"La pesca nos está salvando del hambre"

Por falta de combustible, Matanzas no puede celebrar este año la tradicional corrida del pargo

Theo es un octogenario que ha dejado atrás los botes para dedicarse a la pesca deportiva desde el muro.
Theo es un octogenario que ha dejado atrás los botes para dedicarse a la pesca deportiva desde el muro del Río San Juan. / 14ymedio
Pablo Padilla Cruz

14 de junio 2026 - 07:44

Matanzas/Como dos puñales líquidos, los ríos San Juan y Yumurí atraviesan la geografía de Matanzas. Antes del amanecer, las siluetas humanas ya se recortan contra las márgenes de los cauces. Cargan nailon, jabas de carnada, atarrayas y cañas de pesca deportiva. El matancero lleva la relación con el agua y los peces en la sangre, pero hoy, ese vínculo no responde al placer del pasatiempo, sino a una fuerza mucho más implacable: la urgencia de llevar comida a la mesa en una ciudad donde los motores de la flota pesquera se han quedado sin voz.

La crisis del combustible y el desabastecimiento general han transformado por completo el mapa de la pesca local. Lo que antes era una industria vibrante de mar abierto, hoy es una resistencia silenciosa que se bate a las orillas del río.

Desde un puente peatonal que parte al río Yumurí en dos, Joel prepara sus aparejos con la mirada fija en la corriente. Él representa a esa marea de ciudadanos que han tenido que mirar al agua buscando el sustento que los mercados no ofrecen. Su tono es de una pesada urgencia, la de quien sabe que su jornada define el menú familiar del día.

Un pescado hoy en Cuba puede hacer la diferencia entre comer algo o irte a dormir con la barriga vacía

"Mi amigo, la pesca nos está salvando", afirma Joel sin apartar los ojos del agua. "Mi familia lleva generaciones viviendo cerca del río y más de una vez nos ha salvado del hambre. Un pescado hoy en Cuba puede hacer la diferencia entre comer algo o irte a dormir con la barriga vacía. Muchos pescamos por tradición o porque nos gusta, pero últimamente se pesca también por lo que se puede poner en la mesa".

Desde un puente peatonal que parte al río Yumurí en dos, Joel prepara sus aparejos con la mirada fija en la corriente.
Desde un puente peatonal que parte al río Yumurí en dos, Joel prepara sus aparejos con la mirada fija en la corriente. / 14ymedio

Mientras lanza su pita, Joel confiesa su frustración al mirar hacia el horizonte marino, un espacio que hoy parece vedado para los cubanos de a pie: "Siempre he querido tener una lancha y pescar en mar abierto, pero como están las cosas, muchos de los dueños de botes están como yo, pescando en la orilla. La subida del petróleo los ha golpeado al punto de que algunos llevan un año casi sin navegar. ¿De qué vives cuando aquello por lo que apostaste todo como modo de vida termina?"

El dilema que menciona Joel toca el corazón del sector pesquero matancero. Históricamente, junio marcaba el inicio de la corrida del pargo. El pez entraba a la bahía y el agua se convertía en una densa nata de lanchas, botes y embarcaciones artesanales que competían por los ejemplares más grandes, destinados a la venta o al consumo familiar.

Sin embargo, ir tras el pargo es hoy una apuesta matemática donde los pescadores llevan las de perder. Esta modalidad exige mantener el motor encendido a bajas revoluciones (usualmente entre 4 y 7 nudos) durante horas, intercalando trayectos rápidos a máxima potencia para llegar al "canto" o el veril y regresar antes de que cambie el tiempo.

Una salida típica requiere entre 6 y 8 horas de navegación, con un consumo que varía entre los 30 y 60 litros de combustible. Si a esto se le suma la estricta regla del tercio –un tercio de combustible para llegar al lugar, un tercio para la faena y el último tercio para garantizar el regreso– el tiempo real de pesca es cortísimo. Lanzar mal las redes o toparse con una mala racha no es solo regresar con las manos vacías, sino enfrentar la quiebra.

El río se ha convertido en el último colchón social de la región.
El río se ha convertido en el último colchón social de la región. / 14ymedio

En los muelles del río San Juan, Antuan, el capitán de una lancha de la que no es propietario evalúa la situación con el pragmatismo frío y la ironía de quien conoce al dedillo los costos operativos del mar.

"Eso de que la pesca nos vuelve ricos puede que funcionara antes", dice Antuan con una sonrisa amarga. "Ahora, sin combustible, tener una lancha es querer y no poder. Algunos guardamos petróleo para la corrida del pargo, pero en una mala pesca se nos puede ir todo lo que ahorramos en pérdidas. Otros ni siquiera pudieron darse el lujo de guardar un par de litros. Por eso hay un refrán que está de moda entre nosotros: cuando te compras una lancha vas a ser feliz tres veces: la primera cuando la compras, la segunda cuando sales por primera vez a pescar, y la tercera cuando la vendes y le pasas el problema a otro".

La parálisis de la flota no solo afecta a los marineros: también vacía las mesas de la ciudad. Los peces que se quedan en el mar son alimentos que nunca llegan a los hogares matanceros. Frente a este, el río se ha convertido en el último colchón social de la región.

La parálisis de la flota no solo afecta a los marineros: también vacía las mesas de la ciudad

Theobulo, a quien todos en el barrio llaman afectuosamente Theo, es un octogenario que ha dejado atrás los botes para dedicarse a la pesca deportiva desde el muro. Con la perspectiva que dan las décadas recorriendo los mismos muelles, Theo aporta una mirada histórica y melancólica sobre el deterioro de la vida fluvial.

Theo pescando en el río San Juan, en Matanzas.
Theo pescando en el río San Juan, en Matanzas. / 14ymedio

"Hijo, yo me he criado aquí al lado del río y conozco a más de la mitad de los dueños de estas lanchas", relata Theo mientras acomoda su vara. "Ahora, en comparación con hace un par de décadas, todo es más difícil. No hay petróleo para salir a pescar y también hay más hambre en las calles. Esos peces que no llegan a ser pescados ya no alimentan a nadie en la ciudad. Ahora muchos, por la tarde, toman sus pitas y las lanzan tratando de enganchar algún pescadito".

La necesidad ha obligado a los matanceros a romper tabúes y a buscar cualquier alternativa en el agua, dinámicas que la narrativa oficial prefiere maquillar. "Incluso hay una señora que pesca jaibas y las vende", continúa el anciano. "Creo que el periódico Girón la entrevistó hace un tiempo, pero nunca mencionaron la necesidad de ella de vender lo que saca del río para mantenerse".

"No hay petróleo para salir a pescar y también hay más hambre en las calles"

Al preguntarle si extraña la adrenalina de navegar mar adentro, Theo mira fijamente las mansas aguas del río, consciente de su propia suerte pero escéptico ante el futuro: "Ya mi tiempo en el mar pasó. Ahora pesco en la orilla algún que otro pescadito por entretenimiento. Por suerte, no necesito del río para comer... de momento. Quién sabe mañana", concluye en el mismo instante en que un pequeño pez muerde su anzuelo y es sacado del agua.

El paisaje pesquero de Matanzas ha quedado al desnudo. Mientras los pargos completan su ciclo natural en la bahía libres de la presión de los motores, la población se agolpa en los puentes y márgenes fluviales, intentando capturar a mano el sustento diario. La pesca de la ciudad, despojada de su combustible, sobrevive hoy a fuerza de nailon, paciencia y la pura necesidad de subsistir.

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