En Guanabacoa, el huevo llega escoltado por policías y no alcanza para todos
Cuba
El cartón se vende a 900 pesos, mientras en la calle su precio ronda los 2.800
La Habana/Todavía el camión no ha abierto del todo este sábado y ya la hilera dobla junto a la tapia que, a duras penas, se mantiene en pie. La escena se repite cada vez que aparece la venta en San Juan Bosco, entre Delicias y Barreto Este, en el municipio habanero de Guanabacoa. Sobre el asfalto hay papeles, bolsas y marcas invisibles de otras esperas. Parece un caos, pero se trata de algo muy simple: la cola del huevo.
En Cuba, decirlo así, en singular, no es exagerado. Es como si se tratara de una figura mística que, cada cierto tiempo, hace una aparición milagrosa. Cuando llega el huevo, se arma la misma estampida de siempre. Los cuerpos se colocan antes que la mercancía. Primero corre el rumor, luego la gente marca, después aparece el vehículo; pero para entonces ya todos tienen que estar listos horas antes de que el producto se deje ver. Y entre una cosa y la otra se van la mañana y la paciencia.
Todo ocurre en la esquina del Anfiteatro, conocida también por otro motivo menos noble: el vertedero famoso que queda frente a la escuela de música y la primaria, el mismo punto donde suelen montar las ferias. Allí, en ese tramo donde conviven la basura, los niños y el comercio improvisado, el prodigio hace su aparición.
Aun con policías y restricciones, más de la mitad de los que esperan se quedará sin huevo
Esta vez hay uniformados en el lugar. Dos agentes se mueven cerca de la fila, junto al camión, atentos a que nadie se cuele y a que el desorden no termine en bronca. La última vez que vino el huevo hubo pleitos, discusiones y hasta empujones. La necesidad también pierde los modales cuando la diferencia entre comprar y no hacerlo puede medirse en los estómagos de una familia.
El cartón se vende a 900 pesos, toda una ganga. En la calle, el mismo cartón ronda los 2.800. Se dice fácil, pero la cifra supera la pensión mensual promedio de un jubilado. La distancia entre un precio y otro refleja con bastante exactitud la pobreza. En una economía donde casi todo falta, cualquier resquicio se convierte en oportunidad de negocio. Por eso, al principio, algunos se llevaban varios cartones. Ahora solo permiten uno por persona. Aun así, con policías y restricciones, más de la mitad de los que esperan se quedará sin huevo.
La cola lo sabe, y esa es quizá la parte más dura. Nadie ignora que puede perder el tiempo y quedarse “en esa”. Así le pasó a Mercedes la semana anterior. Se despistó, llegó tarde y ya no quedaba nada. “La gente marca antes de que llegue el camión. Si ese fin de semana no apareció, mala suerte. Si llegó y uno se enteró tarde, peor”, confiesa a este diario. En cuestión de minutos se esfuma una mercancía que en cualquier país medianamente normal se compra sin protocolos, sin testigos y sin agentes del orden. Aquí no. Aquí el huevo baja de un camión como si fuera un personaje famoso.
Ni la proximidad ni la espera aumentan el número de cartones de huevos
En la fila hay niños. Ese detalle, este 4 de abril, pesa más de lo que parece. Es el Día de los Pioneros, una fecha que durante años se llenó de matutinos, pañoletas, propaganda, consignas y promesas de futuro. Pero en esta calle el futuro se reduce a la próxima comida. Los niños miran, se aburren, corren un poco y regresan al lado de los adultos. Crecen así, entre colas, aprendiendo a “marcar”, “alcanzar”, “resolver” y “guardar turno”.
La puerta trasera del camión se abre, se alcanza a ver la mercancia, y la gente se pega un poco más, como si acercarse pudiera multiplicar la cantidad de huevos. Pero ni la proximidad ni la espera aumentan el número de cartones. La matemática es simple y cruel. Hay menos oferta que necesidad.
“Esto es lo real maravilloso”, dice otra vecina que, tal vez, nunca leyó a Alejo Carpentier ni conoce El reino de este mundo. Pero “maravilla” no parece la palabra precisa para nombrar la realidad del cubano común. En San Juan Bosco, en Guanabacoa, el futuro cabe en un cartón de huevos.