La Cumbre, un barrio de Matanzas donde las calles se quedaron en el siglo pasado

Matanzas

Los baches, las piedras y el polvo complican la vida cotidiana de los vecinos, que llevan décadas esperando unas reparaciones que nunca llegan

En algunas cuadras, las calles han perdido hasta la apariencia de calles. Son caminos de tierra, gravilla y piedras, salpicados de zanjas que las lluvias ensanchan y el abandono profundiza.
En algunas cuadras, las calles han perdido hasta la apariencia de calles. Son caminos de tierra, gravilla y piedras, salpicados de zanjas que las lluvias ensanchan y el abandono profundiza. / 14ymedio
Julio César Contreras

31 de octubre 2026 - 08:22

Matanzas/El sol de la mañana cae sobre las piedras sueltas y los restos de asfalto de La Cumbre, una barriada de Matanzas donde caminar exige tanta atención como atravesar un terreno accidentado. El rocío todavía humedece la hierba que crece a ambos lados de las calles, mientras las madres despiden a sus hijos con una advertencia que se repite cada día: cuidado con el hueco de la esquina, no vayan a llegar a la escuela con los zapatos llenos de fango.

En algunas cuadras, las calles han perdido hasta la apariencia de calles. Son caminos de tierra, gravilla y piedras, salpicados de zanjas que las lluvias ensanchan y el abandono profundiza. Entre casas de bloques, portones metálicos oxidados y cercas improvisadas, los vecinos avanzan sorteando obstáculos. Un hombre empuja una bicicleta por una pendiente pedregosa. Otro arrastra un carretón cargado de sacos, acompañado por un perro que parece conocer de memoria los desniveles del camino.

Entre casas de bloques, portones metálicos oxidados y cercas improvisadas, los vecinos avanzan sorteando obstáculos

"Cuando tengo que entrar y salir de mi cuadra sin poder montarme en la bicicleta, me parece que estoy viviendo en el campo y no dentro de la ciudad", protesta Argelio, mientras intenta controlar el manubrio que tiembla sobre las piedras. Para quienes dependen de bicicletas o ciclomotores, cada salida puede terminar con una goma ponchada, una caída o una visita al mecánico.

Aunque por allí pasa el camino más corto hacia la Vía Blanca, algunos tramos llevan décadas sin permitir el tránsito de vehículos de cuatro ruedas. "Hay lugares donde aún quedan pedazos de acera, pero en esta cuadra salimos directo a la hierba y a la tierra. Así no hay suela que dure seis meses", añade Argelio.

La Cumbre muestra también sus diferencias sociales. Junto a viviendas humildes, techadas con fibrocemento y rodeadas de maleza, aparecen construcciones de dos plantas, fachadas recién pintadas, rejas ornamentales y tanques de agua sobre las azoteas. Sin embargo, ni siquiera una casa confortable garantiza una entrada digna. Del portal hacia afuera, todos comparten el mismo paisaje de abandono.

Algunos tramos llevan décadas sin permitir el tránsito de vehículos de cuatro ruedas.
Algunos tramos llevan décadas sin permitir el tránsito de vehículos de cuatro ruedas. / 14ymedio

Freddy, un taxista privado, conoce bien esa contradicción. Cada mes paga el alquiler de un garaje situado a ocho cuadras de su vivienda porque su viejo Moscovich ya no puede llegar hasta la puerta. Las últimas veces que desafió los baches terminó en un taller de mecánica. Ahora, uno de los agujeros más problemáticos está precisamente frente a su casa.

El cuentapropista asegura que los sucesivos dirigentes del Gobierno han ignorado las reclamaciones del vecindario. Las reuniones de rendición de cuentas y las cartas enviadas a la oficina de Atención a la Población del Poder Popular Municipal no han conseguido devolverle el pavimento a La Cumbre.

"Quiero vender mi casa o permutarla, pero cuando los interesados vienen a ver el lugar, luego se desaparecen", lamenta Freddy. El deterioro de las calles también termina castigando el valor de las viviendas y las posibilidades de mudarse.

Cuando no llueve, los pocos vehículos que consiguen atravesar los tramos transitables levantan una polvareda que se cuela por puertas y ventanas. Cuando cae un aguacero, los huecos se convierten en pequeñas lagunas de fondo incierto. Los vecinos oscilan entre desear la lluvia para aliviar el polvo y temerla por el lodazal que deja.

Cuando no llueve, los pocos vehículos que consiguen atravesar los tramos transitables levantan una polvareda que se cuela por puertas y ventanas

"No hace mucho aquí al doblar la motorina resbaló en una zanja y tuve que reaccionar rápido, porque casi me caigo", recuerda una trabajadora social que mantiene las ventanas cerradas para impedir que la tierra invada su hogar.

La joven cuenta que, meses atrás, comenzaron a construir una vivienda en un solar vacío. Corrió entonces el rumor de que sería para un dirigente importante y algunos residentes se entusiasmaron. Quizás, pensaron, la llegada de un jefe conseguiría lo que años de quejas vecinales no habían logrado. Pero la ilusión se disolvió pronto cuando se supo que la vivienda no era para un funcionario.

"Mientras tanto, seguiremos esperando el plan del 2030 para que nos asfalten todo esto, que después se aplazará para el 2040 por el recrudecimiento del bloqueo", ironiza la mujer.

En La Cumbre todavía quedan quienes limpian cuidadosamente los adornos de sus repisas, barren sus portales y se ponen sus mejores zapatos para salir. Pero basta cruzar la puerta para que el empeño tropiece con la realidad. El barrio conserva su nombre de altura, aunque sus vecinos llevan demasiado tiempo esperando que las autoridades estén a la altura de sus necesidades.

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