En Cuba se cae el sistema eléctrico, pero nunca el represivo

Crónicas de La Habana

Policías en los bajos del edificio, basura acumulada, falta de gas y un viernes en que hasta salir al mercado se vuelve imposible

El viernes acaba de convertirse en otra jornada represiva.
El viernes acaba de convertirse en otra jornada represiva. / 14ymedio
Yoani Sánchez

18 de septiembre 2026 - 16:25

La Habana/Habichuelas, cebollas, un aguacate. Redacto la lista para salir temprano al mercado de la calle Tulipán, antes de que el sol pique y los inspectores empiecen a espantar a los carretilleros. Cuando camino por el pasillo hacia la escalera, un vecino me alcanza. "Tienes un operativo allá abajo. Hay unos hombres vestidos de civil, dos mujeres con mochilas y al menos una patrulla", detalla. El viernes acaba de convertirse en otra jornada represiva.

Desde la azotea confirmo que un auto policial está parqueado en la calle Conill, pero no en la esquina, bajo el frondoso árbol donde tradicionalmente se colocan cuando vigilan mi casa. El basurero de la calle Factor ha crecido tanto que estacionarse bajo esas ramas ya es un ataque a la nariz y un peligro para el sistema inmunológico. Un poco más allá, dos uniformados permanecen junto a un vehículo con el número 059 pintado en la carrocería.

Hoy tenía mucha necesidad de salir de casa. La basura se ha acumulado en el apartamento debido a los largos apagones que paralizan el ascensor. No queda nada de ensalada para comer y un amigo me había prometido copiarme en una memoria USB un documental de actualidad. Pero en Cuba, tener una agenda e intentar cumplir un mínimo de tareas diarias es casi imposible. Cuando termina la jornada y he logrado completar al menos un objetivo, me siento afortunada. Hoy también habrá que rediseñar los planes.

"Pero tienes que venir a buscarlos porque no me dejan salir del edificio"

Por suerte, tenemos agua en las pilas, pero no hay gas para cocinar. Friego un poco y aprovecho para regar las plantas. Una amiga me llama para preguntarme si tengo sales de rehidratación oral. Después del virus que sufrí me quedaron algunos sobres que puedo darle.

"Pero tienes que venir a buscarlos porque no me dejan salir del edificio".

No tengo que decir nada más. Ella tampoco necesita explicaciones. La represión en Cuba es algo que todos conocen y un operativo alrededor de la casa de un periodista independiente suena más a rutina que a novedad.

Pongo tres sobres en una bolsa de nailon y, cuando mi amiga me da un timbrazo al móvil, me asomo al balcón y lanzo el pequeño paquete desde el piso 14. Le he añadido una piedra para que el viento no lo aleje demasiado. Allá abajo siguen los dos policías. Se ven aburridos.

Un vecino que llega hasta mi puerta me pregunta si quiero que me traiga algo del mercado. Le entrego la lista que empecé a escribir por la mañana. No sé muy bien cuánto dinero darle porque los precios cambian de un día para otro.

"Con un billete de los nuevos resuelves todo", bromea.

No conozco a nadie que haya visto todavía esos papeles de colores por valor de 10.000 y 20.000 pesos.

Ayer, cuando pasé por el banco de la calle Marino, una jubilada me dijo que aún no habían llegado a esa sucursal y que, de todas formas, el máximo que entregaban por cliente era de 5.000 pesos, por lo que "nadie sabe a quién le van a dar los nuevos". La señora lleva dos semanas tratando de sacar su pensión y nada. "El día que me tocaba no tenían efectivo y me pasaron el turno para después, pero cada vez que vengo no hay electricidad".

Hay olor a basura por toda la casa. No sé si es el hedor que sube desde la esquina o si nuestros propios desperdicios han empezado a pudrirse después de tres días sin poder bajarlos

Cuántos meses de salario de los policías que me vigilan allá abajo cabrán en un billete de 20.000 pesos, me pregunto mientras intento encender por enésima vez la hornilla. Dice la empresa del gas que no ha logrado terminar las reparaciones y que la falta de servicio pica y se extiende.

Hay olor a basura por toda la casa. No sé si es el hedor que sube desde la esquina o si nuestros propios desperdicios han empezado a pudrirse después de tres días sin poder bajarlos.

Suena el teléfono. Es otra vez mi amiga. Imagino que ahora querrá algún analgésico o que las sales de rehidratación no han sido suficientes para sus hijos y su esposo, enfermos con un virus de diarreas. Pero no me habla de medicamentos.

"Se cayó el sistema eléctrico nacional", me anuncia con molestia.

Me asomo otra vez.

Allá abajo sigue la patrulla policial con los dos uniformados.

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