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"No puedo perder tiempo armando y desarmando fusiles viejos", se queja un reservista de las MTT

Matanzas

En Matanzas, con apagones diarios de 18 horas y colas interminables para conseguir gas licuado o un poco de pollo, nadie parece dispuesto a enrolarse en un simulacro de batalla contra EE UU

"Esta vez sí les dije que no cuenten más conmigo". / 14ymedio
Julio César Contreras

22 de febrero 2026 - 07:09

Matanzas/En la esquina de una calle polvorienta de Los Mangos, cerca del Hospital Pediátrico de Matanzas, Yosvany se seca el sudor con el dorso de la mano y mira hacia el final de la cuadra como si esperara que, en cualquier momento, apareciera alguien del Comité Militar. No es la primera vez que lo visitan. Cada cierto tiempo, cuando desde La Habana anuncian ejercicios estratégicos, "movilizaciones" o días nacionales de la defensa, su nombre reaparece en la lista de reservistas de las Milicias de Tropas Territoriales.

"Esta vez sí les dije que no cuenten más conmigo", afirma, de pie frente a una casa de fachada descolorida, mientras en la acera una vecina se abanica con la mano y otra observa la calle sentada en una silla plástica. "Tengo cinco platos que llenar todos los días. No puedo perder tiempo armando y desarmando fusiles viejos".

La reciente movilización de reservistas, anunciada tras el agravamiento de la crisis energética y el aumento de las tensiones entre La Habana y Washington, exacerbadas desde la captura de Nicolás Maduro a inicios de enero, ha removido recuerdos de otros llamados similares. En la televisión estatal se habla de "disposición combativa" y "defensa de la soberanía", pero en los barrios el tema se mezcla con apagones de hasta 18 horas y colas interminables para conseguir gas licuado o un poco de pollo.

Yosvany quedó excedente –desempleado– como contador en la Dirección Provincial de Comercio hace dos años. Desde entonces ha pescado clarias en el río San Juan, ha empujado una carretilla de viandas por la calzada de Tirry y hasta ha hecho de colero en el Banco Popular de Ahorro de la calle Medio. "Menos robar, hago lo que sea", insiste. "Mi guerra es buscar dinero para que a mis hijos no les falte lo básico. No voy a ser un número más para que los jefes digan que aquí todo el mundo está listo para combatir".

"Yo resisto, sí, pero en un apagón de 18 horas, comiendo cuatro cucharadas de arroz blanco y guardando la bolita de pan para el desayuno". / 14ymedio

En Pueblo Nuevo, Magalis escucha esas historias y asiente. A sus 73 años, vive con 3.000 pesos mensuales que apenas alcanzan para arroz, algo de frijoles y el pan del mercado racionado. Sentada a la entrada de una pequeña pizzería de barrio, bajo un mural descolorido donde un chef sonriente sostiene una bandeja humeante, la mujer mira hacia la calle, donde el sol cae a plomo.

"En el Noticiero salen con los uniformes verde olivo bien planchados, llamando a la resistencia", dice. "Yo resisto, sí, pero en un apagón de 18 horas, comiendo cuatro cucharadas de arroz blanco y guardando la bolita de pan para el desayuno". Para ella, las movilizaciones no solucionan la falta de combustible ni el deterioro de su techo, que lleva años esperando una reparación.  

El día a día en la ciudad contradice el tono épico de los reportes oficiales sobre ejercicios militares. En un puente sobre el río, un hombre intenta pescar algo que llevar a casa, en otra esquina, dos ancianos conversan a la sombra de una pared desconchada, bajo un cartel que anuncia un zapatero. Más allá, una mujer con mascarilla camina apresurada, esquivando baches y cables sueltos.

"Cumplí misión internacionalista y regresé con la vida desarmada". / 14ymedio

Antonio, de casi 65 años, también fue llamado en otras ocasiones. Ex combatiente en Angola durante cinco años, sobreviviente de una mina que le dañó un ojo y lo dejó con secuelas psicológicas, mira con desconfianza cualquier convocatoria. "Cumplí misión internacionalista y regresé con la vida desarmada", cuenta sentado en el portal de su casa. "Después nadie se acordó de nosotros".

Dice que hace unos años pidió la baja del Partido Comunista y de la Asociación de Combatientes. "Solo convocan a reuniones y cobran la cotización". Para él, la palabra "movilización" tiene un eco amargo. "Miles dimos lo que teníamos y más. Ahora que estoy viejo, lo único que quiero es tranquilidad".

La crisis energética ha servido de telón de fondo para este nuevo llamado a filas. La falta de combustible paraliza los ómnibus, ralentiza la producción y multiplica los apagones. Desde el Gobierno se insiste en la necesidad de "prepararse ante cualquier escenario", mientras Washington endurece su discurso hacia La Habana y en las redes sociales circulan versiones sobre un posible efecto dominó tras la caída del gobernante venezolano.

Pero en Matanzas la conversación transcurre a ras de suelo. En las puertas de las casas, sobre sillas improvisadas, la gente habla de la subida de los precios, de paquetes que no llegan y de los hijos que emigraron. La épica se diluye frente a la urgencia diaria.

"Si quieren que defienda algo, que empiecen por darme razones para quedarme", dice Yosvany antes de despedirse. El sol de la tarde se refleja en las paredes azuladas y en los rostros cansados. Nadie parece dispuesto a enrolarse en un simulacro de batalla; bastante tienen con sobrevivir.

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