Cuando una cola anuncia que todavía queda pan

Pan

La irregularidad de las panaderías y los altos precios del mercado informal agravan la economía de los hogares matanceros

“Yo no voy a meterme en ese molote para al final salir sin nada. Aquí nunca se sabe cuándo habrá pan ni cuánto van a sacar”.
“Yo no voy a meterme en ese molote para al final salir sin nada. Aquí nunca se sabe cuándo habrá pan ni cuánto van a sacar”. / 14ymedio
Julio César Contreras

05 de julio 2026 - 13:17

Matanzas/Teresa respiró con alivio cuando dobló la esquina y vio una cola frente a la panadería del barrio de Versalles en Matanzas. En la Cuba de hoy, una fila ya no siempre es motivo de queja; a veces es la única señal de que todavía queda algo por comprar. Apretó la jaba contra el pecho y aceleró el paso. En casa la esperaba su nieto, de vacaciones escolares, con ese apetito inagotable que tienen los niños y que no entiende de inflación ni de escasez.

“Ahora tengo conmigo al muchacho y está pidiendo cosas de comer a cualquier hora”, cuenta mientras se acomoda entre los últimos de la fila. “Por aquí pasan vendedores ambulantes todos los días, pero un pan a 200 pesos no lo puede comprar una jubilada con la pensión que yo cobro. Si al menos esta panadería sacara ofertas más a menudo, uno tendría cómo ir resolviendo”.

Las imágenes alrededor parecen resumir la economía doméstica de Matanzas. Un anciano permanece con las manos en la cintura mirando fijamente la puerta del establecimiento. Una mujer se protege del sol con una sombrilla fucsia. Dos niños esperan sentados sobre la hierba, resignados al aburrimiento de una cola que para los adultos significa mucho más que perder tiempo: representa la posibilidad de llevar algo a la mesa.

La noticia corre de boca en boca antes incluso de que salga el primer cliente. Solo hornearon diez bandejas de pan duro de flauta, la única oferta disponible, a 120 pesos la unidad y sin límite por comprador. El cálculo es inmediato. Hay demasiadas personas esperando para tan poca producción.

“Cuando aquí no aparece nada tengo que ir a una mipyme y comprar una bolsa con diez bolitas por 400 pesos”.
“Cuando aquí no aparece nada tengo que ir a una mipyme y comprar una bolsa con diez bolitas por 400 pesos”. / 14ymedio

“Antes de abrir ya le habían vendido un montón de panes a los revendedores, que los sacan luego a veinte o treinta pesos por encima del precio”, protesta Teresa sin ocultar el disgusto. “Así es imposible que alcance para la gente. Los pobres nunca entramos en ese negocio”.

La escena se repite con frecuencia en esta panadería, que hace algún tiempo fue arrendada a emprendedores privados. Muchos vecinos imaginaron entonces que el cambio traería vitrinas llenas, diferentes variedades de pan y una producción estable. La realidad ha resultado bastante menos prometedora. Las hornadas aparecen apenas una o dos veces por semana y dependen, sobre todo, de la llegada de harina.

Luis Antonio, que vive en un edificio de microbrigada cercano, observa el movimiento apoyado en una bicicleta. Es padre de dos niños y sabe perfectamente cuánto pesa un pan dentro del presupuesto familiar.

“Cuando aquí no aparece nada tengo que ir a una mipyme y comprar una bolsa con diez bolitas por 400 pesos”, explica. “El problema es que son tan pequeñas que tengo hasta que esconderlas. Porque si mis hijos me acompañan se las comen en tres mordidas por el camino”.

El hombre asegura que incluso los propios trabajadores del establecimiento han buscado otras formas de ganarse la vida.

“Para ellos el salario de la panadería es apenas un extra. Casi siempre los hornos están apagados por falta de harina. Eso sí, este circuito tiene corriente porque está protegido por el Hospital Materno, pero de poco sirve tener electricidad si no hay con qué producir”.

Algunos clientes se quedan inmóviles mirando hacia la puerta, como si esperaran un milagro de última hora.
Algunos clientes se quedan inmóviles mirando hacia la puerta, como si esperaran un milagro de última hora. / 14ymedio

Dentro del local alguien anuncia que no sacarán más panes. La frase cae como un portazo. Algunos clientes se quedan inmóviles mirando hacia la puerta, como si esperaran un milagro de última hora. Otros abandonan la cola en silencio, con esa resignación que solo da la costumbre de regresar a casa con las manos vacías.

Alfredo, un jubilado que sostiene cuidadosamente su billetera, había salido decidido a gastar los 250 pesos que llevaba encima.

“La verdad es que estoy haciendo esta cola por mi mujer”, dice. “Quería llevarle algo para el almuerzo que no fuera el plátano hervido de todos los días. El pan se ve malo, con la corteza toda descascarada, pero es lo que hay”. Finalmente, el anciano no alcanza ningún producto y evita entrar en el tumulto que se forma frente a la puerta cuando algunos intentan convencer a los dependientes de vender más.

“Yo no voy a meterme en ese molote para al final salir sin nada. Aquí nunca se sabe cuándo habrá pan ni cuánto van a sacar”.

Se marcha despacio por la acera, mientras la cola comienza a deshacerse. La palma que da sombra a la esquina sigue inmóvil bajo el calor de la mañana y el barrio recupera poco a poco su rutina. Solo queda un pequeño grupo conversando sobre cuándo volverá a salir otra hornada. Nadie lo sabe.

Al despedirse, Alfredo ya tiene tomada una decisión que resume la realidad alimentaria de miles de familias cubanas. “Al primer vendedor que pase por mi casa le voy a comprar un pancito, aunque me cueste 200 pesos. Un día es un día. Si espero por esta panadería, es posible que tenga que volver dentro de una semana y encontrarme otra vez con la misma cola y el mismo final”.

También te puede interesar

Lo último

stats