Dormir también es un privilegio en La Habana
Crónicas de La Habana
Mientras cientos hacen cola para irse del país después de noches en vela, emerge una clase capaz de blindarse de los apagones y dormir a pierna suelta
La Habana/Todo el mundo habla de lo mismo en la calle. "Anoche no pude dormir ni una hora", le cuenta una joven a una anciana que se cruza mientras camina por la Calzada del Cerro. Yo voy detrás, con ese paso torpe del que pasó la madrugada en vela, la anterior apenas pegué un pestañazo y la de más arriba tuve, si acaso, un par de horas de sueño. La vigilia a la que obliga la mezcla de apagones y calor nos pesa a todos en esta ciudad.
Antes de las cinco de la mañana de este martes ya me he tomado un par de tazas de café. A las siete tengo los ojos abiertos como platos y salgo a la calle, pero me equivoco al doblar a la derecha en Rancho Boyeros, en lugar de seguir recto, y termino en los talleres de trenes de Ciénaga. Atravieso la avenida y decido seguir a pie hasta la Esquina de Tejas. Los robles están florecidos en toda la ciudad, así que a cada paso me topo con un tapiz de pétalos en el suelo. Una alfombra mullida que me revuelve los bostezos. Solo pienso en almohadas, cobijas y en una habitación fresca para roncar por largas horas.
El dueño del Ecoflow más potente, de la batería más duradera y del generador con más combustible es ahora el 'maceta' del barrio.
Varias cuadras antes de llegar a la oficina de la Dirección de Migración y Extranjería, veo la muchedumbre. Son decenas, muy probablemente cientos, de personas que han amanecido en el lugar para solicitar un pasaporte. El éxodo sigue imparable. Una mujer alardea frente a otros de que ella pasó la noche en casa de un amigo que tiene generador eléctrico y que durmió "a pierna suelta y con aire acondicionado". Las miradas que le regresan los que escuchan sus bravuconerías son como flechas envenenadas.
La nueva clase que emerge es la que puede aislarse de los apagones y entrar en la etapa de sueño profundo, indispensable para la recuperación física. La gente con recursos ya no se detecta tanto por la ropa de marca, el auto que conduce o las bebidas con las que brinda. Ahora la fractura social más honda está entre quienes pueden contar con un suministro energético que les permita descansar durante las madrugadas, y los que viven ese momento del día entre picadas de mosquitos, sudor y sobresaltos.
En la cara llevamos nuestro estatus. Con largas ojeras aquella señora; seguro que no tiene ni un ventilador recargable para refrescarse en la oscuridad. Con bolsas abultadas debajo de los ojos aquel joven; probablemente vive en una cuartería sin ventanas y tiene un niño pequeño al que abanicar toda la noche. Con mejillas que no están rematadas por una mancha oscura en su parte superior; ahí tenemos al nuevo rico. El dueño del Ecoflow más potente, de la batería más duradera y del generador con más combustible es ahora el maceta del barrio.
Llego hasta la Esquina de Tejas. Los bancos del parque en los bajos de los dos edificios de 20 plantas están llenos de familias. Algunos niños duermen cuan largos son sobre el granito, mientras las madres baten un cartón cerca de su cuerpo. Estas torres, que veo desde mi casa, pasan buena parte de las noches a oscuras. Cuando siento que a mi bloque eléctrico lo maltratan más que al resto, basta mirar al horizonte hacia las ventanas de estos edificios apagados, para recordarme que en esta ciudad siempre hay alguien que puede estar peor, mucho peor.
Doblo por la calle Infanta. En varios centros de trabajo estatales han dado la orden de que limpien el pedazo de suciedad que tienen frente a su fachada. Así que hay varios empleados escoba y recogedor en mano quitando un papel aquí, unos cartones allá, en medio de una avenida repleta de inmundicias. Cuando el sol comienza a picar se guarecen en las oficinas con cierto gesto de deber cumplido, mientras afuera las montañas de basura siguen dominando el panorama. Uno de los entusiastas limpiadores ha olvidado el cesto con los desechos acumulados que un carretillero vuelca sin querer y todo vuelve a caer en la vía pública.
Le compró un poco de café a una vendedora callejera. Nunca consumo el producto después de las ocho de la mañana para evitar posteriores problemas con el sueño nocturno, pero a quién le importa un poco más de cafeína en una ciudad donde, de todas formas, no se puede dormir. La pequeña dosis viene con azúcar incluida, pero me da igual, solo quiero espabilarme y llegar a mi destino. Alcanzo el Parque de la Normal.
En una esquina, una mujer se ha quedado dormida recostada al tronco de un árbol. Es un roble. Las flores han seguido cayendo y tiene los hombros, la falda y la bolsa cubierta de esos pétalos tan frágiles que se malogran nada más desprenderse.