Se necesita un "empujoncito" para derribar la dictadura en Cuba, según la hija de Fidel Castro
Alina Fernández
"Con cazuelas viejas y cucharones abollados no se se puede tumbar un sistema como este, imposible", lamenta Alina Fernández
Madrid/Alina Fernández tenía 20 años cuando se atrevió a preguntar a su padre, Fidel Castro, por qué la policía detenía a los artesanos que comerciaban en la Plaza de la Catedral. “¿Por qué? Explícame por qué hay que llevarse presos a estas personas, que nos están haciendo un favor”, le dijo en la primera polémica que recuerda con el mandatario. Pronto se dio cuenta de que “las conversaciones con él eran inútiles. El tenía un monólogo, le gustaba escucharse a sí mismo y, por supuesto, no era una persona que admitiera un cuestionamiento”. El mandatario le dijo que el Estado no podía perder nunca el monopolio del comercio. “Eso es lo que es Cuba hasta hoy”, lamenta.
Es una de las muchas pequeñas anécdotas que la hija de Fidel Castro y de Naty Revuelta ha contado al diario El País en una entrevista en la que estas escenas mínimas dicen mucho más de su familia paterna que las respuestas –directas, sin duda, también– a preguntas más evidentes. Radicalmente crítica con el castrismo desde su infancia, Fernández se desquita sobre lo que cree del momento político que se está viviendo, aunque no esconde su temor a que las cosas no acaben bien.
“Me atrevo a tener esperanzas, también tengo esa sensación de que esperanzas he tenido muchas veces y me la tengo que tragar. Lo que hace falta es un cambio. Como sea. La gente en Cuba necesita respirar, llegar al siglo XXI, darle una vida a sus hijos, necesita esperanza y se necesita libertad para todo esto”, ha expuesto. La hija de Castro habla desde Miami, donde reside desde hace años, y donde acaba de presentarse –en su festival de cine– el documental La hija de la Revolución, en el que participa.
"Lo que hace falta es un cambio. Como sea. La gente en Cuba necesita respirar, llegar al siglo XXI, darle una vida a sus hijos, necesita esperanza y se necesita libertad para todo esto”
Fernández se pronuncia sobre cómo ve la Isla en estos momentos. “Si se sigue dando esta circunstancia vital de no electricidad, si esto se prolonga, no sé lo que puede pasar”, se pregunta. En su opinión, será preciso un “empujoncito” para tumbar "una dictadura" que considera enrocada en su posición, más, incluso de lo que lo estaría su padre de vivir ahora. "Con cazuelas viejas y cucharones abollados no se se puede tumbar un sistema como este, imposible".
“Veo que en todo este tiempo no ha habido la capacidad de decir que se perdió la batalla. No sé si Fidel hubiese sido capaz de decir, bueno, en efecto, perdí la batalla y voy a ver qué beneficio le saco a una derrota ordenada y elegante. Calculo que esa hubiese sido la posición y no la que se está teniendo de enquiste”, considera. Confiesa que desconoce si su familia paterna tiene más poder del que le otorga el conglomerado militar Gaesa, pero está convencida de que la dimisión del actual presidente es irrelevante. “Enfocarse en Díaz-Canel, que es una persona que ha cargado con toda la impopularidad de esta locura, no resuelve ningún problema”.
Alina Fernández afirma que nunca ha tenido relación con los Castro, aunque desvela que esto es una constante absoluta en la familia. “Una de las características más raras de Fidel como persona era que no quería que sus hijos se trataran con el resto de la familia, y los mantuvo aislados hasta que ellos crecieron y se pudieron escapar un poco del nido, pero no tuvimos mucho trato”, relata. Las cosas iban, incluso, más allá, pues tampoco los primos podían encontrarse. “Un día coincidieron el varón de Raúl (el ahora general Alejandro Castro Espín) y un hijo de Fidel e inmediatamente hubo la orden de que no podían tratarse. Una cosa muy peculiar y también, para mí, inexplicable”, añade.
A juicio de Fernández, además, el líder revolucionario tenía un particular empeño con que nadie le hiciera sombra, motivo por el cuál fue su tío –y no su padre– quien intentó sin éxito promover a Fidel Castro hijo como diputado. Confiesa que, aunque no tiene relación con Sandro Castro, le preguntan mucho por él y a ella le parece –desde la distancia generacional– que su discurso es válido. “Creo que todo lo que se diga, de que hace falta un cambio, es útil. Lo digas como lo digas, con la timidez que lo digas o con un buen o mal chiste, pero es importante”, considera.
Fernández, que tilda a su padre de “narcisista”, deja claro que Castro actuaba con la familia como con el país. A pesar de que tenían una relación irregular, con visitas relativamente frecuentes pero escaso entusiasmo, el mandatario tenía repentinos ataques de paternidad que resolvía por la vía autoritaria. Es el caso de su boda, en plena juventud. “Estaba dolido, se sentía culpable de tener una hija de 16 años casándose, casi una niña. (...). Él puso la condición de que si yo posponía la boda, él se haría cargo de todo. Fue una boda bastante modesta para estar subvencionada por el rey de La Habana. Yo esperé unos meses, al final cumplí los 17, y él fue y firmó que autorizaba la boda. Incluso sin ser mi padre legal. Él era lo que él quisiera”, recuerda.
"Fue una boda bastante modesta para estar subvencionada por el rey de La Habana. Yo esperé unos meses, al final cumplí los 17, y él fue y firmó que autorizaba la boda. Incluso sin ser mi padre legal. Él era lo que él quisiera”
Afirma, además, que nunca quiso llevar su apellido, aunque su madre –que siempre estuvo enamorada de Fidel– se empeñaba en ello para legitimarla. Pese a que Castro consintió, tampoco puso demasiado interés y aquello acabó en nada. Lo que sí hizo el fallecido mandatario fue ayudar modestamente a la alimentación del hogar. “Mi mamá era tan estricta que decía que comprar un huevo en el mercado negro no era de revolucionarios. Todo el mundo vivía del mercado negro, pero mi mamá se resistía, trató de ajustarse a lo que proveía la Revolución. Fidel, en algún momento, empezó a ayudar ocasionalmente con un poco de leche, o algo más”.
Fernández rompió relaciones para siempre con su padre biológico tras nacer su hija. “Al final, era un lastre espantoso. Cuando nació mi hija yo pedí que no fuera a visitarla a la casa, cada visita de él ocasionaba un revuelo. De pequeña, cuando frecuentaba mi casa, venían personas con cartas para que yo se las entregara a él, eso fue una experiencia triste también. La gente sabía que él nos visitaba y entregaban cartas con historias muy tristes y yo trataba de dárselas. Fueron muchas las tragedias que leí”, incluso de familias de fusilados que pedían autorización para salir del país.
Cree que los grandes responsables de la tragedia se han muerto, pero quedan muchos cómplices, sobre todo los resentidos contra el exilio, que tanto auxilio da al país. De esas heridas, sostiene, tendrá que curarse la nación entera. La de dentro y fuera de la Isla. “En algún momento habrá que ponerse de acuerdo para poder convivir, para reconstruir. Hay demasiado dolor”.