En Guantánamo, ver bien se ha convertido en un lujo ante el desabastecimiento de las Ópticas estatales

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Frente a ese vacío, el mercado privado ocupa el lugar del entramado oficial

Las pocas ópticas estatales que siguen abiertas funcionan más como decorado urbano que como servicio real.
Las pocas ópticas estatales que siguen abiertas funcionan más como decorado urbano que como servicio real. / Captura de pantalla
14ymedio

30 de noviembre 2025 - 11:01

Guantánamo/En Guantánamo, la palabra "Óptica" se pronuncia últimamente con un dejo de ironía o de nostalgia. Como si se hablara de un servicio que existió en otro tiempo —más imperfecto que eficiente, pero al menos existente— y que hoy sobrevive solo como un cartel en una fachada. En las calles del centro, donde el sol rebota sin piedad las aceras, cada vez más personas caminan frunciendo el ceño, sosteniendo el móvil a centímetros de la nariz o usando espejuelos remendados con cinta adhesiva. 

La falta de cristales y armaduras en las ópticas estatales compromete la calidad de vida de quienes llevan años a la espera de poder actualizar sus espejuelos, hacerse con unos lentes de contacto o adquirir unas gafas graduadas que le permitan caminar por las calles sin achinar los ojos ante el resplandor.

Frente a una de las ópticas cerradas, una mujer de unos sesenta años sostiene unas monturas rotas y afirma con resignación: "Vengo cada vez que puedo a ver si los han abastecido pero nada", cuenta a 14ymedio. "A veces no tienen marcos y la mayor parte del tiempo no tienen material para la graduación que yo llevo, que soy miope".

Un hombre con uniforme de trabajo asegura que lleva meses intentando cambiar sus cristales: "Me dicen que vuelva en dos o tres semanas a ver si llegó el suministro pero eso me lo dicen desde agosto del año pasado". La escena, repetida en varios puntos de la ciudad, muestra locales clausurados, vitrinas vacías y empleados que solo pueden ofrecer disculpas.

No hay cristales, no hay monturas, no hay tornillos, no hay bisagras

"Hay dos en esta zona donde solo quedan los custodios porque llevan tanto tiempo sin materiales que ya ni los otros empleados van a trabajar, hay uno de esos locales que lo entregaron incluso como vivienda", lamenta el cliente que necesita los espejuelos "para leer y ver de cerca". Su solución por el momento: usar los de su esposa que, aunque no tienen la misma medida, al menos "sirven para no cortarse un dedo con un cuchillo".

En Guantánamo, las pocas ópticas estatales que siguen abiertas funcionan más como decorado urbano que como servicio real. Los muebles están, también los estuches y los espejos, pero carecen de lo esencial: no hay cristales, no hay monturas, no hay tornillos, no hay bisagras. Una mujer señala la puerta de un establecimiento que alguna vez fue referente en la ciudad: "Esto aquí está cerrado hace rato. Quitaron los equipos. A la gente le dicen que vaya a otro municipio, pero en ninguno hay".

Ante ese vacío, el mercado privado ocupa el lugar del entramado oficial. Basta entrar en cualquier grupo de compraventa de la zona para ver un catálogo casi interminable de monturas modernas, colores llamativos, diseños infantiles y lentes "para ver de cerca" o "para leer". 

La abundancia contrasta con la penuria estatal, pero viene con un precio exorbitante: unos simples espejuelos de +1.75, superan en Guantánamo los 900 pesos. Si tienen mejor calidad o un mayor aumento, pueden llegar a 1.800 o 2.000 pesos. El salario promedio nacional ronda los 6.500 pesos mensuales, así que un trabajador debe destinar entre el 15% y el 30% de su ingreso solo para ver con nitidez lo que tiene delante.

"Yo hago magia", dice uno de estos técnicos particulares entre risas, "pero milagros no"

"Yo trabajo cosiendo, ¿cómo hago sin espejuelos?", pregunta una mujer que muestra con orgullo un par que le trajo una sobrina desde Jamaica. Otros testimonios coinciden: "Todo el mundo depende de los que viajan", "si no tienes familia afuera, estás perdido", "ver bien es un lujo ya".  

Para quienes no pueden pagar un par nuevo, la salvación está en manos de los reparadores: artesanos del detalle, guardianes de una habilidad casi ritual. En Guantánamo sobreviven pocos, casi siempre hombres mayores que trabajan en mesas diminutas, rodeados de lupas, tornillos reciclados y herramientas gastadas. Ellos pueden enderezar una pata, poner un pedazo de alambre donde se rompió la bisagra, o apretar lo que esté flojo. Pero fabricar unos lentes desde cero requiere maquinaria que solo tiene el Estado. "Yo hago magia", dice uno de estos técnicos particulares entre risas, "pero milagros no".

La crisis tiene consecuencias que no siempre se ven. No poder usar espejuelos afecta la productividad, el aprendizaje, la seguridad. Una maestra jubilada explica que muchos adultos mayores dejan de leer o hacer otras actividades por falta de lentes y que eso los "apaga". Otros mencionan dolores de cabeza frecuentes, tropiezos al caminar, dificultad para realizar tareas básicas. En una ciudad donde muchas personas trabajan en labores manuales, la incapacidad para enfocar correctamente se convierte en una barrera económica.

Mientras, en las calles de Guantánamo se ve gente guiñando los ojos, ampliando las letras del teléfono al máximo o usando monturas remendadas con cinta adhesiva. Para los que no pueden pagar los altos precios de los espejuelos en el mercado informal, la ciudad se va volviendo un paisaje borroso.

En Guantánamo, ver bien se ha convertido en un lujo ante el desabastecimiento de las Ópticas

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