Díaz-Canel pide auxilio al mundo mientras vuelve a declarar la guerra a Estados Unidos

26 de julio

El gobernante cubano convierte el acto por el 26 de julio en una larga arenga sin autocrítica, sin soluciones y aferrada a la retórica del enemigo externo 

El Gobierno apareció en la alocución como una víctima pasiva, sin capacidad de decisión sobre el país que gobierna. 
El Gobierno apareció en la alocución como una víctima pasiva, sin capacidad de decisión sobre el país que gobierna.  / Cubadebate
14ymedio

26 de julio 2026 - 12:33

La Habana/Miguel Díaz-Canel dedicó este domingo casi media hora a describir un país sin electricidad, sin medicamentos, con hospitales incapaces de realizar cirugías, industrias paralizadas y una mortalidad infantil en ascenso. Sin embargo, en el acto central por el 26 de julio, celebrado en Pinar del Río antes de que saliera el sol, el dirigente cubano eximió a su gobierno de cualquier responsabilidad y volvió a presentar el desastre nacional como una epopeya y la incapacidad oficial como una forma de heroísmo.

El tono quedó establecido desde el principio. Antes de pronunciar su propio discurso, Díaz-Canel leyó un mensaje de Raúl Castro, a quien presentó nuevamente como “líder de nuestra revolución”. La escena confirmó la debilidad simbólica de un presidente que, incluso en la principal ceremonia política del calendario oficial, necesita recibir la legitimidad del general retirado –y ausente– y actuar como transmisor de sus palabras. Frente a él, el público se veía desganado, con pocos gestos de entusiasmo y una atención más cercana al cumplimiento del ritual que a la adhesión política. 

A partir de ahí, el gobernante recurrió al repertorio más gastado de la propaganda. Aseguró que Cuba libra “un nuevo Moncada” contra una política estadounidense destinada a asfixiar al país, y comparó las actuales penurias con el asalto de 1953. La diferencia es que aquella acción, pese a su fracaso militar, tenía un objetivo concreto, mientras que el “Moncada” de Díaz-Canel carece de estrategia, plazos y desenlace posible. Es una batalla infinita, útil para justificar cualquier privación y aplazar indefinidamente la rendición de cuentas.

Nunca un discurso oficial había resumido con tanta crudeza el fracaso del modelo

La continuidad del tono belicoso contra Estados Unidos ocupó buena parte de la intervención. Díaz-Canel acusó a Washington de librar una “guerra mundial contra las izquierdas”, comparó a los funcionarios del Departamento de Estado con autoridades medievales y ocupantes nazis, y presentó las sanciones como parte de un plan genocida.

La inflación verbal llegó a tal punto que todos los conceptos quedaron vaciados de significado. Fascismo, colonialismo, nazismo, genocidio, supremacismo y guerra mundial fueron utilizados como piezas intercambiables de una misma arenga. 

La parte más patética del discurso fue precisamente aquella en la que Díaz-Canel pretendió demostrar los efectos del embargo. El gobernante reconoció apagones de más de un día, la paralización de industrias, la afectación a decenas de miles de trabajadores, muertes por falta de medicamentos, más de 100.000 cirugías sin realizar y 118.000 pacientes de cáncer obligados a recibir tratamientos de segunda o tercera línea. También admitió que la mortalidad infantil había subido hasta 9,3 por cada 1.000 nacidos vivos.

La desesperación oficial se hizo más evidente cuando el discurso se convirtió en un pedido de auxilio a los aliados internacionales del régimen

Nunca un discurso oficial había resumido con tanta crudeza el fracaso del modelo. Sin embargo, la enumeración no estuvo acompañada por una sola explicación sobre las decisiones internas que condujeron hasta ese punto. No hubo una referencia a las inversiones millonarias en hoteles mientras se deterioraba el sistema eléctrico, a la improductividad agrícola, al monopolio de los conglomerados militares, a la emigración masiva de profesionales, a la inflación, a la dolarización o al colapso de los servicios públicos. El Gobierno apareció en la alocución como una víctima pasiva, sin capacidad de decisión sobre el país que gobierna. 

El gobernante tampoco formuló un proyecto de futuro. Cuando llegó el momento de explicar qué piensa hacer el Ejecutivo, se refugió en frases burocráticas sobre “saneamiento macroeconómico”, “transformaciones profundas”, estímulos a trabajadores y campesinos, nuevas formas de gestión y espacios para una inversión “responsable”. Más que un programa económico, ofreció un catálogo de deseos.

La desesperación oficial se hizo más evidente cuando el discurso se convirtió en un pedido de auxilio a los aliados internacionales del régimen. Díaz-Canel agradeció a movimientos sociales, grupos parlamentarios, organizaciones europeas, gobiernos del sur global y activistas estadounidenses que mantienen su respaldo a La Habana. También exaltó a quienes viajan a la Isla con ayuda y presentó su solidaridad como un acto de coraje frente a las presiones de Washington.

Después de reconocer muertes evitables, enfermos sin tratamientos y jornadas enteras sin electricidad, la apelación a la alegría sonó menos como una descripción que como una orden

El agradecimiento tuvo menos de celebración que de súplica. El régimen necesita que sus defensores en el extranjero multipliquen las campañas, aporten recursos, presionen a sus gobiernos y mantengan vivo un relato internacional que se debilita a medida que la crisis cubana resulta más difícil de atribuir exclusivamente al embargo.

Díaz-Canel llegó incluso a equiparar la situación de Cuba con las guerras de Gaza, Líbano e Irán y advirtió que hoy le toca a la Isla y mañana puede ser cualquier otra nación. La arenga también dedicó un espacio a la “alegría del pueblo cubano”, que el mandatario presentó como otra respuesta a la asfixia económica. Después de reconocer muertes evitables, enfermos sin tratamientos y jornadas enteras sin electricidad, la apelación a la alegría sonó menos como una descripción que como una orden. El ciudadano debe sufrir, resistir y además mostrarse optimista para no dar satisfacción al adversario.

El discurso terminó con los mismos llamamientos a la unidad, la producción, la sustitución de importaciones y la confianza en las propias fuerzas que el castrismo repite desde hace décadas. A los jóvenes, muchos de los cuales han abandonado el país o planean hacerlo, Díaz-Canel solo pudo ofrecerles el papel de “herederos” del centenario de Fidel Castro.

Después de varios vivas a Raúl Castro, a Díaz-Canel y al Partido Comunista, un pinareño pareció hartarse de la liturgia y gritó, saliéndose del guion: “¡Y que viva el pueblo pinareño!”. La ocurrencia provocó risas en el auditorio y desmontó en un instante la pomposidad y la hipocresía de todas las consignas anteriores.

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