“El dominó está cerrado” para los pequeños negocios de Matanzas
Comercio
Entre mercancías cada vez más caras, clientes empobrecidos y precios topados, muchos comercios privados trabajan con márgenes mínimos o sobreviven gracias a las remesas
Matanzas/Cuando los sillones desaparecieron del portal y en su lugar Milagros colocó dos estantes de madera, creyó que había encontrado una manera de apuntalar la economía familiar sin salir de casa. En Pueblo Nuevo, Matanzas, donde el trasiego de vecinos garantiza miradas constantes hacia cualquier mostrador, empezó con confituras, productos de aseo y algunas mercancías básicas. Siete años después, los anaqueles siguen allí, pero la ilusión inicial se ha ido encogiendo casi al mismo ritmo que las compras de sus clientes.
“Mi hermana, que vive en el extranjero, me aportó una ayuda inicial de 200 dólares que, para el año 2019, permitían abrir un negocio pequeño”, recuerda. Ahora, tras años detrás del mostrador, Milagros se debate entre continuar o cerrar temporalmente. “Desde hace tiempo apenas logro recuperar lo invertido en la compra de mercancías”.
La escena se repite por Matanzas. Portales convertidos en cafeterías, garajes transformados en comercios y ventanas protegidas por rejas que funcionan como mostradores exhiben refrescos, paquetes de galletas, latas de conserva y pomos de mayonesa. La mercancía está ahí, pero los clientes llegan a cuentagotas. Algunos preguntan precios y siguen de largo; otros compran una sola cosa.
Milagros explica la aritmética que la asfixia. “Los precios de todos los productos en las mipymes que importan están subiendo constantemente. El paquete de espaguetis, por ejemplo, ahora me cuesta 100 pesos más que el mes pasado, lo que equivale a 50 pesos menos de ganancia”. A eso se suma una clientela cada vez más empobrecida. “La gente está comprando lo imprescindible para sobrevivir. Antes de comprar galletas, los padres tienen que ponerle aunque sea un huevo hervido en el plato a sus hijos”.
La reciente política de precios ha añadido otra dosis de incertidumbre. En junio, el Gobierno eliminó los topes nacionales que desde 2024 pesaban sobre cinco alimentos importados, entre ellos el pollo y el aceite, después de admitir que la medida no había logrado contener la inflación y había contribuido al desabastecimiento. Sin embargo, en Matanzas las autoridades han vuelto a apretar las clavijas sobre los pequeños negocios y ha reintroducido los precios máximos. También se han multiplicado los controles locales, con amenazas de multas de hasta 60.000 pesos e incluso la clausura para quienes rechacen los pagos electrónicos. La ofensiva ha llegado al extremo de estrenar una consigna para los inspectores: “¡La inspección territorial, un arma de la Revolución!”
Para comerciantes como Milagros, cada disposición termina chocando con una realidad elemental: pueden limitarle el precio de venta, pero nadie le garantiza a cuánto podrá comprar mañana la mercancía. Las ventas de su pequeño negocio, incluso con la inflación, están “bastante por debajo de los 5.000 pesos diarios”, menos de ocho dólares. Después de la pandemia tuvo que prescindir de la trabajadora que había contratado. “La suerte es que como estoy en mi casa, no tengo que pagar alquiler”.
A unas calles, Mariano conoce bien ese otro gasto. Tiene 71 años y ha vendido mercancías desde aquellos tiempos en que “merolico” era una palabra pronunciada con desprecio oficial. “Nunca pasé tanto trabajo como ahora para obtener mercancía”, asegura.
En su local, algunos productos parecen esperar indefinidamente por un comprador. Mariano intenta bajar los precios hasta rozar la ganancia mínima, pero sabe que lo que tiene mejor salida es la comida. Ha pensado aprovechar una buena nevera para vender cárnicos y huevos, aunque los apagones convierten cualquier inversión en refrigeración en una apuesta peligrosa. “He pensado mucho a ver cómo salgo de esta situación y la verdad es que el dominó está cerrado”.
Desde hace tres meses Mariano paga a su empleada con parte del dinero que le envía su hijo desde Estados Unidos. El negocio, concebido para producir ingresos, sobrevive ahora gracias a una remesa. Solo el alquiler del garaje le cuesta 30.000 pesos mensuales. Perfumes, desodorantes y otros artículos permanecen inmovilizados en los estantes, capital atrapado que no consigue convertirse nuevamente en efectivo.
“Si no fuera porque lo que gano de jubilación no me alcanza ni para empezar una semana, vendería lo que queda, incluyendo los exhibidores, y me iría a descansar para mi casa”, confiesa.
En los portales de Pueblo Nuevo todavía quedan mostradores improvisados detrás de balaustradas y rejas. Hay latas alineadas con esmero, panes colgados en bolsas transparentes y pequeños carteles de pago electrónico, que muchas veces solo son para complacer a los inspectores. Lo que escasea es el comprador capaz de sostener esa red de comercios mínimos.
Milagros mira sus estantes y piensa en aquella nueva ayuda que su hermana quería enviarle para relanzar el negocio. Prefirió detenerla. “Con lo malas que están las cosas es mejor no ponerse a hacer compras que terminan estancadas”.
Mariano lo resume con menos palabras y ninguna esperanza empresarial: “Esto no se trata de una mala racha, ni de que el lugar no es bueno para ese tipo de ventas. Lo que sucede es que los cubanos estamos tocando fondo”.