Cacería nocturna de megas en Matanzas

Comunicaciones

Cerca de la torre de telecomunicaciones, el malecón se ha convertido en una especie de sala pública de videollamadas

Conectividad en Matanzas   14ymedio
Desde hace meses, este tramo del malecón matancero se ha convertido en una especie de sala pública de videollamadas. / 14ymedio
Julio César Contreras

17 de mayo 2026 - 08:23

Matanzas/A las siete de la tarde, cuando el cielo sobre la bahía de Matanzas empieza a ponerse gris y los carros disminuyen en la Vía Blanca, el paseo Martí se llena de transeúntes mirando la pantalla del teléfono con la misma intensidad con que antes se miraba el horizonte. Algunos llegan solos, otros en pareja, otros con niños pequeños que corretean cerca de los bancos de granito mientras los adultos intentan atrapar una señal de internet que aparece y desaparece como un espejismo. 

Desde hace meses, este tramo del malecón matancero se ha convertido en una especie de sala pública de videollamadas, oficina improvisada y punto de encuentro digital para quienes, en medio de los apagones y la mala cobertura, no logran conectarse desde sus casas. La torre de telecomunicaciones de esa parte de la ciudad es de las pocas que queda funcionando, malamente, cuando la conexión se cae en el resto de los barrios.

Cuando el navegador de su teléfono se pone a dar vueltas en círculos interminables, Anays comprende que si quiere hablar con su hermana tendrá que caminar hasta el paseo Martí, a unas doce cuadras de donde vive, en el barrio de Versalles. “Tengo que hacer esto todos los días al caer la tarde, si no hay corriente la cobertura en mi casa se cae casi por completo. El problema está en que a esta hora nunca hay electricidad”, se queja la matancera, mientras acomoda el móvil buscando el ángulo exacto donde la videollamada no se quede congelada.

Si no hay corriente la cobertura en mi casa se cae casi por completo. El problema está en que a esta hora nunca hay electricidad

La escena se repite banco tras banco. Una mujer con un vestido rosado revisa ansiosa la pantalla mientras un hombre a su lado levanta la cabeza con resignación, como si esperara encontrar la señal flotando entre las nubes cargadas de humedad. Más allá, bajo un flamboyán de ramas abiertas, un muchacho inclinado sobre el teléfono apenas se mueve. La postura recuerda a los antiguos pescadores del litoral, solo que ahora nadie lanza anzuelos al mar sino que intenta capturar los megas en el aire.

Mientras se acerca la medianoche, decenas de personas luchan contra los mosquitos alrededor de la antena instalada cerca de la sede del Comité Municipal del Partido Comunista. “Incluso en esta zona a veces la conexión está fatal. De pronto se interrumpe la llamada, la imagen se congela y entre tanto los minutos van pasando y se van gastando los megas”, explica Anays, que todavía no ha cocinado la comida de la noche pero prioriza la conversación familiar, aunque para eso tenga que bajar y subir la loma a oscuras todos los días.

En Matanzas, hablar por internet se ha convertido en una mezcla de paciencia, estrategia y resistencia física.
En Matanzas, hablar por internet se ha convertido en una mezcla de paciencia, estrategia y resistencia física. / 14ymedio

En Matanzas, hablar por internet se ha convertido en una mezcla de paciencia, estrategia y resistencia física. Hay quienes salen de casa apenas regresa la corriente para aprovechar el breve momento en que funcionan las antenas; otros esperan la madrugada porque dicen que “a esa hora se navega un poquito mejor”. Los más jóvenes conocen los puntos exactos donde entra una raya adicional de cobertura. “Aquí, pegado al muro”, “debajo de aquella palma”, “al lado del banco”, se escuchan instrucciones dichas como si fueran coordenadas.

“Este país cada vez está peor y ahora volvió la hepatitis”, comenta Tomás desde otro banco del paseo mientras hace una videollamada con su hijo emigrado. “Tú me enviaste la recarga el domingo y la vine a recibir hoy lunes. Ahora voy a tratar de ahorrar datos lo más que pueda, porque el bono del mes pasado se me fue en menos de una semana”.

Este país cada vez está peor y ahora volvió la hepatitis

El hombre habla alto porque la comunicación tiene retraso y teme que la llamada se caiga en cualquier momento. Cerca de él, un perro duerme sobre el cemento mientras su dueño mira fijamente el teléfono conectado a unos audífonos. A pocos metros, una muchacha ilumina su rostro con la pantalla del móvil en medio de la penumbra creciente. Todo el paseo parece respirar al ritmo de las conexiones intermitentes.

“La verdad yo no sé si Etecsa tiene problemas técnicos o nos está jugando cabeza (engaña), pero me da la impresión de que el monto de la recarga no se corresponde con lo que están durando los datos móviles en realidad”, insiste Tomás. Luego le explica al hijo que la esposa no pudo venir porque le toca cuidar a la abuela enferma. “No pierdas tiempo llamándome a la casa. Ni subiéndome al techo puedo escucharte. Esto está malo en toda la ciudad”.

La crisis no distingue edades. “Tu sobrina, para hacer una tarea de la escuela, se pasó más de una hora en el parque de la Libertad para descargar lo que le hacía falta”, cuenta el hombre antes de agradecer otra vez la recarga enviada desde el extranjero. “Si no fuera por ti estaríamos incomunicados”.

Conectarse en el paseo Martí no es una moda ni tampoco una excusa para mirar el mar. La mayoría llega agotada después de una jornada marcada por apagones, colas y calor. Sin embargo, al caer la noche, los bancos vuelven a llenarse. Los rostros iluminados por las pantallas parecen pequeñas fogatas modernas en medio de la oscuridad.

Me da la impresión de que el monto de la recarga no se corresponde con lo que están durando los datos móviles en realidad

“Mi señora el otro día casi se cae con un montón de basura atravesado en la calle después de terminar la videollamada con el nieto”, cuenta Eriberto, mientras vigila que su esposa no se aleje demasiado con el teléfono en la mano. “Aquí también se congela la imagen y hay que moverse de lugar. Pero si nos quedamos en la casa no tenemos conexión hasta después de las doce de la noche”.

El anciano mira alrededor. Ya las luces escasean y la ciudad comienza a convertirse en una sombra enorme. “Todo se pone oscuro como boca de lobo y donde quiera hay un hueco o una zanja llena de agua podrida”, murmura antes de levantarse del banco. Entonces guarda el teléfono despacio, como quien protege algo demasiado caro y demasiado frágil en un país donde comunicarse con la familia ha terminado pareciéndose cada vez más a una expedición nocturna.

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