La fatiga apenas permite disfrutar los ‘alumbrones’ en La Habana
Crónicas de La Habana
Un amigo de la infancia me asegura que esto es como cuando el ojo del ciclón nos pasa por encima y parece que ha llegado la calma
La Habana/Hace días que no escucho a Carusso. El gallo del barrio ha dejado de cantar en mitad de la madrugada, con su cacareo descoordinado y que comenzaba mucho antes de que saliera el sol. ¿Habrá terminado finalmente en una cazuela? Me asomo al borde de la azotea y veo lucecitas aquí y allá. Ni un solo hueco de apagón en toda La Habana que me queda a la vista. Eso me preocupa más que el destino del pollo impertinente de la cuadra. ¿Qué vendrá después de tanta electricidad?, me pregunto.
Dicen que quienes han vivido una guerra, pueden sufrir lo que se conoce como "fatiga de combate". El agotamiento físico y mental, la desorientación y la ansiedad conforman el trauma del soldado que ha experimentado una batalla. Pero aquí nada ha terminado, esto es apenas una breve tregua. Un amigo de la infancia me asegura que esto es como cuando el ojo del ciclón nos pasa por encima y parece que ha llegado la calma. La gente se confía y sale de su casa, pero poco después llega la pared del huracán con los peores vientos y los tornados más extremos.
Tampoco es que hayamos tenido tiempo para bajar la guardia, porque ahora tenemos electricidad, pero nos falta el agua. En Cuba, siempre hay que mantener un pie en la trinchera de la precariedad. La pasada madrugada tuve que velar el sonido de las tuberías. "¿Se siente algo?", me preguntó mi esposo a las tres de la madrugada. Me levanté, revisé, pegué el oído al grueso tubo que llega desde el inmenso tanque del edificio sobre nuestras cabezas. "Nada todavía". Intenté dormir, pero cada vez que cerraba los ojos sentía un gorgoteo de riachuelo que me despertaba.
Intenté dormir, pero cada vez que cerraba los ojos sentía un gorgoteo de riachuelo que me despertaba
Mi amigo Abel, empleado en una entidad estatal, me ha asegurado que esta vez no va a ir a la enésima convocatoria de recogida de firmas para "defender la patria". Era apenas un adolescente cuando aquella "momificación constitucional" de 2002 que hizo del socialismo una opción irrevocable en este país. Por los siglos de los siglos, se supone que los cubanos paguemos la carga de aquellas presiones y de aquellas máscaras. Toda dictadura tiene ansias de perpetuidad y el castrismo cree que con garabatear sobre papeles comprará el "hasta siempre".
En el edificio de mi amigo, muchos de los que firmaron en aquella ocasión a favor del régimen se fueron ya del país. Un vecino, especialmente furibundo, que criticó a otros por no ir temprano a poner su rúbrica en el improvisado libro, que no tenía ni la categoría de boleta electoral ni los membretes oficiales que le corresponden a un referéndum, es ahora empresario en Florida y se queja de que en la Isla no seamos lo suficientemente valientes como para sacudirnos una dictadura.
Pero el coraje, como la estampida oportunista, también empieza un día. La semana pasada la hija de mi amigo se fracturó una pierna. El calvario que vivió la familia, la cantidad de "millas" (billetes de mil pesos cubanos) que tuvieron que soltar en el camino para que la niña fuera atendida con cierta dignidad y tuviera los analgésicos necesarios, hicieron que Abel dijera "hasta aquí". Ahora está "con el muerto atravesado" en los ojos, como dicen los viejitos que piden dinero en las calles y recuerdan refranes que ya hemos olvidado. O sea, a mi amigo le da lo mismo ocho que ochenta; un homenaje que un mitin de repudio.
A mí nadie me pregunta si voy a ir a firmar. A los locos, los bebés y los gusanos nadie nos pide que estampemos nuestro nombre en nada
En su centro de trabajo han convocado a firmar en un acto solemne donde se supone que se defiende la nación, pero solo se está validando al Partido único, al clan familiar que nos controla y a una ideología vetusta que frena el potencial de millones de cubanos. Abel asegura que no irá. Pero me temo que las presiones y su plan de emigrar lo hagan ceder. Imaginarse "regulado", como tantos activistas y periodistas independientes impedidos de salir del país, puede terminar quebrándolo.
A mí nadie me pregunta si voy a ir a firmar. A los locos, los bebés y los gusanos nadie nos pide que estampemos nuestro nombre en nada. Probablemente mi ausencia ni siquiera será contada, porque en esta Isla los listados de votantes y firmantes tienden a ajustarse a los asistentes mientras se escamotean las abstenciones. En mi edificio también se han ido del país, a raudales, los que firmaron aquella momificación constitucional. Muchos de los que votaron por la actual Constitución tampoco viven ya en Cuba.
Los gusanos a veces somos obstinados y nos quedamos. Un cartel en un muro de El Vedado resume toda esta historia. En la calle G, entre 13 y Línea, alguien ha garabateado por estos días dos palabras que lo resumen todo: "Puta firma". ¿Qué importa quién vaya y quién no a dejar su marca en esas listas? ¿Qué relevancia tiene que ahora haya electricidad si en pocos días nos volverá a tragar la oscuridad? ¿Hay acaso algo más importante que el sonido del agua cuando todas las cañerías están secas?