Los inspectores apagan los timbiriches de San José de las Lajas
Comercios
Una ofensiva contra los negocios privados deja cerradas cafeterías y pequeños comercios en la zona del Policlínico del Este
San José de las Lajas (Mayabeque)/En San José de las Lajas, los cierres no siempre anuncian quiebra ni falta de mercancía. A veces son apenas una señal de alarma, una persiana bajada a tiempo, una tablilla recogida antes de que aparezca el grupo de inspectores con sus papeles, sus preguntas y ese aire de quien viene a encontrar una falta aunque tenga que inventarla. En los últimos días, varios negocios privados de la zona del Policlínico del Este han amanecido mudos, con los mostradores vacíos y las puertas cerradas, como si una orden invisible hubiera barrido de golpe el pequeño comercio que sostiene buena parte de la vida cotidiana en esta ciudad mayabequense.
A media mañana, cuando ya el barrio suele oler a café recalentado, a pan con algo y a grasa vieja de freír, el silencio de los timbiriches llama más la atención que cualquier pregón. En una esquina, un kiosco amarillo conserva todavía pintadas sus promesas de “cerveza”, “batido”, “pizza”, “refresco” y “café”, pero el mostrador parece una boca sellada. Un hombre pasa en triciclo, con una caja plástica amarrada detrás, y mira de reojo sin detenerse. Otro cruza la calle con un cigarro en la mano, como quien ya sabe que no encontrará nada abierto y aun así confirma la mala noticia con los ojos.
“No es que no tengan productos, es que los inspectores están en la calle poniéndole multas a los que no pueden defenderse”, comenta un anciano que hoy se quedó sin la taza de café mezclado con chícharos que le sirve como único desayuno. Está acostumbrado a los sobresaltos, pero no por eso deja de molestarse. “Parece que escogieron para inspeccionar la zona del Policlínico del Este, porque ya son más de las diez de la mañana y todos los timbiriches aledaños están fuera de servicio como los teléfonos públicos de Etecsa”, advierte, con esa ironía amarga de quien ha visto demasiadas veces repetirse la misma escena.
“No es que no tengan productos, es que los inspectores están en la calle poniéndole multas a los que no pueden defenderse”
Las fachadas cerradas tienen algo de teatro abandonado. Una vivienda de portal verde y balaustres gastados parece esconder, detrás de la penumbra, el movimiento contenido de un negocio que decidió no exponerse. En otra casa, una mujer se asoma apenas al vano de la puerta y habla hacia dentro, sin salir del todo a la acera. Los techos de fibrocemento, las paredes manchadas por la humedad y los cables cruzados sobre la calle completan el decorado de una ciudad donde la iniciativa privada sobrevive entre remiendos, favores, llamadas oportunas y mucho cálculo.
Algunos de los llamados ejercicios de control interno aparecen en el cronograma del gobierno local. Otros, al menos en teoría, se realizan de manera sorpresiva para detectar anomalías en pequeños y medianos negocios. Pero la sorpresa, en Cuba, casi siempre tiene filtraciones. Los emprendedores que tienen los contactos adecuados dentro de las oficinas rara vez son tomados desprevenidos. “Todos los meses, sin falta, le paso un buen regalo en efectivo a un inspector para que me avise ante cualquier movimiento extraño. El hombre, cumpliendo su palabra, hace dos días me llamó para decirme que se le iban a tirar a las cafeterías”, explica Manuel, joven emprendedor que prefiere perder una jornada antes que enfrentarse a una multa imposible de pagar.
Según él, el objetivo no es tanto descubrir irregularidades reales como cumplir con una cuota de sanciones. “Como esa es la manera que tienen de quedar bien con sus jefes, entonces buscan mercancías sin factura, supuestas violaciones de precios y cualquier error que les permita adueñarse de la ley. No importa si perjudican a un empleado o a un propietario. Lo de ellos es salirse con la suya. Por eso yo tengo bien controlado ese asunto y cuando hay inspección prefiero no abrir el kiosco, aunque ese día no gane ni un peso”, señala.
La voz corre antes que los inspectores. Primero una llamada, después un mensaje, luego el aviso que salta de cafetería en cafetería como si se tratara de una defensa civil del cuentapropismo. En el corredor de un pequeño local, entre carteras colgadas, mochilas escolares y mercancía acomodada con paciencia, una clienta se inclina hacia una ventanilla para preguntar si venderán algo más tarde. Del otro lado le responden bajo, sin levantar demasiado la voz. En estos días, hasta comprar una jabita puede parecer una operación clandestina.
El inspector solo necesita tener el talonario de multa y la voluntad de ponérsela al primero que se le antoje
“Es sabido que en este país la más mínima cosa puede catalogarse como ilegal”, dice Eduardo, otro comerciante que ha aprendido a no confiarse ni cuando tiene los papeles en regla. “El inspector solo necesita tener el talonario de multa y la voluntad de ponérsela al primero que se le antoje. Hay gente del gobierno que me informa las fechas de los controles y luego le paso el dato a los colegas que conozco. Lo menos que podemos hacer es cuidarnos entre todos, para tratar de no caer molidos por la maquinaria destructiva de este sistema”, recalca.
Desde que pidió la baja de la Empresa de Comercio hace ocho años, la cafetería de Eddy se ha hecho conocida por resistir donde otros emprendimientos similares han quebrado o los han hecho quebrar. Su receta no aparece en ninguna licencia, pero todos la entienden. “Aquí lo principal es no hacerse demasiado próspero o, al menos, no dar esa impresión, manteniendo un perfil lo más bajo posible. Si se quiere sobrevivir es preciso mantener a los inspectores a raya. Esto quiere decir que de vez en cuando hay que hacerle algún regalo, comprometerlo sin decírselo con determinados favores para que una mano lave la otra. Esas son reglas no escritas del mercado, pero que me permiten tener cerrada la cafetería hoy y abrir mañana tranquilamente. Quienes intentan ir en contra de la marea terminan siendo comidos por los tiburones”, asevera.
Si se quiere sobrevivir es preciso mantener a los inspectores a raya. Esto quiere decir que de vez en cuando hay que hacerle algún regalo
La ruta de los inspectores parece conocida incluso antes de empezar: desde las cuatro esquinas hasta los edificios de microbrigadas, con paradas calculadas y locales intocables ya establecidos. En la calle, los negocios más vulnerables se reconocen por su prudencia. No sacan mesas, no exhiben mercancía, no anuncian ofertas. Esperan. La ciudad, mientras tanto, se queda sin café, sin pan con croqueta, sin refresco frío y sin ese pequeño alivio que los particulares han logrado mantener allí donde el comercio estatal hace tiempo dejó de responder.
“Ellos saben dónde se meten y con quién se meten”, asegura el empleado del baño público situado en el bulevar. Lo dice sin escándalo, como quien describe una ley natural. Ya son pocos los cuentapropistas que se arriesgan a abrir sin los permisos que no siempre se obtienen por resoluciones ministeriales, sino por relaciones, silencios y pagos discretos. En San José de las Lajas, cada cierre preventivo cuenta una historia: la de un país donde producir, vender o servir una taza de café exige menos vocación comercial que instinto de supervivencia.