Nosotros los negativos

Relato del tercer día de encierro en un edificio de Nuevo Vedado en cuarentena

De nuevo, los mejores alimentos se acabaron antes de llegar al piso 8. (14ymedio)
Cada vez que llueve, cada tarde, paran la venta de alimentos en los bajos del edificio en cuarentena. (14ymedio)
Luz Escobar

25 de septiembre 2020 - 16:31

La Habana/Hoy es el tercer día de cuarentena que vivo totalmente encerrada en este edificio de 12 plantas. Estoy en el octavo piso, así que al menos la vista es fabulosa, me recreo en cada detalle, agarro la cámara y juego con el lente a mirar lo más lejos que tengo en el paisaje. Tiro fotos.

Tampoco es que antes del encierro total del edificio se saliera mucho: las restricciones actuales no permiten casi la movilidad porque el transporte de la ciudad está paralizado. Pero uno iba a la esquina, compraba pan, iba al mercado y compraba unas viandas, daba una vuelta, en fin.

Ahora es el encierro total. Nunca hay que subestimar una vuelta a la manzana, en estas circunstancias puede hacer la diferencia, hasta dolor de cabeza da la sensación de saber que no puedes salir.

La señora forrada de blanco con el termómetro volvió a tocar a la puerta como había advertido el día anterior, esta vez en dos ocasiones, una por la mañana y otra por la tarde

Las niñas hacen gimnasia, hablan por teléfono con sus amigos, juegan a correr, inundan el baño jugando a hacer una piscina, bailan, cantan, se fajan. Los que tienen hermanos ya saben cómo es eso. Cada mañana la pequeña me pregunta: ¿mamá, cuántos casos hubo hoy? Vamos juntas a la cuenta de twitter del Ministerio de Salud y miramos. Ella lee en detalle todo, provincia por provincia, y pone siempre cara de preguntarse cuándo es que vamos a salir de esto.

La señora forrada de blanco con el termómetro volvió a tocar a la puerta como había advertido el día anterior, esta vez en dos ocasiones, una por la mañana y otra por la tarde. Explicó que será así cada día.

La comida sigue siendo un problema. Ayer por la tarde llegó a los bajos un camión con viandas pero apenas pudieron comprar unos pocos porque comenzó a llover y los vendedores decidieron irse. Tampoco llegaron al piso 8 los alimentos estrella del día. De nuevo nos quedamos mirando por la ventana las yucas, los boniatos, los plátanos.

Ayer, en el segundo día de encierro, nada más trajeron para vender refrescos y el dichoso módulo de 32 pesos lleno de dulces y caramelos. Cuando bajé en la tarde a botar la basura en el lobby del edificio estaban haciendo tertulia los "colaboradores" encargados de organizar las ventas y también algunos vecinos. Socializaban con tremenda algarabía.

"¿Por qué no ponen una carpa? No puede ser que cada vez que llueve, que llueve casi cada tarde, tengan que parar la venta"

"Van a matar a los muchachos con tanta azúcar", escuché decir a una señora. "Pues yo feliz pues no tengo nada para meter en el caldero y ayer eso fue lo que comió mi hijo en todo el día, lo que trajo el módulo", respondió otra. "Dijeron que del hotelito iban a traer una caldosa pero nada, no trajeron nada", apuntó con un hilo de decepción en su expresión.

Como he visto en otros edificios que ponen unas carpas para evitar que la lluvia paralice cualquier venta, reclamé a los responsables. "¿Por qué no ponen una carpa? No puede ser que cada vez que llueve, que llueve casi cada tarde, tengan que parar la venta". El hombre respondió como si todo estuviera en nuestras manos, en las manos de los vecinos, como si no existiera un Estado. "Si fuera por nosotros ya la hubiéramos puesto, pero no tenemos una carpa. No seas tan negativa, mira la parte buena. Además mañana viene el camión de las viandas de nuevo".

Me fui, pero con muchas preguntas sin responder. ¿Quién es el responsable de que este encierro fluya sin contratiempos? ¿A quién se le debe reclamar si algo no está funcionando bien, si no estamos conformes?

Al subir compartí elevador con una señora que dijo en un suspiro: "Por suerte todas las pruebas que hicieron a los vecinos dieron negativas, a ver si salimos pronto de esto". "Nos queda al menos eso, la negatividad compartida", le dije. En eso abrió la puerta del ascensor en el piso 9 y bajé corriendo sin tocar el pasamanos hasta mi apartamento.

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