En Coppelia ya no se vende helado, solo vino seco

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Una de las trabajadoras, sin levantar la mirada, responde que están cerrados y que "no se sabe" cuándo volverán a abrir

Bajo el cartel que proclama "La Habana real y maravillosa", cinco empleados de Coppelia matan el tiempo sentados alrededor de una mesa.
Bajo el cartel que proclama "La Habana real y maravillosa", cinco empleados de Coppelia matan el tiempo sentados alrededor de una mesa. / 14ymedio
Juan Diego Rodríguez

03 de marzo 2026 - 17:06

La Habana/En la esquina de 23 y L, donde durante décadas La Habana hizo cola para disfrutar de una ensalada de cinco bolas, este martes el único sabor posible era el regusto amargo de la frustración. La heladería Coppelia, en El Vedado, bautizada alguna vez como la "catedral del helado", está cerrada. No por reparación, no por inventario, no por esas pausas habituales para pintar sus muros o reacomodar sus áreas. La famosa cafetería está sin helado y sin fecha de reapertura.

En la entrada principal, bajo el cartel que proclama "La Habana real y maravillosa", cinco empleados matan el tiempo sentados alrededor de una mesa. Sobre la superficie, en lugar de copas, siropes y cucharitas, hay varios pomos de vino seco para cocinar. El producto, de color ámbar y etiqueta deslucida, parece el sustituto improbable de la fresa, el chocolate o la almendra que hicieron famosa a la heladería más grande de Cuba.

La mujer trata de entusiasmar al desencantado consumidor para que cargue con un galón de vino seco

Un cliente se acerca con la esperanza intacta. "¿Hay helado?", pregunta. Una de las trabajadoras, sin levantar la mirada, responde que están cerrados y que "no se sabe" cuándo volverán a abrir. La mujer trata de entusiasmar al desencantado consumidor para que cargue con un galón de vino seco, ese ingrediente que suele acabar en un arroz amarillo o en un picadillo con más imaginación que carne. Pero el hombre no transa. 

Durante los próximos minutos la escena se repite. A pesar de que la ciudad está casi paralizada por la falta de combustible, los habaneros se acercan con la ilusión de comerse un tres gracias o de disfrutar de un Turquino. Lo hacen porque incluso en los peores años del período especial, cuando las bolas se reducían y los sabores se repetían, siempre había algo que llevarse a la boca en el céntrico local. El helado podía estar aguado o ser escaso, pero existía. Ahora, ni eso. 

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