10- Unos días de cárcel en Texas y el sabor desconocido de la libertad

En ese momento del abrazo, de las lágrimas incontrolables, empecé a recordar cuánto había pasado para llegar hasta este país y no me podía creer que hubiera llegado bien, que hubiera llegado vivo

El autor de esta serie de artículos, con jóvenes nicaragüenses y hondureños minutos después de cruzar el Río Bravo para entrar en EE UU. (14ymedio)
El autor de esta serie de artículos, con jóvenes nicaragüenses y hondureños, minutos después de cruzar el Río Bravo para entrar en EE UU cerca de McAllen, Texas. (14ymedio)

Las condiciones de la prisión aquella no eran malas, como decía, pero además se podía jugar al parchís, al dominó, al ajedrez, al fútbol o al básquet. Nos hicimos una familia inmensa y multinacional.

Uno de los cubanos que más me impresionó era un tipo de Villa Clara que vendió todo para poder irse. Él trabajaba con el Fondo de Bienes Culturales de la provincia, pero era cuentapropista. Hacía obras de restauración en los teatros, en las casas de cultura, y le pagaban cifras millonarias. Me contó que el nivel de corrupción que hay en el Centro de Cultura, por lo menos en el municipio de Santa Clara, es inmenso. Pero luego la cosa se puso mala y el covid ya fue el sello final.

Al hombre nunca le interesó la política ni la situación del país, porque dice que hubo meses en los que él ganaba miles de dólares. Se construyó una mansión para él, casas a toda la familia, hizo criaderos de puercos... Tenía bastante dinero y lo vendió todo, aunque no me dijo una cifra.

También hablé con un muchacho, Richard, que era cocinero en La Habana. Le interesaban la dulcería y la panadería, y quiso siempre montar su propio negocio, a pesar de ser bastante joven, 25 años. Una tía suya que vive en Houston le dijo: "Mijito, allá no vas a ser nadie nunca, vente, que yo te voy a pagar todo para montar tu propio negocio de dulces y panes". Dejó en Cuba mucha familia y eso le dolía. Él llevaba 17 días preso (salió el 14 de marzo de la prisión). Yo solo tres.

Había un venezolano que me dijo: "Maduro es un hijo de puta igual que Fidel Castro y toda su generación". Este era de los que en 2017 salía a protestar en Venezuela contra el régimen de allá, pero lo acosaron tanto que se acabó marchando a Perú. Ahí estuvo cuatro años, y no le fue mal, pero con la pandemia se quedó sin trabajo y se vino a EE UU, brincando fronteras desde Perú.

Este chico me contó que lo más duro fue la selva del Darién, peligrosísima. En todos los grupos que entran, siempre hay un muerto, dice, y en el suyo fue un muchacho de 14 años. El niño, que podía ser de la India según me dijo, se resbaló por un peñasco, se golpeó en la cabeza y ahí mismito quedó. Los padres pagaron a unos indios de allá, porque el coyote se desentendía, unos 5.000 dólares para que lo llevaran hasta Panamá. Y ahí los dejaron, a los padres y al pequeño difunto. Después no supo más nada de ellos. Dice que en los senderos del Darién, si te fijas a los lados, hay cuerpos en descomposición, porque no pueden cargar con ellos.

Tienes que llevar pastillas de cloro para tomar la del río, pero él no llevaba y la bebía así, sin tratar. Claro, ahí le entraron diarreas y fatiga

Otra cosa que me contó es que el agua no dura ni un día. Tienes que llevar pastillas de cloro para tomar la del río, pero él no llevaba y la bebía así, sin tratar. Claro, ahí le entraron diarreas y fatiga. El coyote los apuraba y los amenazaba con dejarlos solos. En otro momento, avanzaron pagando unos 275 dólares cada uno para cruzar un río, que más valía pagar, decía, porque el peligro de fallecer es mucho mayor.

Después de todo aquello, pasó por Panamá, Costa Rica, Nicaragua... y ya en México dice que lo cruzó en tres días. Yo le dije que eso era una gran suerte, pero él lo negó. Lo habían metido en una camioneta con un fondo falso –encima tenían como un piso de madera en donde ponía cajas de tomate, vegetales y estas cosas–, y ellos abajo acostados, sin poder moverse. A veces eran así 21 horas de carretera, con paradas de hasta cinco horas al borde esperando que un retén se fuera. Orinaban en un pomo que tiraban como podían y, a veces, se les caía encima.

Para colmo, lo mismo hacía tanto calor que se ahogaban como tanto frío que se congelaban. En una ocasión, dice que pensó que iba a morir porque tenía mucho sueño y no sentía nada.

Ahí estaban también tres guatemaltecos, cosa rara porque a ellos los deportan rápido, pero habían llegado en diciembre. A su grupo lo cogieron y a ellos los señalaron como testigos contra el coyote. Después de 90 días en una prisión, los trasladaron ahí y dos tenían abierta una orden de expulsión y el otro sí, parole, porque parece que fue el único que habló.

Una noche vinieron a hacernos PCR a mí y a otros seis, y nos dijeron que estuviéramos atentos, por si nos venían a buscar. Y así fue: a las 4 de la mañana nos despertaron, nos dieron el desayuno en una celda y nos devolvieron el dinero con el que llegamos, en mi caso 120 dólares. También nos quitaron el uniforme de la prisión y nos pusimos la ropa con la que llegamos. El mal olor que traía aquella ropa, imagínenselo.

Nos llevaron al departamento del ICE (el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas) en bus, y allí un oficial me hizo firmar los papeles y me dijo que no me metiera en problemas. Después de eso, otro bus, y ahí nos llevaron a una iglesia que nos acogió en un patio, sentados en sillas, donde nos llamaban de uno en uno.

En ese trayecto conocí a una venezolana y dos cubanas. La venezolana salió en diciembre y la detuvieron en Guatemala. Los coyotes pagaron para que la soltaran y la volvieron a coger en México: 30 días en una prisión de Tapachula. Cuando salió, otra vez buscó alguien que la cruzara. Total, que la familia empleó miles y miles de dólares para que llegara. Me dijo que estaba deprimidísima, que si llega a saberlo no hubiera salido. También me comentó que le gustaría regresar a su país, pero que mientras esté Maduro, no vuelve.

El hombre me preguntó qué pasaba en Cuba, mencionó a Fidel Castro, y yo le dije que por su culpa no éramos libres

Cuando llegas a la iglesia, donde nos dieron comida y ropa, no puedes salir si no tienes un boleto de avión, así que mi familia me intentó comprar uno de Laredo a Miami, pero estaban en más de 800 dólares. En tiempos normales, me dijeron, ese vuelo está en unos ciento y pico dólares, así que encontramos una solución a través de Houston. Me llevaron a una estación de bus, donde compré un pasaje hacia San Antonio por 59 dólares. Ahí me esperaban dos señores mayores que ayudan a inmigrantes.

Me emocionó muchísimo esto, porque me dieron comida, cosas de aseo, mascarilla y hasta una colchita para taparme. Yo incluso les dije que la guardasen para alguien que la necesitara más, pero al final la cogí, porque el viaje era largo y hasta las 7:30 de la mañana no salía mi vuelo.

El hombre me preguntó qué pasaba en Cuba, mencionó a Fidel Castro, y yo le dije que por su culpa no éramos libres. Se solidarizó mucho. Además, me gustó mucho San Antonio, con unos edificios enormes. Me parecía mentira estar viendo tanta belleza delante de mis ojos.

Llegando a Houston, una prima mía que vive allí se enteró y dijo que quería ir a recogerme. Me llevó a su casa, donde comí, me bañé y me lavaron la ropa que traía, y a las 5 de la mañana me llevaron al aeropuerto.

Pasé un poco de vergüenza, porque el trato no era el mismo que para el resto de pasajeros: me apartaron de la fila, me revisaron con más vehemencia, me tomaron fotos... Pero también me dejó admirado la inmensidad de aquel lugar: un kilómetro hasta mi puerta de embarque, lleno de tiendas, de gente, de vida.

Entré al aeropuerto de Miami por la puerta 21, y allí estaba esperándome mi primo. Con él me crié y la vida nos separó cuando se fue a España, teníamos entonces 17 años; luego acabó en EE UU. Pues aquí estamos, juntos de nuevo.

En ese momento del abrazo, de las lágrimas incontrolables, empecé a recordar cuánto había pasado para llegar hasta este país y no me podía creer que hubiera llegado bien, que hubiera llegado vivo. Que después de tanta espera estuviera junto a mi hermano en esta tierra de libertad.

Alejandro Mena Ortiz, en Estados Unidos. (14ymedio)
Alejandro Mena Ortiz, en Estados Unidos. (14ymedio)

Tengo 34 años, cumplidos, ya saben, en las mazmorras de una hielera mientras estuve detenido. Mi familia más cercana –mis hijos, mi esposa, mis padres, mi abuela– está en Cuba.

Fui cocinero durante muchos años en un restaurante privado de La Habana, pero desde hace tiempo, trabajo como reportero para 14ymedio. De esto me siento tan orgulloso, que para hablar de ello necesitaría un capítulo entero.

Mi viaje duró 26 días desde que salí de La Habana hasta que llegué a suelo estadounidense. Costó en total 10.075 dólares, entre pasajes de avión, pago a coyotes, efectivo para comer, etcétera. Este dinero fue puesto por un familiar, al que en su debido momento, y cuando yo lo tenga, comenzaré a devolver todo lo "invertido" en mi viaje.

Mi primo es camionero aquí en EE UU, así que en pocas semanas a su lado he atravesado ya 20 estados. He visto muchas cosas muy bonitas. También otras muy feas que no me han gustado, supongo que eso pasa en todos los países.

Ahora estoy descubriendo cómo es, viendo las mentiras que nos contaban los medios oficiales en Cuba. Este es un país con muchas cosas criticables, sí, sí, sí, pero es un país donde uno puede ser libre. Yo todavía no me adapto a eso. Aún me queda el fantasma del temor, de la ansiedad cuando veo, por ejemplo, una patrulla policial o un policía que se acerca, porque me recuerda a los represores estos que no nos permiten vivir la vida.

Hasta aquí mi historia y, pues, nada más: patria y vida. Patria y vida.

Con este capítulo termina la serie sobre 'Cuba, la isla en fuga', que publicaremos más adelante en formato PDF.

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