Los kioscos de la terminal de Matanzas atraen a gente sin recursos que pide algo para comer

Matanzas

"Vienen hablando en voz baja, con mucha vergüenza, casi implorándome para que les regale una tacita de café o un pedacito de pan sin nada adentro”, cuenta una dependienta

La pobreza se ha generalizado incluso en los kioskos de estas terminales.
La pobreza se ha generalizado incluso en los kioskos de estas terminales. / 14ymedio
Julio César Contreras

06 de mayo 2026 - 07:26

Matanzas/La mañana avanza lentamente entre los kioscos que rodean la terminal de ómnibus nacionales de Matanzas. El ruido de los motores que llegan y se marchan se mezcla con el olor a café recién colado y a fritura. Bajo los techos improvisados, sostenidos por puntales de hierro y madera, se repite una escena cada vez más frecuente: hombres y mujeres que se acercan a los mostradores no para comprar, sino para pedir.

A los viajeros con maletas y a los choferes de paso se suman rostros conocidos por los dependientes. Personas que llegan sin dinero en los bolsillos y con el estómago vacío, buscando un poco de agua, un pedazo de pan o una tacita de café que les ayude a resistir la jornada. No siempre son ancianos ni mendigos tradicionales. Muchos visten ropa limpia, caminan erguidos y conservan un aire de dignidad que contrasta con la necesidad que los empuja a extender la mano.

En uno de los kioscos pintados de verde, donde un dibujo de un cocinero sonriente intenta dar un toque alegre al lugar, Yania atiende detrás del mostrador. Lleva años trabajando en la zona y asegura que nunca había visto una situación como la actual. “Algunos de ellos vienen hablando en voz baja, con mucha vergüenza, casi implorándome para que les regale una tacita de café o un pedacito de pan sin nada adentro”, comenta mientras limpia con un paño una superficie que ya ha perdido el brillo. 

Las cifras han subido tanto en los últimos meses que muchos clientes habituales han dejado de aparecer.
Las cifras han subido tanto en los últimos meses que muchos clientes habituales han dejado de aparecer. / 14ymedio

“Aquí el sándwich más barato cuesta 200 pesos y si doy algo gratis, lógicamente luego tengo que pagarlo de mi bolsillo. La verdad es que se me parte el corazón viendo a tanta gente pasar necesidad. En las caras se les nota que no son inventos, que están pasando mucha miseria”, cuenta a 14ymedio.

A pocos metros, frente a otro punto de venta, dos hombres esperan su turno. Cerca de ellos, la pizarra lleva escritos los precios con tiza blanca: pizza, croqueta, refresco. Las cifras han subido tanto en los últimos meses que muchos clientes habituales han dejado de aparecer. En su lugar, han llegado otros que no compran nada, pero se quedan cerca, observando, con la esperanza de que alguien les regale un poco de comida.

Mientras algunos negocios comienzan a cerrar por falta de electricidad o por escasez de productos, hay quien se aferra a cualquier oportunidad para conseguir algo de comer. “Ese señor que acaba de irse se pone al lado del kiosco, pidiéndoles dinero a los clientes que llegan para comer algo”, cuenta Yania señalando discretamente hacia la acera. “Ya el dueño de aquí varias veces le ha llamado la atención, pero el hombre sigue viniendo todos los días, a la misma hora”.

Mientras algunos negocios comienzan a cerrar por falta de electricidad o por escasez de productos, hay quien se aferra a cualquier oportunidad para conseguir algo de comer.
Mientras algunos negocios comienzan a cerrar por falta de electricidad o por escasez de productos, hay quien se aferra a cualquier oportunidad para conseguir algo de comer. / 14ymedio

La escena se repite en casi todos los puestos de venta que rodean la terminal. Un joven pasa caminando con una mochila a la espalda y la mirada baja, deteniéndose frente a cada ventanilla. Otro hombre, apoyado en su bicicleta, espera con paciencia a que alguien termine de comer para pedirle las sobras. En una esquina, un muchacho descalzo sujeta a un perro flaco con una cuerda improvisada y mira hacia adentro del local, como si evaluara si vale la pena acercarse.

Aunque entre algunos dependientes existe el criterio de que mucha de la gente que pide comida o dinero son simples aprovechados, la realidad golpea con fuerza cuando Pablo, a sus 67 años, muestra el interior vacío de sus bolsillos. El anciano habla con voz pausada, sin dramatismo, como quien relata una rutina inevitable. “Desde chiquito mis padres me enseñaron a ser decente, aun si estuviera muriéndome de hambre. Cualquiera piensa que uno pide porque quiere. Yo pido porque, a pesar de haber trabajado toda la vida, tengo una chequera miserable que no me permite sobrevivir, ni siquiera la primera semana del mes. Qué más quisiera yo no estar en esta situación”.

Mientras algunos negocios comienzan a cerrar por falta de electricidad o por escasez de productos, hay quien se aferra a cualquier oportunidad para conseguir algo de comer.
Mientras algunos negocios comienzan a cerrar por falta de electricidad o por escasez de productos, hay quien se aferra a cualquier oportunidad para conseguir algo de comer. / 14ymedio

Según cuenta, el comedor donde le vendían alimentos con precios subsidiados cerró desde mediados del pasado año y nadie ha informado cuándo volverá a funcionar. Desde entonces, su vida se ha vuelto una sucesión de jornadas inciertas, marcadas por la búsqueda de algo que llevarse a la boca. “La comida era poca y a veces mal cocinada, pero al menos tenía un bocado seguro de lunes a viernes”, recuerda. “En estos últimos tiempos he tenido que recoger sobras de la basura, comerme cualquier cosa que desechan los carretilleros o, en el peor de los casos, acostarme sin nada en la barriga”.

La historia de Pablo no es una excepción. En los alrededores de la terminal matancera, la pobreza ha dejado de ser un fenómeno aislado para convertirse en un paisaje cotidiano. Los dependientes hablan de un aumento constante de personas que piden ayuda. “A cada rato se aparece alguien nuevo pidiéndome una pizza gratis”, asegura otro trabajador del sector. “Por aquí pasan gente tan flaca que dan ganas de llorar, pidiendo algo de comer o de tomar para no desmayarse”.

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