El naufragio de un barco llamado "Cuba"

Crónicas de La Habana

En una isla que se hunde, la llegada de un petrolero ruso ocupa todas las conversaciones en las calles de La Habana

Interior del abandonado cine Cuba, en Centro Habana.
Interior del abandonado cine Cuba, en la calle Reina, Centro Habana. / 14ymedio
Yoani Sánchez

30 de marzo 2026 - 17:09

La Habana/"¡Ya viene el barco!", me saluda un vendedor de flores apostado en la calle Estancia cuando paso frente a sus cubos con girasoles y gladiolos. Tras días de dudas, ya se sabe que el Anatoly Kolodkin llegó a Cuba con una carga de 730.000 barriles de petróleo. La llegada del tanquero se ha colado en las conversaciones callejeras de este lunes, en un país donde el aguacero de malas noticias no escampa hace semanas.

En el semáforo de Boyeros y Tulipán la crisis energética se nota más que en los días anteriores. Cruzo todos los carriles sin detenerme mientras pienso en otra ocasión en que estuvimos pendientes de un barco. Fue, cuando en septiembre de 2019, Miguel Díaz-Canel anunció que entrábamos en una "coyuntura" y que no debíamos preocuparnos demasiado puesto que un petrolero estaba a punto de llegar. Han pasado siete años y, al decir de un vecino, "ya esto no tiene ni nombre". La capacidad de poner una etiqueta burocrática a lo que vivimos se ha agotado también por allá arriba.

Unos vendedores de objetos recogidos de la basura han esparcido sus mercancías encima del muro de una fuente que hace años no echa agua.
Unos vendedores de objetos recogidos de la basura han esparcido sus mercancías encima del muro de una fuente que hace años no echa agua. / 14ymedio

Hasta ayer parecía que Cuba era una Isla subida sobre un triciclo eléctrico, pero hoy todos nos hemos encaramado en la proa del barco ruso que viene para acá. "¿Tú crees que surtan las gasolineras?", me pregunta esperanzada una amiga que tiene una quincalla en Alamar donde vende bisutería y otros artículos importados. El año pasado, esta abogada devenida en comerciante se compró junto a su esposo un auto Volkswagen de uso. "Solo lo pude usar los tres primeros meses, porque después el combustible se perdió", me cuenta. Desde entonces, el vehículo "duerme el sueño eterno" en el garaje de la familia.

Para cada uno, el barco toma la forma de sus deseos. "Va y no nos quitan tanto la luz después que llegue", escucho al vuelo en un portal de la avenida Carlos III mientras me adentro en Centro Habana. Unos vendedores de objetos recogidos de la basura han esparcido sus mercancías encima del muro de una fuente que hace años no echa agua. ¿Quedará algún surtidor funcionando en La Habana? En mis largas caminatas no he visto ninguno. Este modelo político parece estar peleado con el agua y la limpieza.  

Una esquina cualquiera con calle Reina, en Centro Habana.
Una esquina cualquiera con calle Reina, en Centro Habana. / 14ymedio

Cuando era niña, antes de salir de casa, mi madre nos advertía de que en la calle no se iba al baño ni se tomaba agua. La estricta norma casi me cuesta una infección en los riñones pero terminé por comprenderla: los sanitarios públicos en Cuba son un viaje a los infiernos la mayoría de las veces y el líquido que sale por las tuberías mejor solo ingerirlo después de tratarlo o hervirlo. Hasta el día de hoy, llevo siempre un pomo conmigo para calmar la sed y aguanto las ganas de orinar hasta regresar a casa. Los traumas del castrismo duran para toda la vida.

"¿Tú crees que nos toque algo de ese petróleo?", le pregunta un empleado a otro a las afueras de una entidad estatal a oscuras por el apagón. La respuesta es una mueca de labios enfurruñados y cejas levantadas que resume la desconfianza de la gente ante cualquier promesa oficial de mejoría. "¡A remar! a ver quién llega primero al barco ese", se burla un carretillero que ofrece frutabombas y pimientos próximo a la esquina con Marqués González. 

Todos quieren al menos una gota de combustible del que trae el Anatoly Kolodkin. Pero el escepticismo empaña cualquier celebración. "Ese petróleo va todo para ellos, a nosotros no nos va a tocar nada", refunfuña un anciano en la larga cola frente a una panadería estatal de la calle Reina. "Hoy voy a jugar pescado grande", apunta una viejita con la libreta de racionamiento doblada entre las manos. Todo lo que esté relacionado con el mar tendrá muchas apuestas por estos días en la ilegal bolita. Pobre de los banqueros si sale uno de esos números.

Hasta ayer parecía que Cuba era una Isla subida sobre un triciclo eléctrico, pero hoy todos nos hemos encaramado en la proa del barco ruso que viene para acá.
Hasta ayer parecía que Cuba era una Isla subida sobre un triciclo eléctrico, pero hoy todos nos hemos encaramado en la proa del barco ruso que viene para acá. / 14ymedio

A pocos metros de la panadería, han dejado abierta la puerta del cine Cuba. Donde antes estaban las hileras de butacas en las que me sentaba siendo niña, ahora hay polvo, óxido y unas retorcidas maquinarias de un improvisado taller. Solo logro reconocer un arco que, en el escenario, marcaba el umbral donde comenzaba la ficción y terminaba la realidad. Me embelesaba aquel lugar, tan cerca de mi casa, donde era raro el mes en que no fuera a ver alguna película. Un andamio me cierra el paso, justo donde antes estaba el lobby.

El barco que necesitaba el cine Cuba no llegó a tiempo. Parte de su estructura se desplomó, las tuberías albañales colapsaron y un día lo cerraron. A casi todos los cines de mi infancia les pasó lo mismo: Astor, Negrete, Duplex y Rex. No fue cuando la coyuntura. Eso pasó con la crisis anterior o con la anterior de la anterior. No me acuerdo bien porque llevamos décadas de un aprieto en otro, de una larga secuencia de descalabros y hundimientos. 

Me acerco al Palacio de Aldama. Varios vendedores informales me ofrecen medicamentos. Una me enumera que tiene antibióticos de todo tipo, analgésicos y pastillas para estar “sedadita, sedadita". Me encuentro con unos amigos en el parque de la Fraternidad que me dejan casi con la palabra en la boca cuando reciben una llamada de su casa. "Han puesto la luz y debo regresar a lavar", se disculpa ella. "Tengo que terminar un trabajo en la laptop, ahora que hay corriente", añade él.

La que queda de la antigua tienda Ultra en La Habana.
La que queda de la antigua tienda Ultra en La Habana. / 14ymedio

Para regresar a casa logro subirme en un pisicorre, uno de los pocos jeeps adaptados para el traslado de pasajeros que todavía sigue haciendo la ruta hacia Santiago de las Vegas. "Lo tuyo son 400 hasta Tulipán", me aclara el chofer. Ha subido 100 pesos el precio del pasaje desde la última vez que tomé uno de estos carros la semana pasada. Pero no me quejo. Otra cliente va para las cercanías del hospital psiquiátrico y el conductor precisa: "Hasta Mazorra es una milla (mil pesos)". Nadie protesta por la subida de los precios. Ya no sirve de nada lamentarse.

A la altura de la Quinta de los Molinos, el chofer nos aclara que hemos tenido suerte porque esta tarde va a parar el carro. "Yo no me creo el cuento ese del barco", asegura. Dice que se quita del timón hasta que "todo vuelva a ser normal" y él pueda ir a la gasolinera a comprar combustible sin cola ni empujones. No recuerdo la "normalidad". ¿Fue un período anterior a la coyuntura?

También te puede interesar

Lo último

stats