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Lágrimas y fuentes

La Habana, una ciudad que poco a poco se ha ido quedando sin fuentes

La Fuente de la India. (14ymedio)
Adriana Zamora

30 de julio 2014 - 13:00

La Habana/"No lloréis más, delfines de la fuente", escribió el poeta Emilio Ballagas en un hermoso soneto publicado en 1951. Medio siglo después, los delfines de la Fuente de la India parecen haberlo escuchado definitivamente.

Es un mediodía más en La Habana, con la tortura del sol, el polvo negro y el ruido de los motores. Entre el hotel Saratoga y el Parque de la Fraternidad, dentro de la vorágine de vehículos que no dejan de transitar en ambas direcciones, el blanco mármol de la fuente.

De los delfines ya no brota agua. Tampoco persiste el musgo verdinegro al que cantaba el poeta, ni los pececillos dorados, ni sus anillos de agua. La Fuente de la India, uno de los símbolos de La Habana, hermana de la Cibeles madrileña, tiene hoy como único inquilino al hombre barbudo y desharrapado que duerme sobre los bancos de piedra señorial.

La falta de agua, problema habitual de la Habana Vieja, no es justificación suficiente para la aridez de las fuentes. Cada una de ellas debe tener su propia cisterna, como lo establecen las regulaciones urbanísticas de la ciudad en su artículo 252. También deben tener su motor y un sistema que permita el reciclado del agua, para evitar el derroche.

En la calle Mercaderes, esquina a Obrapía, la pequeña fuente del Parque Simón Bolívar se mantiene viva. Los empleados se ocupan de limpiarla y poner el motor todos los días. Gracias a la preocupación de este pequeño equipo, rara vez el agua deja de brotar por el surtidor y el parque es uno de los más frescos y limpios del Centro Histórico.

Una cuadra más adelante, en la intersección con Lamparilla, se alza la extraña fuente del Parque Guayasamín. A los pies de la figura humana esculpida corre el agua, no muy limpia, pero sí persistente. Algún niño intenta meter la mano dentro de la poceta, pero es atajado enseguida por el cuidador.

Sin embargo, las buenas maneras que se exigen en este parque no son el factor común en el Centro Histórico. La concurrida Plaza Vieja muestra su fuente central otra vez prisionera de altos barrotes negros. "Durante un tiempo estuvo abierta, pero los niños se bañaban en ella y hubo que cerrarla de nuevo", comenta el guardia de seguridad de una de las instituciones aledañas. "No solo es una indisciplina social, sino que es peligroso por el sistema de iluminación, que puede transmitir electricidad al agua".

Las autoridades prefieren alterar el diseño de estos monumentos patrimoniales, encerrándolos entre barrotes, antes de hacer cumplir la legislación existente

"Sin embargo, estos niños no le hacen caso a nadie". Como para reafirmar sus palabras, unos estudiantes de la escuela vecina, la primaria Angela Landa, se restriegan por el sucio piso del soportal y chocan sin vergüenza con las piernas de los paseantes. Los profesores de Educación Física que los acompañan ni siquiera se molestan en llamarles la atención.

Más al norte, la Fuente de los Leones refresca los adoquines de la Plaza de San Francisco. Popularmente se le llama también Plaza de las Palomas, por las tantas aves que caminan y sobrevuelan el espacio entre la Lonja del Comercio y el Convento de San Francisco. También se alojan a pocos metros del alto muro del convento los pintorescos coches tirados por caballos que la Oficina del Historiador ofrece a los turistas. Mientras los cuidadores de la plaza conversan con unos niños que dan de comer a las aves, un hombre saca agua de la fuente con un cubo. Ambos son enormes, de unas dimensiones que no les permitirían pasar inadvertidos. Sin embargo, nadie parece notar, mucho menos desaprobar, el trasiego del agua. El hombre vierte el contenido de su cubo en la acera, encima de la suciedad dejada por los caballos y mientras el líquido se escurre hacia la Avenida del Puerto, otro cubo se llena en la poceta de mármol. "Nadie hace caso de los cuidadores" explica una trabajadora del museo situado en la Basílica Menor del Convento de San Francisco, "Hay una ley, pero a nadie le importa". De hecho, el Artículo 19, inciso f de la Ley de Ornato e Higiene para la Ciudad de La Habana prohíbe hacer uso del agua de las fuentes y estanques ornamentales. Pero esta ley, como tantas otras, es papel muerto. Frente a la debacle, las autoridades prefieren alterar el diseño de estos monumentos patrimoniales, encerrándolos entre barrotes, antes de hacer cumplir la legislación existente.

En la Plaza San Juan de Dios, frente a la tienda Harris Brothers, otra paradoja nos sorprende. Mientras la fuente del parque dedicado a Supervielle -un alcalde que se suicidó al no poder cumplir su promesa de darle agua a La Habana- se mantiene seca desde tiempos inmemoriales, la que se ubica en el recibidor de la tienda, más parecida a un instrumento ginecológico que a un ornamento, disfruta de un amplio y constante surtidor que permite la supervivencia de unas carpas hermosas, aunque discordantes con su continente.

Cerca de allí, la Plazuela de Albear preside la entrada de la calle Obispo. Al monumento lo rodea una fuente cercada y reseca. Un "parqueador estatal" que trabaja en las inmediaciones asegura que "la fuente tiene cisterna y motor. No sé por qué no funciona". Sin embargo, el espacio donde debería estar instalado el motor, visible desde varios metros de distancia, solo tiene polvo.

El ingeniero Francisco de Albear y Fernández de Lara acabó con la infecta Zanja Real y condujo las aguas de los manantiales de Vento hasta La Habana. Su obra sustituyó al ineficaz acueducto de Fernando VII. En su momento, el Acueducto de Albear proveyó más litros de agua por habitante que el de Londres o París. Que hoy su fuente conmemorativa permanezca vacía, más que una paradoja es una trágica ironía.

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