San José de las Lajas
"Hoy tampoco vino el médico"
San José de las Lajas
San José de las Lajas/El pasillo del Policlínico Felo Echezarreta, en San José de las Lajas, devuelve el eco de conversaciones a media voz, suspiros largos y algún que otro reclamo que se apaga antes de llegar al fondo del corredor. Desde temprano, varias personas se agrupan alrededor de un buró estrecho, improvisado punto de información, donde una enfermera escucha lo mismo una y otra vez sin tener ya respuestas nuevas.
La mujer apenas levanta la vista cuando alguien pregunta por el reumatólogo. Ya sabe que no vendrá. "Hoy tampoco", parece decir su silencio. Frente a ella, Adelfa, de 74 años, se sostiene en pie con la ayuda de un bastón y una paciencia que se le agota. "Me dio un turno en octubre para darle seguimiento a mi enfermedad y desde entonces no lo he podido ver", comenta a 14ymedio.
Cada semana, la anciana vuelve a este mismo pasillo con la esperanza de que el especialista aparezca. Cada semana regresa a su casa con las tres libras de arroz que le tiene guardadas al médico, como si ese pequeño regalo, que supera los 600 pesos, la quinta parte de su pensión mensual, pudiera abrirle la puerta a una consulta que nunca termina de ocurrir.
En el policlínico se niegan a remitirla al hospital provincial. Le repiten que su caso puede atenderse allí
Según cuenta la anciana, en el policlínico se niegan a remitirla al hospital provincial. Le repiten que su caso puede atenderse allí, en el área de salud. Pero el médico que le corresponde "vive en Güines y siempre tiene un problema distinto para venir", dice, ya sin disimular el enojo. Nadie –asegura– parece exigirle cuentas ni buscar un sustituto. "Si hoy no puedo atenderme, trataré mediante una amistad de que me vean en el Hospital Ameijeiras, en La Habana", lamenta, mientras se ajusta el bolso colgado al hombro.
En el llamado Policlínico del Este, la espera comienza a tensar los ánimos desde las ocho de la mañana. Algunas personas se sientan en sillas sucias; otras prefieren permanecer de pie, apoyadas en la pared, como si así el tiempo pasara más rápido. "Las únicas especialidades que vienen quedando aquí son Reumatología y Otorrino", asegura Agustín, un hombre de voz firme que ya es conocido por sus reclamos. Dice haber escrito cartas a la Dirección de Salud Pública en la provincia, al periódico local y hasta al ministro José Ángel Portal. "En unos casos me responden que no hay médicos disponibles y en otros, la única respuesta que recibo es el silencio".
Nadie en la pequeña sala de espera se atreve a dar el último cuando alguien pregunta si el médico llegará hoy. Tal vez porque todos intuyen la respuesta. "Cuando uno dice algo, enseguida lo tildan de problemático y hasta de gusano", suelta Agustín, bajando la voz. "Entonces, ¿quién responde por el dolor en los huesos que no me deja dormir? ¿Cómo hago para que me vea un especialista y me dé un diagnóstico confiable? ¿Somos o no somos una potencia médica?". Sus palabras se mezclan con un aviso que corre por el pasillo: no hay corriente eléctrica y resulta imposible poner en marcha la planta.
"Entonces, ¿quién responde por el dolor en los huesos que no me deja dormir? ¿Cómo hago para que me vea un especialista y me dé un diagnóstico confiable?"
La recepcionista se levanta, vuelve a sentarse, revisa unos papeles. Ya no le quedan argumentos para pedir calma ni excusas para justificar la ausencia del médico. "Con la consulta del Otorrino pasa igual", interviene una joven que espera noticias para su padre. "Cuando necesito que lo vea, voy directamente a la casa del doctor. Le llevo algún regalito y resuelvo la situación, porque si espero por la consulta externa, a mi viejo se le pudren los oídos". Mientras habla, aprovecha para preguntar en el almacén si han entrado medicamentos a la farmacia. La respuesta no llega en palabras: la cara de la enfermera lo dice todo.
A las 10:30 de la mañana, el reloj termina de enterrar las pocas esperanzas que quedaban. El reumatólogo no llegará. "Tengo entendido que es el único especialista de su tipo en la provincia", dice la joven, resignada. "No me quedará más remedio que irme con mi papá para La Habana, porque creo que ni en el hospital de aquí vamos a resolver". Para quienes no tienen esa opción, la escena se repite como un ritual semanal: volverán una y otra vez al Policlínico del Este, con la esperanza mínima de obtener, al menos, una remisión.
"Esto se me ha convertido en un círculo vicioso", murmura una señora mientras recoge sus cosas y se marcha junto a otros pacientes. En medio de los comentarios, alguien lanza una idea que mezcla ironía y deseo: que tras la captura de Nicolás Maduro por tropas estadounidenses, los médicos cubanos en Venezuela regresen a la Isla y "va y se resuelve esta falta crónica de doctores". Nadie responde. El pasillo queda casi vacío y la enfermera se ajusta los espejuelos, a la espera de los próximos pacientes que volverán a preguntar lo mismo.
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