El Vedado, corazón de la diversión en La Habana, hoy convertido en desierto

Crónica

Sin transporte y sin gasolina, La Rampa, la calle 23, Coppelia y otros lugares míticos sufren la crisis que afecta todo el país

Es el primer vehículo que veo después de varios minutos de estar sentada en el lugar.
Es el primer vehículo que veo después de varios minutos de estar sentada en el lugar. / 14ymedio
Yoani Sánchez

22 de febrero 2026 - 07:26

La Habana/Es sábado y salgo para El Vedado. La sola mezcla de este día de la semana con La Rampa, la calle 23 y los alrededores del hotel Habana Libre y de la heladería Coppelia, significaba hace unos años diversión, encuentro con los amigos y terminar la noche disfrutando de algún espectáculo. Pero esa ciudad ya no existe. Ahora, las avenidas están casi vacías, los clubes se mantienen cerrados y los conocidos que ponían rostro y nombre a cada esquina se han marchado. Solo quedan los que no se han podido ir.

Enfilo por la barriada de La Timba hasta bordear la plaza de la Revolución. Ni pensar en atrapar un transporte que me lleve hasta las cercanías de la avenida de los Presidentes. Todo el periplo lo hago a pie. La calle Paseo es un desierto a las diez de la mañana. En un poste, alguien se ha atrevido a colgar un cartel que dice "Gasolina" y un número de móvil. Imagino que si llamo me dirán el precio de ese líquido que, ahora mismo, monopoliza los sueños y los desvelos de todo el país. Ayer un vecino me dijo que tenía el litro de especial a 4.000 pesos, pero ya debe haber subido.

Imagino que si llamo me dirán el precio de ese líquido que, ahora mismo, monopoliza los sueños y los desvelos de todo el país.
Imagino que si llamo me dirán el precio de ese líquido que, ahora mismo, monopoliza los sueños y los desvelos de todo el país. / 14ymedio

En una esquina, varios autos descapotables de un color rosa chillón, participan en la filmación de un videoclip. El contraste es brutal. Los pasajeros sonríen a la cámara desde la peculiar fila de vehículos lustrosos a pocos metros de un inmenso vertedero. Mientras contemplo el espectáculo, un mosquito me pica en el tobillo, un trozo de piel que olvidé untar con repelente. Los insecticidas se han convertido en parte inseparable de nuestro "módulo de guerra" antes de salir de casa. Estamos en una permanente batalla para evitar el contagio de alguno de los arbovirus que nos acorralan.

Mi esposo lleva meses con las secuelas del chikunguña. Manos inflamadas, dolor articular, decaimiento y un caminar lento que se ha convertido en el sello distintivo de los que pasaron la enfermedad. Delante de mí, por la calle D, va una mujer con ese paso robótico que le ha dejado la enfermedad. No puedo dejar de recordar las escenas de la película Juan de los muertos, con una ciudad llena de zombies que atacan a los que aún respiran. Pero en La Habana no queda gente viva para agredir, todos, de una u otra forma, ya somos cadáveres.

Estoy frente al edificio más alto de Cuba. Uno esperaría que en los alrededores del hotel Iberostar Selection, conocido también como Torre K, hubiera un ir y venir de taxis, clientes y guías turísticos, pero nada. La entrada absolutamente vacía le da un toque de abandono a este feo bloque de concreto y cristal. Solo un hombre que delira y lanza gritos con frases inconexas sacude el letargo que se extiende en ese trozo de acera hasta la otrora esquina más trepidante de La Habana: 23 y L.

Los pasajeros sonríen a la cámara desde la peculiar fila de vehículos lustrosos a pocos metros de un inmenso vertedero.
Los pasajeros sonríen a la cámara desde la peculiar fila de vehículos lustrosos a pocos metros de un inmenso vertedero. / 14ymedio

Cruzo al otro lado de la aurícula izquierda del corazón de El Vedado aunque la luz para los peatones sigue en rojo. No importa. Podría bailar por un rato en medio de la popular intersección y no correría peligro alguno de atropello. Dos adolescentes pasan con sus scooters y otro demente mueve los brazos como las aspas de un ventilador frente al cine Yara. Perder la cordura es fácil en una realidad que cada día nos reta con nuevos absurdos. Los amigos que no se han ido viven tomando pastillas que los anestesian. "No me quiero volver loca", me repite un vecina mientras me enseña el blíster de diminutas píldoras que lleva en la cartera. 

Alcanzo la calle Infanta. Huele a orine. Me siento en un portal frente a Radio Progreso. En pocos minutos desfilan varios ancianos pidiendo dinero. Un negocio cercano ha contratado a dos fornidos guardias de seguridad que evitan que los mendigos interactúen con sus clientes. Una familia de turistas, los primeros que veo en mi periplo, se acerca para leer el menú del restaurante. La mujer le pregunta al empleado si la puede ayudar a tener acceso a internet porque la tarjeta SIM que le ha comprado a Etecsa "not working". El hombre le explica que el servicio es malo y hay horas del día en que no funciona. La cara de ella es un poema: no entiende que le hayan cobrado por algo que no sirve.

Frente a mí pasa una excavadora de un amarillo reluciente. Es el primer vehículo que veo después de varios minutos de estar sentada en el lugar. Subidos en la pala van cinco hombres. Voy a tener que pedirle a mi vecina una de esas pequeñas pastillas para no enloquecer.

También te puede interesar

Lo último

stats