Crónicas de La Habana
Un ruego desesperado en medio de la oscura noche habanera: "¡Luz!"
Crónicas de La Habana
La Habana/Mayo no parece mayo. Tiene cara de julio y talante de agosto. Lo sé por la irritabilidad con la que me cruzo a cada paso. La fatiga social muchas veces se expresa en peleas por cualquier cosa, en un grito aquí y un empujón allá que añaden a la dura cotidianidad que vivimos un poco más de zozobra. Un zapato pisado sin intención, una frase dicha a la persona equivocada o una mirada indiscreta puede desatar cualquier cosa.
Pero tengo suerte. En medio del malestar generalizado por los largos apagones que han regresado con saña, la falta de agua que hace nuestra piel pegajosa y nuestros olores insoportables, me topo siempre con alguna mano solidaria. Como el hombre que me ayuda a recoger los ajíes cachucha que se me han caído en una esquina porque la bolsa de nylon no aguantó, o la joven que me sirve de apoyo para entrar sin tropiezos al triciclo eléctrico y la anciana que se pone a mi lado y me cubre con su sombrilla porque “este sol no hay quien lo aguante”.
Ya en mi barrio apenas ponen la electricidad. Ni en mi barrio ni en el resto de Cuba. Dice una vecina que este fin de semana hay que comerse todo lo que lleve refrigeración porque no tendremos más energía. Habrá que hacerle una despedida a los tomacorrientes de cada casa, darles su merecido adiós a los interruptores, celebrar el velorio de tanto cable de poste a poste, de tanto electrodoméstico enmudecido, de tanta luz led sobre nuestras cabezas. Habrá que cerrar la puerta de la modernidad y tragarse la llave para emprender el regreso total a la oscuridad.
En nuestro apartamento abrimos ventanas, puertas y rendijas cada noche. Tenemos suerte de vivir en un piso alto de cara a los vientos alisios del nordeste. Solo nos queda quitarnos la piel a ver si así refresca más. En medio de la madrugada siempre pienso en los habitantes del solar de Centro Habana donde nací. Sin casi ventilación, viviendo en cuartuchos pequeños y con un cercano muro de la cuartería colindante, que interrumpe toda brisa, apenas tienen opciones. Si yo estoy así, en aquel solar de la calle Jesús Peregrino deben estar asándose a fuego lento, me temo.
Anoche una voz desesperada gritó en mi barrio. Dijo algo como “luz” y después una palabrota. Yo estaba hundida en el sudor y en la parálisis después de varias noches con apenas tres o cuatro horas de sueño. Al levantarme no sabía si había sido real aquel grito pero un vecino me lo confirmó. Siento culpa de no haber apoyado al solitario manifestante, pero estaba desfallecida. El día anterior me había tocado una tarea agotadora: ir hacia una zona de la ciudad que me revuelve los recuerdos.
La calle Monte, esa sí que son palabras mayores. Así que tuve que tomar una amplia bocanada de aire antes de sumergirme en sus aceras después de atravesar el Parque de la Fraternidad. La larga inspiración no fue solo por los malos olores que brotan de sus portales, sino también para anestesiar mis emociones ante una de las tantas rutas de mi infancia, convertida hoy en una ruina. “Vamos para allá”, me dije, sin creerme mucho mi propio entusiasmo.
No hay vía habanera con tanto deterioro y tanta gente rota como Monte. Transitarla es discurrir por esa Cuba del realismo sucio o de la literatura de fantasmas. No hay nada que inspire optimismo a lo largo de esta avenida que atraviesa parte de los barrios más poblados de la capital cubana. No le han tocado ni la poca pintura que alguna que otra vez le dan a esas fachadas por donde pasan dignatarios extranjeros o papas. Tampoco le han recogido la basura, como en esos sitios que visitan, para las fotos, los funcionarios oficiales.
En el suelo de los portales se leen nombres rotos de antiguos comercios. Las vidrieras, con los cristales rotos tapados con tablas exhiben en los pocos pedazos intactos mercancías llenas de polvo y envases de limpiadores que prometen llenar la casa de aromas y brillos. Una tienda repleta de baratijas importadas tiene una larga cola de quienes compran para llevar tanto plástico de un solo uso y tanta silicona de mala calidad a cualquier pueblito de la Isla para revenderlos.
Si Monte es cadáver, las entrecalles que desembocan en ella ya son polvo. Me adentro en una de ellas. Al fondo de un pasillo veo a un niño jugando con una botella plástica aplastada a modo de pelota. Dos mujeres discuten por el turno para llenar unos cubos de agua en una pila que está casi pegada al suelo. Más allá, un hombre duerme sobre un cartón húmedo y una radio portátil escupe una canción de los años noventa, como si todo el lugar hubiera quedado atrapado en un tiempo remoto. En ningún punto de mi periplo tengo servicio de conexión a internet en mi móvil.
Cuando logro dejar atrás aquella avenida siento que he regresado de una zona de guerra. Pero la tregua dura poco. En cuanto entro en mi barrio escucho el ronroneo de la planta generadora del Ministerio de Transporte que me anuncia que no hay electricidad. Me topo con varios vecinos de caras largas. ¿Alguno de ellos sería el que unas horas después gritó “luz” en medio de la madrugada?
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