Cuba no es Irán: anatomía de una dictadura sin relevo

Opinión

La Habana no tiene la profundidad institucional de Teherán, ni su cultura del martirio, ni su red de proxies, ni la narrativa religiosa que sacraliza la resistencia

El presidente cubano Miguel Díaz-Canel lidera un ejercicio de defensa nacional.
En La Habana no hay mártires potenciales porque no hay causa trascendente que justifique el martirio. / X/@presidenciadecuba
Rolando Gallardo

23 de mayo 2026 - 11:12

Alicante (España)/Cuando el secretario de Estado Marco Rubio publicó el pasado 20 de mayo un vídeo de cinco minutos dirigido directamente a los ciudadanos cubanos —no al régimen— y el Departamento de Justicia anunció ese mismo día la imputación penal de Raúl Castro por el asesinato de cuatro aviadores en 1996, Washington envió una señal que va más allá de la retórica habitual. La tensión entre Estados Unidos y Cuba alcanza su punto más alto desde la crisis de los misiles de 1962. Pero quien busque en el expediente iraní la hoja de ruta para entender lo que puede ocurrir en La Habana comete un error de diagnóstico que podría resultar, en términos estratégicos, muy costoso.

El presidente cubano Miguel Díaz-Canel respondió desde su cuenta de X con una advertencia que recorrió todas las agencias: una intervención militar "provocará un baño de sangre de consecuencias incalculables". En los despachos de análisis de Washington, la frase resonó a ecos de Teherán. Los paralelismos, sin embargo, son superficiales. Bajo ellos late una diferencia estructural que lo cambia todo.

El régimen iraní puede perder a sus hombres visibles y seguir funcionando porque la maquinaria tiene vida propia

Durante años, la estrategia combinada de Israel y Estados Unidos apostó por la llamada decapitación quirúrgica: la eliminación sistemática del liderazgo del régimen de los ayatolás bajo la premisa de que, sin cabeza, el sistema colapsa. El asesinato del general Qasem Soleimani en enero de 2020 fue su ejemplo más dramático. El resultado fue el opuesto al esperado.

La razón es doctrinal. En el chiismo duodecimano, el mártir no representa una derrota sino una elevación espiritual. Cada dirigente eliminado genera un sucesor más radicalizado que convierte esa muerte en el fundamento de su propia legitimidad. Matar a un líder iraní es, dentro de esa lógica, producir propaganda para el régimen. La cadena de mando no se rompe: se sacraliza.

A ello se suma que el sistema político iraní posee una arquitectura institucional real. El Consejo de Guardianes y el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica operan con lógica propia, independiente del rostro que ocupe la cúpula en cada momento. El régimen puede perder a sus hombres visibles y seguir funcionando porque la maquinaria tiene vida propia. Irán es, en ese sentido, un Estado con profundidad.

Lo que existe en la Isla no es un sistema político con instituciones autónomas sino una estructura de poder personal construida alrededor de una sola familia

Cuba no tiene esa profundidad. Lo que existe en la Isla no es un sistema político con instituciones autónomas sino una estructura de poder personal construida alrededor de una sola familia durante seis décadas. Los Castro no son una parte del régimen: son su fuente de legitimación. Todo lo demás —Díaz-Canel, el Consejo de Ministros, la cúpula militar— existe por designación, no por mérito ni por doctrina. Cuando desaparece quien designa, los designados quedan suspendidos en el vacío.

En La Habana no hay mártires potenciales porque no hay causa trascendente que justifique el martirio. El Partido Comunista Cubano lleva décadas sin ofrecer ninguna narrativa espiritual ni ideológica coherente. La revolución sobrevive únicamente en la propaganda; la cúpula la abandonó hace tiempo en la práctica, acumulando dólares y frecuentando tiendas en divisas al margen de las carencias que predica para el pueblo. Gaesa —el holding empresarial de las Fuerzas Armadas que, según señaló Rubio, controla el 70 por ciento de la economía cubana— no es el instrumento de una ideología. Es el mecanismo de enriquecimiento de una oligarquía.

Morir por la patria es parte del alma histórica cubana. Morir por una secta política aferrada al poder y a sus cuentas en el exterior, no. Ese verso no aparece en el Himno de Bayamo.

Una operación aérea y de fuerzas especiales orientada a neutralizar la cúpula podría ejecutarse desde tierra firme estadounidense sin necesidad de una flota expedicionaria

Quienes descarten una acción militar citando el precedente iraní ignoran que la geografía del problema es radicalmente distinta. Irán es un Estado continental de 1,6 millones de kilómetros cuadrados con enorme profundidad estratégica, capacidad de respuesta asimétrica en múltiples teatros y una red extensa de proxies regionales. Cuba es una isla de 110.000 kilómetros cuadrados rodeada por infraestructura militar norteamericana en todas las direcciones.

La Base Aérea MacDill en Tampa —sede del Comando Central y del Comando de Operaciones Especiales— está a menos de 500 kilómetros de La Habana. Puerto Rico concentra cuatro instalaciones operativas con capacidad de proyección directa sobre el oriente de la isla. Y dentro de la propia Cuba, la base naval de Guantánamo —117 kilómetros cuadrados con pista capaz de operar cualquier aeronave militar— constituye ya una cabeza de playa establecida en el extremo suroriental del territorio.

Una operación aérea y de fuerzas especiales orientada a neutralizar la cúpula de mando podría ejecutarse desde tierra firme estadounidense sin necesidad de una flota expedicionaria de gran calado. El desembarco en aeropuertos y puertos estratégicos —diseñado para asegurar infraestructura crítica y cortar líneas de suministro, no para combatir en las ciudades— no requiere, en una primera fase, el tipo de combate urbano que convirtió Faluya o Mosul en pesadillas políticas para Washington.

El liderazgo carismático que durante cuarenta años sostuvo la cohesión ideológica de la revolución murió con Fidel Castro en 2016

Hay una variable que diferencia el caso cubano de cualquier intervención militar reciente de Estados Unidos: la relación afectiva entre el pueblo cubano y el país que se supone debería ser su enemigo.

Para millones de cubanos en la Isla, Estados Unidos no es una potencia extranjera hostil. Es el destino al que aspiran, la familia que les envía remesas para sobrevivir, el lugar donde viven los hijos, los hermanos, los padres. Ese vínculo ha convertido al dólar —el símbolo por excelencia del enemigo capitalista según la propaganda oficial— en la única moneda que garantiza la supervivencia cotidiana en La Habana.

El liderazgo carismático que durante cuarenta años sostuvo la cohesión ideológica de la revolución murió con Fidel Castro en 2016. Lo que quedó fue una burocracia sin carisma, sin proyecto y sin capacidad de dar nada a la población. A esta altura de la crisis —apagones de hasta veintidós horas, escasez de combustible, inflación desbocada, éxodo masivo— la pregunta no es si los cubanos recibirán a un interventor extranjero con hostilidad. La pregunta, incómoda pero pertinente, es cuántos lo recibirían como los cubanos de 1898 esperaban a los marines: como una salida.

Washington enfrentará una decisión que sus predecesores esquivaron durante sesenta años

Nada de lo anterior significa que una intervención sea inminente ni que sea la opción elegida. La estrategia actual —sanciones sobre Gaesa, imputación penal de Raúl Castro, presión financiera, mensaje directo a la ciudadanía— describe una arquitectura de deslegitimación gradual que busca que el régimen se derrumbe desde dentro antes de que sea necesario empujarlo desde fuera.

Pero si ese cálculo falla y el régimen logra sostenerse en un estado de crisis permanente gestionada —el escenario más probable a corto plazo, según varios analistas—, Washington enfrentará una decisión que sus predecesores esquivaron durante sesenta años. Y en ese momento, mirar a Irán para entender Cuba puede resultar el error conceptual más caro de la temporada.

Cuba no tiene la profundidad institucional de Irán, ni su cultura del martirio, ni su red de proxies, ni la narrativa religiosa que sacraliza la resistencia. Lo que tiene es una oligarquía sin relevo, una población sin lealtades al régimen y una geografía que hace de la Isla el objetivo más accesible que ninguna potencia global haya contemplado en el siglo veintiuno. Esa combinación no garantiza el éxito de ninguna acción. Sí garantiza que quien la diseñe mirando el mapa equivocado llegará a las conclusiones equivocadas.

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