Crónicas de La Habana
¿A qué huele el colapso?
Crónicas de La Habana
La Habana/Tomo una hoja de hierbabuena del balcón y la aprieto entre mis dedos antes de echarla al agua que voy a tomar. En las manos me queda un aroma fresco y esperanzador. Agasajar la nariz es una tarea difícil en estos tiempos que vivimos en Cuba. El colapso del país huele a basura quemada, a aguas albañales y a falta de limpieza. Cada aroma agradable es un premio escaso e invaluable para los sentidos.
Son las cuatro de la madrugada y salto de la cama. Ha regresado la electricidad después de un apagón que comenzó la tarde anterior. Nada más levantarme me voy a la azotea. Mis dos perras, las estrellas y yo. La ciudad duerme y yo oteo el horizonte. La Habana ya no huele a lo mismo. A esa hora me llega la peste de desperdicios que se acumulan por todos lados y, desde el cercano Zoológico de la calle 26, se escucha el rugido desesperado de un león. Debe tener hambre.
Cuando era niña y me iba a visitar a mis parientes en los pequeños pueblos de Villa Clara y Cienfuegos, al regresar a la capital me golpeaba el olor. Esta ciudad siempre tuvo un aroma particular. El servicio de gas manufacturado instalado en muchas casas, los tantos vehículos que circulaban por sus calles y las aguas de la bahía mezcladas con el petróleo que caían en ella, hacían que el lugar donde nací y crecí oliera a aceites industriales y a alquitrán. Nunca pensé que iba a extrañar aquel tufo.
Hasta el dinero huele a miseria. Tiene un hedor a humedad, como si hubiera estado guardado en una cueva oscura y mugrienta
Ahora La Habana tiene otra “huella olfativa”. Un portal por el que siempre transitaba cuando caminaba por la calle Reina, en Centro Habana, se ha convertido en un urinario público que me hace contener la respiración cuando paso cerca. De la tienda Ultra sale un vaho, la fetidez del abandono. La ciudad está salpicada de estos lugares que una vez cerraron sus puertas y comenzaron a degradarse rápidamente. Grandes mercados, bancos, cines y moteles que olían a café recién colado, a frituras y a aire acondicionado, de los que hoy solo brota hediondez.
Hasta el dinero huele a miseria. Tiene un hedor a humedad, como si hubiera estado guardado en una cueva oscura y mugrienta. Frente a los cajeros automáticos la gente hace colas de horas para poder sacar un poco de efectivo. Muchas veces la máquina se rompe o se apaga por un corte eléctrico antes de que los clientes puedan obtener esos devaluados bonos de colores que conforman la moneda nacional.
Quienes tienen más recursos pagan por el dinero. Comprar pesos se ha convertido para muchos en la única vía de tener billetes en la mano. Pero lo que obtienes es un amasijo de papeles sucios. Un amigo me ha contado que en el país donde vive metieron algunos euros en un laboratorio y les encontraron trazas de droga, heces y saliva. Fantaseo con que alguien lleve a analizar una muestra de pesos cubanos. No me sorprenderán los resultados.
Las miasmas se han apoderado de todo el espectro de olores a donde quiera que vayamos
El billete de 1.000, con el rostro de Julio Antonio Mella, quizás tenga vestigio de gasolina, de perfume y del líquido que suelta una caja de cuartos de pollo cuando empieza a descongelarse. Del de 200, que tiene la imagen de Frank País, de seguro brotarán restos de aceite vegetal, lágrimas y boñiga de caballo de los tantos cocheros que mueven pasajeros de aquí a allá en las casi paralizadas ciudades cubanas. Del trozo de papel, de tonos rojos y con el rostro de Ernesto Che Guevara, saldrían las huellas de un pasado en que servía para pagar algo que costaba hasta tres pesos. Un remoto tiempo en que en las calles de La Habana Vieja le ofrecían ese papel con el gesto adusto del guerrillero a los turistas, que venían en masa, a ver este desvencijado experimento social en el que vivimos.
Pero ahora el dinero huele a pobreza. También se sienten así las oficinas de trámites, los locales antes climatizados del poderoso monopolio de telecomunicaciones Etecsa y hasta el lobby de los ministerios. Las miasmas se han apoderado de todo el espectro de olores a donde quiera que vayamos. El ascensor de mi edificio huele a orine. En el cercano policlínico alguien ha echado un chorro de desinfectante para tapar el olor a enfermedad y suciedad que lo cubre todo. La consulta de estomatología ya no desprende aquella mezcla de agentes antisépticos y materiales dentales.
Pego la nariz a mi axila. Después de toda una mañana caminando yo también huelo como La Habana, una combinación de penuria y desespero.
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