Por la calle Carlos III y hacia Etiopía

Crónicas de La Habana

Sin internet, sin transporte público y con los electrodomésticos fulminados, La Habana parece regresar a sus orígenes más duros

El Ministerio de Comercio Interior tiene un Centro de Gestión del Conocimiento.
El Ministerio de Comercio Interior tiene un Centro de Gestión del Conocimiento. ¿Qué tipo de información se almacenará ahí? / 14ymedio
Yoani Sánchez

18 de mayo 2026 - 08:28

La Habana/"Tienes que seguir todo recto por Carlos III", me advierte una empleada estatal, de rostro cansado, cuando indago por la dirección de un reparador de ollas eléctricas. Sin conexión a internet en los móviles y con las llamadas telefónicas también menoscabadas, la gente ha vuelto a usar el "mapa callejero" más fiable: ir preguntando por el camino. En la ancha avenida que atraviesa Centro Habana eso es tarea fácil, porque siempre hay algo de ajetreo. Lo difícil es distinguir cuando alguien responde cualquier cosa, sin saber, y cuándo realmente tiene un dato fiable.

Mientras avanzo hacia las cercanías de la calle Reina, una señora, sentada en un portal, me dice que tiene "Alprazolam del bueno", un potente fármaco perteneciente a la familia de las benzodiacepinas que en esta ciudad se vende como si fuera caramelos para niños. Un anciano, que ha puesto algunos objetos rotos en la acera para atraer compradores, me da nuevas indicaciones para llegar a mi destino y un perro callejero insiste con la mirada para que el vendedor de pan con lechón, apostado con su carrito en una esquina, le tire aunque sea un pellejo.

Carlos III se ha vuelto una avenida de timbiriches. La embotelladora de refrescos que me fascinaba con sus sonidos en mi infancia está cerrada. El jardín de la Sociedad Económica de los Amigos del País, que tanto me gustaba atravesar, lo han cercado hace décadas. La casa de cultura donde aprendí a dibujar y me subí por primera vez a un escenario, apenas si planifica actividades. Pero lo peor es la Plaza, reconvertida en un mercado en dólares tan carente de ofertas como de clientes. De su interior oscuro ya no salen voces ni risas.

Lo peor es la Plaza, reconvertida en un mercado en dólares tan carente de ofertas como de clientes.
Lo peor es la Plaza, reconvertida en un mercado en dólares tan carente de ofertas como de clientes. / 14ymedio

Paso frente a un cartel que anuncia el Centro de Gestión del Conocimiento del Comercio Interior (CGC). "¿Qué tipo de información se almacenará ahí?", me pregunto. Enseñarán a compartir la experiencia sobre cuántos granos de chícharos nos tocan a los consumidores del mercado racionado cada cierta cantidad de meses. La innovación que promueven tendrá que ver con cómo hacer cada día un pan más pequeño y malo para venderlo por la libreta. Qué encontrarán los estudiosos del futuro cuando abran los archivos de esta entidad. ¿Estarán tan vacíos como los anaqueles de la bodega de mi barrio?

Por estos días me ha dado por recordar las praderas de Etiopía. Nunca he estado ahí, pero mi fascinación ante cada gota de agua, ante cada destello de luz y ante cada traslado que logro hacer deben ser muy similares a las de aquellos sapiens iniciales, sorprendidos y asustados por tantas cosas que no entendían. Persigo nubes con la vista a ver si va a llover en mi barrio y logro así llenar algún cubo, calculo cuánto pueden durar unos frijoles ya cocinados sin refrigeración y mido dónde estará la sombra cuando emprenda a pie el largo camino desde cualquier punto de la ciudad hasta mi casa.

He visto escenas en las calles habaneras que solo conocía de los libros de historia antigua cuando describían la dura sobrevivencia de nuestros ancestros

La caverna atrae la caverna. He visto escenas en las calles habaneras que solo conocía de los libros de historia antigua cuando describían la dura sobrevivencia de nuestros ancestros. Un par de jóvenes cazando palomas rabiches a puro golpe de garrote y saco, para comer. Una mujer joven preparando, con sacos y bolsas, un espacio en el tronco de un árbol para pasar la noche. Una familia encendiendo leña en plena calle para terminar de cocinar su almuerzo. Todos estamos un tanto asilvestrados, cada día un poco más salvajes.

Hemos vuelto a los orígenes de la sobrevivencia básica. Dado que los elementos de la modernidad que nos rodeaban son cada vez más inestables, brota ese animal montaraz que somos en esencia: el reptil que nos habita. Salimos de día a tratar de "resolver" todo lo que se pueda. De noche hay que evitar poner un pie en la calle: las aceras están a oscuras, los asaltos se multiplican y las ofertas recreativas están tan deprimidas que no vale la pena pagar miles de pesos por un transporte, ida y vuelta, a un club privado o un bar particular.

Todos estamos un tanto asilvestrados, cada día un poco más salvajes.
Todos estamos un tanto asilvestrados, cada día un poco más salvajes. / 14ymedio

El técnico de electrodomésticos no se anda con rodeos. "Esta arrocera no tiene arreglo", me dice minutos después de que, finalmente, encontré su pequeño local en la calle Carlos III. Un subidón de voltaje tras el regreso de la electricidad selló la suerte de una olla que habíamos comprado hace más de tres décadas, cuando nació mi hijo. "Bastante duró", me digo y se la dejo para piezas de repuesto al ocupado emprendedor al que se le ha armado ya una cola. Los apagones van dejando un reguero de víctimas en freidoras, cafeteras y ollas de presión que perecen por "exceso de corriente" cuando la luz retorna.

Con las manos ya libres, sigo por Reina a buscar la piquera de almendrones del Parque de la Fraternidad. Un día espero que esta gente tenga sus rutas con ómnibus confortables y eficientes que discurran por toda la ciudad. Si en las peores condiciones han logrado tejer la más efectiva forma de moverse en La Habana, se merecen escalar. Con los inspectores acosándolos, los policías pidiéndoles cada vez mordidas más grandes, con la falta de combustible y los viejos vehículos de mediados del siglo pasado que manejan, los boteros se han escapado de las garras del centralismo. Muchos pasajeros se quejan de sus precios, pero hay que agradecer que existan.

Ustedes los habaneros están viviendo ahora lo que nosotros llevamos años sufriendo

Me subo al pisicorre, un viejo Willys pintado de un amarillo canario. El joven que se sienta a mi lado es de Bejucal, un pueblito de la actual provincia de Mayabeque que una vez fue famoso por sus charangas. "Ustedes los habaneros están viviendo ahora lo que nosotros llevamos años sufriendo", me espeta sin rodeos. "No recuerdo cuándo fue la última vez que regresé a mi casa y había electricidad", añade el hombre que, asegura, es de los pocos de su comunidad que sigue moviéndose cada día hasta la capital cubana por razones de trabajo.

El Palacio de Aldama, en ruinas.
El Palacio de Aldama, en ruinas. / 14ymedio

El panorama que me describe es deprimente. "Mi esposa se ha convertido en experta en encender el carbón para cocinar y muchas noches nos turnamos para abanicar a las niñas [de cinco y ocho años]" para que no las piquen tanto los mosquitos. Lo que pasa en su casa se multiplica por todo el pueblo, y Bejucal "se ha quedado vacío porque el que no se fue por el Darién se ha ido con la Ley de Nietos". Trato de imaginar cómo será de noche ese lugar que me encandiló con su festiva rivalidad entre La Ceiba de Plata y La Espina de Oro, pero no logro concebirlo.

Llego a mi destino. Paso por la calle Estancia a comprar algo de albahaca. El vendedor envuelve el pequeño mazo en una hoja de periódico. El titular principal es sobre el Programa Económico Social 2026. Aunque solo han pasado unos días desde su publicación, la frase parece sacada de un pasado lejano, donde el Estado creía tener el control del presente y el futuro de cada cubano. 

El reptil que contengo se sobresalta. Ha escuchado el ronroneo del generador eléctrico del Ministerio de Transporte. Es la señal del apagón y sabe que le tocará subir 14 pisos por la escalera. A la altura de la planta 10 cierro los ojos, me aguanto del pasamanos e imagino que trepo por un árbol, torcido y con un hermoso follaje, allá en las praderas de Etiopía. 

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