos también un mecanismo recolector de lluvia desde la terraza.
"Sé como el agua", decía Bruce Lee, uno de mis ídolos infantiles. Tenía unos siete u ocho años y venía apurada, de empujar una carretilla con un tanque desde una esquina de Centro Habana, para sentarme frente al televisor y ver a aquel menudo hombre moverse como una ola, rotundo y efectivo. Allí estaba, callado y lampiño, en un mundo que para mí estaba lleno de barbas autoritarias y de consignas gritadas a voz en cuello. "Báñate, Yoani, y no botes el agua que sueltes que hay que descargar la taza", me decía mi abuela desde la cocina. "Tienes el cubo y el jarrito ya listos", subrayaba.
El olor a basura quemada ha regresado después de unos días de tregua
Luego me fui a la beca y me llevé una foto de aquel experto en artes marciales. Con su cintura estrecha me miraba desde la taquilla del albergue mientras contábamos los días en que no llegaba el agua y la tierra colorada se nos acumulaba bajo las uñas y en las sábanas. Él con su gesto llamándome a la fluidez y yo atascada en un experimento social donde los hongos se multiplicaban en mis pies y el hambre en mi barriga. "Toma la forma de lo que te rodea", parecía sugerirme desde su negrísimo pelo que ya se iba destiñendo por el sol que entraba por las persianas.
"Sé como el agua", me dije, cuando clausuraron el baño del albergue repleto de inmundicias porque llevaba toda una oncena sin que llegara el preciado líquido hasta aquel cuarto piso. El día que me fui dejé cerca de mi litera el cartel de Bruce Lee y caminé un buen tramo por aquella carretera de Alquízar, rodeada de unos campos resecos donde el más reciente delirio de Fidel Castro trataba de materializar, a través del Plan Alimentario, la siembra de plátanos con el sistema de microjet que chupaba el agua que debía llevar a nuestras duchas y a los boniatos de los guajiros de la zona.
Este jueves de marzo me levanté tarareando una canción. "Les diré que llegué de un mundo raro", me dije, nada más poner los pies en el suelo en medio de un apagón. El olor a basura quemada ha regresado después de unos días de tregua. Anoche nos llegaron los ecos de un cacerolazo en la zona de Lawton. El viento trajo aquel repique y también el sonido de gritos desde una zona completamente a oscuras. El ruido, como el agua, tiene formas extrañas de expandirse. A veces llega intermitente y otras parece que la cazuela que resuena está a pocos metros, aunque alguien la toque en otro municipio. Cuando las protestas del 11 de julio de 2021 aquellos rugidos de euforia seguían llegándonos incluso en la alta noche.
El tanque de mi edificio se está destruyendo. Cuando la cisterna en planta baja está repleta puede llenar dos veces y media al gigante de la azotea. Pero la imponente estructura, que diferencia a este bloque de concreto de otros en la zona y le da cierto aire de torre de control de un aeropuerto, se está cayendo a pedazos. Ha nutrido a más de 140 apartamentos por cuatro décadas y, en todo ese tiempo, no ha recibido ninguna reparación. Ahora el acero está expuesto en su exterior y la escalera de barco que llevaba hasta su cima perdió parte de los peldaños por el óxido.
El último en bajar por aquella estructura fue mi esposo, Reinaldo. Iba descendiendo y los escalones se deshacían bajo sus pies. Luego vino una brigada a valorar el daño y calculó que reparar el tanque del edificio cuesta, como mínimo, más de tres millones de pesos. Eso fue hace un par de años, así que de seguro ya vale el doble… o el triple. En este tiempo, ha seguido soltando fragmentos. Un edificio multifamiliar tiene grandes zonas "de nadie" de las que el Estado cubano hace mucho rato se desentendió y los vecinos no pueden financiar su mantenimiento. El sistema hidráulico es uno de los más afectados en estos inmuebles que copiaron la arquitectura de Europa del Este en esta Habana tropical.
Dice mi vecina que falta poco, que nos quedan si acaso dos semanas hasta que todo el régimen se derrumbe y las cosas "empiecen a arreglarse". No estoy tan optimista como ella. A veces tengo la pesadilla de que el tanque de la azotea se raja como una calabaza y yo no alcanzo a advertir a tiempo a la gente que camina allá abajo. Otras veces sueño que busco y no encuentro más pomos, palanganas y cubos para llenar. Un hueco imprevisto vacía todas mis reservas y yo solo atino a guardar lo que cabe en el cuenco de mis manos.
"Sé como el agua", me repite Bruce Lee desde algún lugar profundo de mi memoria. Pero, cómo tomar la forma y adaptarse a un mundo tan raro como este que habitamos. Cómo resistir en esta ciudad si las tuberías están secas y no se escucha el ronroneo de la bomba que llena al deteriorado coloso sobre nuestras cabezas.
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